Alfombras, pistachos y celuloides: mis días en Teherán

Hay algo profundamente inhóspito y hostil en el alma de esa urbe monstruosa que acaba socavando el ánimo del viajero

Teherán. Ferran Barber. Originalmente publicado en Diario de Navarra (2003), y posteriormente ampliado en el libro EN BUSCA DE LOS ÚLTIMOS CRISTIANOS DE ORIENTE MEDIO (2006). Este es un fragmento de un relato personal de los días que pasé en la capital persa a finales de 2003. He incluido tan sólo en este post la parte donde doy cuenta a vuelapluma de la historia del cine persa, de ahí que parezca un texto mutilado.

[…]  Antes de ir a su casa, conseguí convencerle de que me llevara a una de esas tiendecitas de alquiler y venta de películas donde puedes adquirir copias piratas de cualquier novedad cinematográfica por sesenta céntimos de euro. Me proponía conseguir alguna cinta en VHS de los primeros cortos de Ghobadi, el cineasta kurdo, para llevársela a un amigo y supuse que aquellos bucaneros persas del bulevar del cine me la proporcionarían sin problemas. ¡Qué equivocado estaba! ¡Y qué gracioso resultó descubrir que todo ese reputado cine iraní que consumimos y galardonamos en Europa pasa, cuando pasa, por su país con más pena que gloria! «¿Ghobadi?, ¿quién es Ghobadi?», repetían, uno tras otro, los dueños de los puestos a los que me dirigí en busca de ayuda. «Fue premiado no hace mucho en Cannes. Es amigo de Samira Makhmalbaf, protagonista de Blackboards y discípulo aventajado de Kiarostami», les aclaraba yo. Pero ni aun por esas. Al final averigüé que su filmografía estaba censurada. Y aunque no hubiera sido así dudo igualmente de que hubiera conseguido un éxito notable de cartelera fuera de las zonas con población kurda. Los filmes que desde hace una década se pasean triunfales por los más reputados festivales del planeta han sido concebidos ya desde su origen para agradar a los críticos del viejo continente y no consiguen, ni de lejos, la cuota de mercado nacional que obtienen las comedias.

Los realizadores persas han centrado preferentemente sus esfuerzos en tres géneros muy diferentes. El primero se alimenta de hazañas bélicas y tiene por costumbre ensalzar el ardor guerrero de los combatientes nacionales y, por ende, alimentar el chovinismo de los iraníes. Este tipo de producciones alcanzó su máximo esplendor durante la guerra contra Irak y desde hace algunos años está en franca decadencia.

El segundo de los géneros más concurridos es el de la comedia. Se trata, en general, de películas de baja calidad, dirigidas al consumo interior e inspiradas en astracanadas indias. Ni con estos cuadros de costumbres ni con la recreación de las machadas de los guerreros patrios hubiera conseguido el cine persa ganarse el aprecio de la crítica mundial. Con semejantes filmes, los iraníes tampoco hubieran logrado convertir a varios de sus directores en figuras de culto dentro de los círculos cinéfilos de Europa.

Abbas Kiarostami.

El tercero de los géneros más frecuentados por el cine persa, el que ha triunfado en Occidente, se caracteriza esencialmente por el lirismo y la sencillez de sus historias. Con inteligencia y sutileza, un grupo de realizadores iraníes supieron servirse del cine para mostrarnos su país y su particular versión de la condición humana con un estilo ajeno, aunque no completamente, a los moldes estéticos y argumentales de la industria occidental. Comenzaron por narrar pequeños episodios de la vida cotidiana de sus gentes y han terminado a menudo por poner el celuloide al servicio de la crítica política y social. Gracias, por ejemplo, a El Círculo de Jafar Panahi conocimos Teherán de la mano de varias prostitutas mientras averiguábamos que la hipocresía y la mendacidad mueven los hilos de una sociedad tiránicamente regida por varones. Muy probablemente, Mohsen Makhmalbaf nos proporcionó más información sobre la tragedia afgana en Kandahar que un centenar de crónicas de corresponsales de prestigio.

Por el mismo motivo, sus mayores enemigos han sido los fundamentalistas a quienes critican entre líneas. ¿Por qué ha permitido el régimen que se engendrara un monstruo hostil a su Gobierno? Probablemente, porque el asunto se les ha ido de las manos: la crítica política se ha colado entre estos filmes tan insidiosamente como un virus.

Lo más curioso es que Jomeini fue el principal culpable de ese boom del cine persa. Con anterioridad a su llegada a Teherán en loor de multitudes, los mulás consideraban el séptimo arte como una de las manifestaciones más blasfemas de la cultura humana. Nunca escatimaron en diatribas por una razón elemental: la ortodoxia musulmana prohíbe tácitamente la representación figurativa de los seres vivos y el cine es el más osado de los esfuerzos que ha hecho el hombre para emular el poder creador de Alá. Años antes de que los talibán hicieran pedazos a un gran buda, algunos iranís se dedicaban ya a convertir en llamas las salas de proyección. Cuatrocientas personas murieron en 1978 durante uno de esos incendios provocados: el del cine Rex, en Abadán.

