Tan inexcrutables son los caminos del antifascismo que han terminado concurriendo en Walmart, Amazon y los almacenes comerciales de la esquina.

Más de trescientos euros pedía hace unos meses la empresa Barneys en su tienda online por una cazadora militar con los clásicos iconos anarquistas y un puñado de consignas impresas entre las que destacaban unos versos atribuidos al poeta homosexual griego Dinos Christianopoulos: “Intentaron enterrarnos, pero no sabían que éramos semillas”.

Camiseta antifa en AMAZON

El producto se vendía, literalmente, como “chaqueta” antifa y fue fabricado por una compañía, Alpha Industries, que en su día figuraba entre los suministradores de ropa del Ejército norteamericano. Se comercializaba, literalmente, con el nombre de “Anarquía” y se acompañaba de una etiqueta, donde se hacía constar: “Mezcla de algodón Anarquía”.

Nadie se había atrevido a hacer nada semejante desde la creación de la tarjeta “Sex Pistols MasterCard”. Con el tiempo se ha sabido que no llegaron a venderse muchas unidades de la cazadora.

Entre Durruti y Zara

A estos nuevos “revolucionarios” del entorno más “pop” de la insurgencia, entre los que esas grandes compañías busca su clientela, parece inspirarles menos Bookchin, Durruti o Marx que la magnética atracción que ejerce formar parte de un bloque negro uniformado con botas militares, capucha y balaclava. Los menos escrupulosos y puristas pueden conseguir también sus tachuelas “neo-punk” en Zara, sólo que desprovistas de consignas o cualquier orientación política explícita. La más sonada irrupción de Inditex en la, por así decirlo, “ropa con estigma ideológico” fue un pijama de rayas, que terminó retirado del mercado porque evocaba el uniforme de los judíos hacinados por los nazis en los campos de exterminio.

La enciclopedia inglesa en línea de la jerga también se refiere a ellos como “niños enloquecidos que acostumbran a quejarse del capitalismo sin tener ni puta idea de qué coño están hablando”

Por lo demás, España no es ajena a la mercantilización del antifascismo, pero al igual que el resto de Europa, a diferente escala que en los Estados Unidos. Si existe un lugar donde esta desvirtuación de las esencias del movimiento están a punto de convertirlo en una suerte de parodia, ese es Norteamérica. La tendencia, en este caso, apunta en dos sentidos. Por un lado, a remolque de la “Alt-right” y por reacción a los supremacistas blancos a los que Donald Trump dio alas tras alzarse con la presidencia, el antifascismo se ha revigorizado y ha cobrado adeptos. Pero por otro, ha echado raíces sobre cimientos ideológicos bastante más endebles que los que sustentan su variante europea, menos orientada al “show”. O lo que es más notorio, ha renunciado, directamente, a cualquier compromiso ideológico consistente y a menudo, las afinidades con el anarquismo son esencialmente de naturaleza estética. Con los bloques negros libertarios suelen compartir, además del uniforme, su querencia por la acción directa.

La principal razón de ser del “antifa americano” es combatir a los “garrulos xenófobos e islamófobos” (traducción libre de “bigott”) de la Alt-Right al modo de una liga deportiva.

En otras palabras, cuanta más popularidad ha cobrado entre los estadounidenses, menos comprometido está el movimiento con la lucha de clases y el ataque al sistema y más adeptos gana entre eso que los anglosajones llaman “posers”, un término con el que suele designarse, en el argot de la insurgencia, a todo “adolescente que dice ser anarquista porque tiene la falsa impresión de que cualquiera que se pasa el día quejándose de un gobierno lo es, al tiempo que sostiene que el resto de la humanidad está cegada por la propaganda”. De una manera algo más coloquial, la enciclopedia inglesa en línea de la jerga también se refiere a ellos como “niños enloquecidos que acostumbran a quejarse del capitalismo sin tener ni puta idea de qué coño están hablando”. En castellano se suele denominar a esos sujetos “anarquistas o punkies de postal”.

Sudaderas antifas a la venta en Walmart

Sacudir a los nazis

Para acabar de rematar este irreversible proceso norteamericano de frivolización, tergiversación, domesticación y ridiculización del antifascismo, en su vertiente más política, incluso el icónico New York Times se ha aventurado a publicar una serie de recomendaciones acerca de, literalmente, “qué vestir para golpear al Estado”. Por si alguno alberga dudas acerca de la intencionalidad del reportaje, su autor, Rick Paulas, anticipa en la entradilla: “Los antifascistas creen [que es conveniente] vestirse [apropiadamente] para el trabajo que aman. En estos momentos, muchos piensan que ese trabajo es sacudir a los nazis”.

O dicho de otro modo, según este periodista, la principal razón de ser del “antifa americano” es combatir a los “garrulos xenófobos e islamófobos” (traducción libre de “bigott”) de la Alt-Right al modo de una liga deportiva. Reemplácese “concentración o mani” por “partido” y la manera en que se retan y se enfrentan a los supremacistas blancos se asemeja, en cierta forma, a la de un campeonato nacional de gladiadores o una versión post-tecnológica de unas justas medievales. “This is a revolution, baby. El anarquismo goes to Hollywood. Nos vemos en Charlottesville”.

