Éstas son las españolas que mantienen a flote los squats de Atenas

Su trabajo en la capital europea del anarquismo se desarrolla en medio de sospechas de corrupción, de conflictos entre migrantes y de la falta de recursos y una consistente red de apoyos
ATENAS – EL MUNDO – FERRAN BARBER  @diasporasmagaz

“Este squat ha sido atacado de la forma más fascista por la mafia y por miembros reconocidos de otros espacios liberados, además de por vendedores de tabaco y otras sustancias, con la intención de asesinarnos”, puede leerse en un escrito en griego publicado el 21 de agosto por algunos de los supuestos activistas libertarios que gestionan una casa okupada de la calle Themistokleous, en el barrio ateniense de Exarchia. Estamos a las puertas del squat, incapaces de franquearlo ante las explícitas amenazas de un par de refugiados que agitan los puños hacia nosotros, desde un balcón donde pende una pancarta en español. Ni la policía ni los periodistas son allí bienvenidos. 

Y además, los ánimos están calientes. Tres anarquistas y uno de los refugiados agredidos han sufrido heridas que ellos mismos enumeran en los comunicados que se cruzan con los miembros de otro squat a quienes culpan del ataque: “Esos malditos matones nos han atacado con barras de metal, palos de madera y como consecuencia de ello, uno de nosotros está ingresado con lesiones graves en el cráneo. Los otros tres se hallan fuera del hospital, con manos y piernas rotas, hemorragia cerebral y heridas de arma blanca en diferentes lugares del cuerpo, incluida la cabeza”. 

El squat atacado -un edificio situado en el número 58 de la calle mencionada- había sido okupado el 10 de enero del pasado año con el fin declarado de crear un espacio donde los refugiados “bloqueados” en Grecia como consecuencia de las politicas migratorias europeas pudieran vivir “de forma autogestionada, y libres del control del Estado”. No hay ni un solo “voluntario” en él colaborando en la asistencia a los recién llegados. Al menos, no a la manera de otros espacios liberados en Atenas con una estructura más convencional donde han colaborado este verano entre un centenar y medio y doscientas españolas. 

El propio término de “voluntario” es ajeno a la filosofía que alentó la okupación del edificio, definida en su día como un acto contra el “podrido sistema” y contra la ayuda humanitaria integrada en sus estructuras: “Ni cooperaremos con el Estado y los partidos políticos, ni con las ONG, porque todas esas escorias se están aprovechando de la situación de los migrantes para sacar provecho, ganar poder o construirse un perfil social”. 

No había transcurrido un año desde la okupación de ese edificio y la prensa anarquista ya había recogido varios episodios de enfrentamientos violentos entre miembros de este squat y otro  “espacio liberado”, al que ellos identificaban como el de la calle Zadi. Y entre medio, de contexto, una guerra contra los camellos que durante años trapicheaban en Exarchia, un cruce de acusaciones de prácticas mafiosas, un puñado de vagas incriminaciones mutuas sobre la pureza ideológica de ambos bandos de anarquistas y, sobre todo, la voluntad inquebrantable de ambos grupos de que ni el Estado ni las fuerzas del orden pongan un pie en sus calles, apenas visitadas por la policía salvo para tomar parte -del lado del orden constitucional- en los violentos enfrentamientos casi ‘rituales’, tantas veces retratados por la Prensa, entre humaredas, bloques negros y los ladridos de algunos perros legendarios como Kanelos. 

El llamado barrio “anarquista de Atenas” es uno de los corazones donde palpitan los movimientos libertarios y la izquierda extra parlamentaria griega. De allí partieron muchas de las revueltas estudiantiles que, a partir de 2008, se levantó contra Bruselas y la Troika, en plena recesión, gracias a la proximidad de la Universidad Politécnica. “Si hay una especie de La Meca entre la disidencia global de este planeta no dudes que está aquí”, nos dice una extremeña cuya identidad prefiere mantener al margen. En las calles de Exarchia, como en todos los edificios para refugiados okupados en 2016, a partir de la aprobacion de las nuevas leyes migratorias europeas, el castellano se ha convertido en una segunda lengua, gracias a la presencia más que notoria, masiva, de algunos simpatizantes del entorno libertario -apenas unos pocos- y de varios cientos de voluntarias españolas, alentadas por motivos humanitarios. En ningún otro estado de la Unión -incluida España- han arraigado con tal fuerza las ideas de Kropotkin, Bakunin, Malatesta, Emma Goldman o Durruti, omnipresentes en la iconografía y los graffitis que decoran las paredes de la zona, junto a banderitas rojinegras de Rojava, la CNT o los zapatistas. 