Cuando Jomenei tomó las riendas del país tuvo la feliz idea de aprovechar el cine en su propio beneficio. Dicen que el ayatolá decidió servirse de él como medio de propaganda tras ver un filme de Dariush Mehrjui titulado La vaca. El séptimo arte podía ser un magnífico instrumento para adoctrinar a la ciudadanía a condición de que los realizadores aparcasen las frivolidades y concentrasen sus esfuerzos en lo importante: difundir el mensaje del profeta. Dicho y hecho. El cine extranjero fue prohibido y la industria nacional se apoderó de las carteleras del país. Con lo que no contó el clérigo de Jomein fue con lo difícil que resulta poner corsés a la creatividad humana. Ni él ni sus censores supieron impedir que naciera un estilo de trabajo diferente, más preocupado por el hombre que por la religión. El ariete más popular de esta nueva generación de cineastas fue Abbas Kiarostami. No estaba sólo. Al igual que él, Bahram Beyzai y Amir Naderi aparcaron los tabúes y comenzaron a servirse del cine para fustigar al régimen y denunciar los sinsentidos de la sociedad que lo padece. Tras ellos llegaron, a su vez, una docena más de nombres conocidos como Jafir Panahi, Mohsen Makhmalbaf y su hija Samira o Bajman Ghobadi, quien se alzaría un año después con la concha de oro del festival de San Sebastián por la película Las tortugas también vuelan.

Para desesperación de los mojigatos gobernantes, la mayor parte de ellos lograron colocar en las vitrinas de su casa una de esas estatuillas que acreditan la obtención de un premio internacional. Cannes, Venecia, Berlín, San Sebastián o Gijón se han rendido varias veces al encanto de estas producciones. La candidez que exhalan las películas, facturadas a menudo con exiguos medios, ha ayudado en parte a burlar a los clérigos. Es un cine tan sencillo como inteligente, deudor por vocación del neorrealismo italiano y de la nueva ola francesa (de ellos tomó su registro documental). Cautiva de él también la humanidad y la frescura de los personajes y de las relaciones que entre ellos se establecen. La crítica, antaño soterrada, hoy es absolutamente explícita.

Los religiosos, pese a todo, nunca han dejado de intentar que los realizadores nacionales vuelvan al redil islámico. Coincidiendo con una de mis primeras visitas al país, a principios de esta década, el ayatola Ali Jamenei, líder espiritual de la República, convocó a los cineastas iraníes para recordarles sus deberes espirituales y animarles a poner su producción al servicio de Alá. Lo que le preocupaba al ayatolá era que algunas producciones de éxito (se refería, en este caso, a las comedias) contuviesen intolerables dosis de sensualidad. Al parecer, no le resultaba de recibo la casta aparición de actrices con chadores de diseño y un trozo de flequillo asomando por el velo.

Algunas semanas más tarde, viajé hasta el Kurdistán con el único propósito de conocer a los actores que Bajman Ghobadi había utilizado en su película A time for the drunken horses. Gracias a ese magnífico filme supimos de la existencia de una pequeña aldea de los montes Zagros llamada Sharla y de la fabulosa historia de los contrabandistas que a menudo la atraviesan en su camino desde el norte de Irak hasta el Kurdistán iraní.

La guerra contra Irak popularizó las películas bélicas de baja calidad dedicadas a exaltar la valentía de los guerreros patrios.

El argumento es naif y tierno, pero deja traslucir la brutalidad de la realidad kurda. Cinco hermanos paupérrimos sobreviven en un pueblecito situado en las montañas, cerca de la frontera entre Irán e Irak. El pequeño, Madi, sufre una enfermedad que exige una operación urgente y su hermana Amina, una niña bellísima, se aviene a contraer matrimonio en plena pubertad con un maduro solterón del otro lado de la frontera a cambio del dinero necesario para financiar la intervención. El final es tan folletinescamente triste como duro el transfondo que Ghobadi urdió en paralelo al argumento principal: a falta de otra alternativa, los niños y mujeres de esa parte del planeta se ganan la vida conduciendo de un lado a otro de la frontera reatas de mulas cargadas de güisqui y dinero falso. Cuando la policía les pisa los talones, los chiquillos atiborran de alcohol a las monturas con la esperanza de que aligeren el paso (de ahí el lírico título).

Todo el filme de Ghobadi tiene el característico marchamo del cine persa. Para empezar, el argumento está inspirado parcialmente en una historia real. Aunque el escenario se haya reconstruido, la película tiene un aire documental que sugiere lo contrario. Por último, en el reparto no hay ni un solo actor profesional.

Yo viajé a la zona con una carta manuscrita de Ghobadi en el bolsillo y me planté en Sharla sobre la baca de un viejo Land Rover, acompañado por varios de los extras que el director utilizó en la película. Dos veces fui detenido antes de alcanzar mi destino y dos veces salí airoso de comisaría sin mayores problemas gracias a esas líneas escritas por Ghobadi.

En el pueblo, paupérrimo, conocí a Amina y a Madi, un muchacho retrasado que padecía alguna forma de enanismo. El médico del filme, el actor que lo encarnaba, había sido ingresado algunos días antes en el hospital de Baneh tras pisar una mina personal que le amputó el pie izquierdo y parte de la pierna. En realidad, la vida de esos personajes era bastante peor que las escenas que Ghobadi había retratado en su película.

Varios años después de aquello, y tras dar mil vueltas junto a Hadi, conseguí por fin una copia en farsí de aquel filme. Supongo que su destinatario, Manolo Martorell, debe guardarla hoy entre el resto de sus fetiches.

[…]

COPYRIGHT por Ferran Barber & Diario de NAVARRA 2003 – En busca de los últimos cristianos de MESOPOTAMIA (2006)

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Reportero. dos o mas veces guardameta. Más de 25 años dando cuenta de los rotos y los descosidos del planeta. Autor de una novela, dos libros de viaje y realizador de varios documentales sobre temas informativos de actualidad. Allere flammam VERITAS.
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