“Está claro -nos dice el analista catalán Aniol Gutiérrez– que la comercialización del antifascismo ha sido mucho más notable en los Estados Unidos que en el resto del mundo. Y es cierto, también, que este está adoptando la forma de una subcultura urbana sin una ideología aglutinante. Claro que esto no es del todo negativo si tenemos en cuenta el modo en que se ha incrementado el número de grupos abiertamente fascistas y neonazis en este planeta decadente”.

En opinión de Gutiérrez, el problema es que, al adoptar la forma de una moda reaccionaria absorbida e incluso utilizada por el sistema, ha dejado de ofrecer alternativas ideológicas o materiales a esa decadencia. “Y lo que es peor -añade-, se ha convertido en una de las mayores distracciones de los problemas que acarrea nuestro modelo de producción y organización social. Insisto, sin embargo, en que la vertiente europea del fenómeno es menos preocupante. En Italia, sin ir más lejos, han tenido lugar recientemente protestas en respuesta al ataque contra inmigrantes africanos de un candidato de la Liga Norte. Cuando se dan casos como estos, el emblema antifascista está mucho más justificado y puede aglutinar a gente previamente no alineada bajo ninguna ideología”.

Un activista, en la manifestación anticapitalista del pasado 1 de mayo, en Barcelona, exhibe un chaleco con una impresión de Sons of Anarchy. FOTO por Ferran Barber

Hecha en México

Uno de los casos más grotescos de mercantilización de la iconografía antifascista fue la puesta a la venta en Walmart de una sudadera “antifa” con el clásico logotipo rojo y negro del movimiento. El emporio comercial ofrecía trece modelos diferentes de esta prenda, “hecha en México”, y cien por cien de algodón. Tal y como habían hecho ya antes con otros productos de mercadotecnia asociados a “Black lives matter”, las sudaderas fueron comercializadas en el sitio web de Walmart por la empresa Tee Bangers.

En España, el Corte Inglés se ha atrevido, a lo sumo, a crear la colección de chicas “Rebel”, una ñoña recopilación de los clichés más burdos de lo que sus diseñadores entienden por “rebelde”.

En España, el Corte Inglés se ha atrevido, a lo sumo, a crear la colección de chicas “Rebel”, una ñoña recopilación de los clichés más burdos de lo que sus diseñadores entienden por “rebelde”. Inditex -ya lo dijimos- se atrevió con una línea “neopunk”. Otras empresas han incluido entre sus camisetas impresiones de Nirvana o los Sex Pistols. Nada comparable, en todo caso, a los ejemplos mencionados de “merchandising anticapitalista” puesto a la venta por los imperios más capitalistas del planeta.Habitualmente, la Prensa norteamericana -en particular, la conservadora- acostumbra a presentar a los “antifas” como el enemigo natural -la némesis- de los supremacistas. Ambos son descritos como “radicales”, y en el medio, equidistantes, se sitúa al resto de los ciudadanos, divididos a su vez entre conservadores y liberales. No obstante, en los diarios de referencia de los ultraderechistas acostumbran a mencionarse, en el mejor de los casos, como “violentos terroristas”. La venta de las sudaderas antifascistas en la web de Walmart despertó las iras, entre otros, de los editorialistas de uno de los medios más frecuentados por los supremacistas blancos: Breibhart. Sus periodistas se quejaban del trato desigual que dispensaba a los racistas y recordaban, a este respecto, que, al igual que Amazon, Ebay y Sears, Walmart había retirado de la venta una bandera confederada para no herir las sensibilidades de algunos de sus clientes. La sudadera “antifa” desapareció finalmente del catálogo de la cadena norteamericana en diciembre del pasado año.

Cazadora ANTIFA de-Barneys.

Confundidos hijos de la anarquía

Eso no significa, sin embargo, que los antifas españoles menos escrupulosos no recurran eventualmente a la red para adquirir alguna prenda con las consignas de “desobediencia” impresas ya de fábrica. Populares son, por ejemplo, en nuestro país los productos de Sons of Anarchy (Hijos de la anarquía), puestos a la venta en Amazon y otras tiendas online. Lo que ignoran mucho de los activistas que exhiben estos grabados es que Sons of Anarchy guarda menos relación con Emma Goldman, que con una serie norteamericana de televisión donde se retrata a un grupo de moteros criminales, vagamente inspirados por los racistas Ángeles del Infierno. Es difícil sustraerse a la fascinación que ejercen las calaveras, incluso si estas representan lo contrario de lo que uno dice defender. Definitivamente, los inspira la revolución, pero los viste Walmart y Amazon.

Por otro lado, las contradicciones no son sólo de naturaleza estética. En cualquiera de las manifestaciones anticapitalistas que eventualmente se convocan en Catalunya o Euskadi es cada vez más frecuente ver cerrar filas a las juventudes independentistas, de manera indistinta, y sin aparentes conflictos, bajo ikurriñas, senyeras y banderas anarco-feministas o anarco-veganas, del entorno del cada vez más popular movimiento “straight-edge”, que hoy arrasa entre los estudiantes de las ikastolas. Por su propia naturaleza ideológica, el anarquismo se opone a cualquier forma de Estado y de nacionalismo, al margen de ciertas componendas que han llevado incluir a reunir, en un mismo estandarte, a una estelada y un festón negro. Corren tiempos confusos de raros eclecticismos revolucionarios.

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