Nadie diría hoy, al mediodía, que a pocos metros de una plácida terraza de la plaza más centrica del barrio se reproducen casi a diario -normalmente, tras la caída de la tarde- enfrentamientos sistemáticos con la policía. Para ahorrarse el combustible, los antidisturbios griegos delimitan las fronteras de la zona con varios autobuses de sus fuerzas. Es una auténtica frontera -casi física- entre el pais llamado Grecia y una ínsula de Barataria vagamente apuntalada por la rabia libertaria de miles de jóvenes griegos. 

Nos dice un anarquista ateniense de un “steki” -un conocido bar del barrio- que haríamos bien en regresar cuando el verano acabe. “Si lo que buscáis es diversión, los nazis de Amanecer Dorado están en horas bajas y la mayoría de las chicas y los chicos emigran, cuando llega el calor, hacia islas como Kalymnos”. Tiene razón, sin duda, en lo que concierne a los insurgentes del movimiento libertario -las organizaciones anarquistas cifran de un modo absolutamente exagerado en dos millones el número de sus simpatizantes, casi un veinte por ciento de la población del país-, pero no hay mejor momento para dar con esas españolas que, en un sentido estricto, literal, contribuyen a mantener a flote los squats de refugiados. 

Pocas -casi ninguna- de estas voluntarias vienen con un background político. La mayoría acudieron respondiendo a impulsos estrictamente solidarios a las llamadas efectuadas por vías, esencialmente irregulares, desde distintas entidades o grupos. A menudo, a través de una simple página del Facebook como la que posee PAMPIRAIKI, donde se enumeraban los squats con alguna información adicional sobre el colectivo que está al frente. El más conocido y popular entre estos voluntarios valencianos, vascos, madrileños y catalanes que, mayoritariamente, han acudido a la llamada este verano es el llamado Hotel Plaza, un auténtico palacio, si se compara con los campos de refugiados militares griegos -hoy ya desmantelados- o con los que todavía funcionan en países como Macedonia. Este edificio fue okupado en abril del pasado año, el mismo es que un acuerdo de la UE con Turquía dejaba atrapados en Grecia a 60.000 refugiados, por los miembros de una coalición de individuos, partidos de izquierda y grupos anti-racistas conocida como The Solidarity Initiative to Economic and Political Refugees. Al igual que el resto de los edificios okupados, ni colabora ni recibe ayuda alguna del Estado griego. 

“En todos los sentidos, fue una respuesta radical a esas políticas institucionales que desaprobamos”, nos explica Olga Lafazani, una de las mujeres griegas a las que los voluntarios españoles tienen por referente en el equipo organizativo. Aprovecharon el cierre provocado por un conflicto laboral entre el propietario del hotel y sus empleados impagados para, según su terminología, “liberarlo”. De camino a la cafetería, hemos visto a al menos quince españolas, junto a dos o tres varones. Un periodista madrileño, Miguel Carvajal, nos habla de la ‘fuerte implantación’ de las galletas españolas en el almacén donde reparten las raciones de comida entre los refugiados. Buena parte de las provisiones han llegado también desde España, a través de un entramado de ONG especialmente comprometidas con el destino de la gente de la diáspora. Miguel es uno de esos españoles cuya implicación va bastante más allá de unas vacaciones de verano. Tiene previsto ausentarse unas semanas para irse a la vendimia a Francia, pero tan pronto como gane algún dinero, volverá de nuevo al Hotel Plaza. 

El lugar -impecable, bien organizado y abastecido- no guarda ninguna semejanza con otros espacios okupados como el de Themistokleous -de orientación más anarquista-, ni siquiera con otros squats próximos de la calle Acharnon como la Jazmine School, una deteriorada vieja escuela, de apariencia post-apocalíptica, donde sobreviven tres centenares y medio más de refugiados en condiciones bastante menos confortables. También las españolas son aquí el pulmón de las labores de coordinación asistenciales propias del espacio. “Yo diría que el ochenta o el noventa por ciento de los voluntarios, no sólo en este lugar, sino en el conjunto de Atenas, proceden de España”, nos dice Carmen Gutiérrez, una actriz recién llegada, mientras nos muestra, con el entusiasmo del neófito, las instalaciones. 

