El perfil genético de los modernos asirios

Las últimas investigaciones acerca de las caracterizaciones genéticas de los distintos grupos humanos concluyen corroborando que los asiro-babilonios constituyen un grupo racial diferenciado

Ni se me ocurriría, como al reverendo Wigram, comparar el perfil de los modernos asirios con el de Sargón u otros viejos monarcas inmortalizados a golpe de cincel en algún bajorrelieve, pero una cosa es cierta: las últimas investigaciones acerca de las caracterizaciones genéticas de los distintos grupos humanos concluyen corroborando que los asiro-babilonios constituyen un grupo racial diferenciado (lo que no equivale a afirmar, dicho sea de paso, que, tal y como sostienen algunos aborígenes de Mesopotamia, los asirios genuinos no posean la característica tez tostada de ciertas etnias hermanas de origen semita).

By Ferran Barber / 2005. Concretamente, lo que la versión actualizada del libro sobre la Historia y geografía de los genes humanos dice a propósito de los modernos asirios es que estos poseen un perfil genético propio, aunque cercano al del resto de vecinos. De acuerdo a la interpretación de esos datos que hace el profesor Joel J. Elias, de la Escuela de Medicina de la Universidad de California, dos son las aportaciones relevantes con las que ese estudio contribuye a la titánica tarea de aclarar el origen de los modernos caldeo-asirios después de analizar el ADN de quinientos cristianos orientales de Urmia y Teherán.

La primera de ellas es que todos estos individuos culturalmente emparentados presentan una significativa homogeneidad genética que podría ser explicada aludiendo al papel que ha desempeñado la religión. Del mismo modo que los judíos, los asirios habrían conseguido, con arreglo a Joel J. Elias, mantener su identidad genética gracias a su condición de cristianos. O, dicho de otro modo, su credo puede haber sido en la práctica la barrera que ha impedido que se disuelvan definitivamente entre poblaciones demográficamente más relevantes y políticamente más poderosas. No olvidemos las seculares reticencias de musulmanes y cristianos a mezclarse.

La segunda de las grandes contribuciones de ese estudio es que ha permitido establecer las relaciones genéticas existentes entre dieciocho colectividades diferentes de Oriente Medio. Las conclusiones que del mismo pueden extraerse son, como poco, sorprendentes. La primera, y quizá más previsible, es que las poblaciones mesopotámicas presentan una mayor homogeneidad genética que las del resto de Asia, lo que viene a corroborar lo obvio: llevan milenios hibridándose. La segunda es que los pueblos más genéticamente parecidos a los asirios son los habitantes de Jordania, seguidos de muy cerca ¡por los árabes y los kurdos iraquíes! y, un poquito más allá, ¡por turcos, iraníes, libaneses y drusos! Como puede apreciarse, las lenguas de sus parientes más cercanos pertenecen a tres de las mayores familias lingüísticas: indoeuropea, turco y semítica. Es decir, que las diferencias histórico-culturales, religiosas y lingüísticas han soterrado hasta la fecha el hecho cierto de que todos estos pueblos, a menudo enemistados homicidamente, son como quien dice hermanos (presentan un perfil genético cercano).

Al principio de este libro (ver “En busca de los últimos cristianos de Irak e Irán”), por ejemplo, hablábamos de la presunta raza turca y de las alusiones a los lobos grises de los panturianistas. Lo cierto es que los ideólogos kemalistas deberían, cuando menos, echar un vistazo a los nuevos hallazgos sobre la caracterización genética de su pueblo porque, de acuerdo al estudio referido, el perfil de ADN de la mayoría de los habitantes de Turquía está mucho más próximo al de sus vecinos que al de aquellos guerreros del Altai de quienes dicen descender. También en este caso la razón es obvia: el número de los invasores era lo suficientemente pequeño como para que sus características raciales se disolvieran en las de los aborígenes. O, si se quiere de otra forma, los turcos de hoy en día son los descendientes de aquellos a quienes doblegaron los conquistadores, los tataranietos de los conquistados.

Muchos estarán pensando que ni siquiera la referida aportación científica prueba el origen netamente asirio de los cristianos orientales. Y es cierto. Por sí sólo, lo dicho sólo corrobora que estos poseen, amén de una personalidad cultural diferenciada, una identidad étnica finamente separada de la de sus vecinos. La prueba definitiva exigiría comparar algún resto mortal de un individuo de 4.000 años con el de un moderno asirio. ¿Pero de verdad es eso necesario? ¿Depende de ello la credibilidad del movimiento nacional asirio? Yo diría que no. Tal y como dejó dicho Wigram en varios de sus libros, lo de veras importante es que varios miles de humanos dicen ser y sienten como caldeo-asirios.

COPYRIGHT. FERRAN BARBER. 2005. Este texto está incluido en el libro En busca de los últimos cristianos de Irán e Irak.

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VERITAS filia temporis. Reportero. dos o mas veces guardameta. Más de 25 años dando cuenta de los rotos y los descosidos del planeta. Autor de una novela, dos libros de viaje y realizador de varios documentales sobre temas informativos de actualidad. Allere flammam VERITAS.
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