La joven valenciana parece estar al margen de los detalles del enfrentamiento que otras compañeras de ese y otros squats de Exarchia, con más meses de estancia en el lugar a sus espaldas, mantienen a su pesar con un sirio cuyo nombre resuena entre los peninsulares, donde quiera que vayamos. Aseguran que Kastro -con tal apelativo se le conoce- les ha cortado el suministro de comida con el fin de recortar su influencia. 

“La presencia de las voluntarias españolas reduce la dependencia hacia él de los refugiados. Por eso quiere cerrar este squat”, nos explica la barcelonesa Lorena Hernández. “Intenta recibir todas las donaciones posibles y si acaso llega algo a la gente, siempre es después de que él obtenga un beneficio”, asegura su compañera madrileña Ana Jiménez, para añadir, a renglón seguido: “Forma parte de los grupos anarquistas de Atenas. Es una de las personas que abrió los squats, los bautizó y clavó su bandera en ellos. [Kastro] considera a Jazmine como uno de sus squats. La llegada de las voluntarias le ha privado de poder. De ahí viene la guerra”. Pese a las dificultades, las españolas han decidido mantener a flote el suministro de comida recurriendo a sus amigos y a sus familiares. En la fecha de nuestra visita, los refugiados sobrevivían gracias a las provisiones enviadas desde España por su red de contactos. En todo caso, el conflicto con el autoerigido responsable de al menos tres squats da la medida de las dificultades en medio de las cuales estas chicas desarrollan su trabajo 

El propio Kastro -su nombre completo es Kastro Preta Dakduk fue agredido en el squat por uno de los refugiados y razones no del todo esclarecidas, días antes de la entrevista que mantenemos, tras irrumpir en medio de la noche a gritos recriminando algo a un compatriota. 

 

-Hace sólo dos días vinieron por aquí buscándolo también algunos anarquistas griegos -nos dice otro de los voluntarios españoles, del cercano squat de Acharnon 22. 

-¿Se sabe con qué fin? -le preguntamos. 

-Violentos, supongo. Sonaba su nombre y venían con bates de béisbol y barras de hierro. 

En ausencia del Estado y las instituciones propias a las que los anarquistas griegos combaten en Exarchia, las diferencias -las que sean- se dirimen eventualmente, cuando falla la asamblea, al más puro estilo western, lo que ilustra también las dificultades en las que trabajan los equipos de españoles, en general al margen del contexto anarquista en el que se desarrolla su trabajo. El que presta los servicios de comedor y de cocina en Acharnon 22 -otro de los squats de Kastro Preta- se encuentra coordinado por Joan Reverté. De él forman parte al menos otra docena de españolas, en su mayoría catalanas o valencianas como Cristina Asens, Julia Andrés y Blanca Gimeno. 

Una tumultuosa discusión entre afganos y sirios tiene ocupadas hoy a las muchachas y al coordinador de la organización Provocando la paz. Los afganos pagaron 5.000 euros a un traficante turco para ser llevados hasta Italia, pero el desaprensivo los abandonó a su suerte en Grecia. Ha sido Kastro quien los ha enviado hasta Acharnon 22, sin prever que el resquemor recíproco que acostumbran a sentir sirios y afganos provocaría una discusión violenta. Los sirios quieren que se vayan los afganos y han llegado a amenazarlos con agredirlos. “Lo que queremos que entiendan es que nuestra obligación es atenderlos a todos por igual”, nos dice Reverté, en medio de la algarada. 

Ana Martín, otra voluntaria castellana -la única, en realidad, que colabora con un centro de Cáritas para yazidíes iraquíes- nos confirma algo más tarde que las peleas entre refugiados de diferentes orígenes son habituales en los centros. “He visto cómo se lanzaban la comida entre ellos como perros”, asegura, lo que viene a llamar nuestra atención sobre cierta paradoja de muchos squats griegos que una gallega -‘sólo’ Luisa- nos explica de este modo: “No es una regla general, pero los ‘edificios liberados’ -al menos, la mayoría- fueron creados con la idea de construir espacios auto-gestionados y no asistenciales, donde los refugiados pudieran hacerse dueños de sus destinos, pero muchos de ellos arrastran prejuicios o proceden de culturas fuertemente conservadoras, lo que provoca dos clases de conflictos: problemas entre ellos, y problemas con los anarquistas o los activistas de izquierda. Quien diga que no, miente”. 

En todo caso, el hecho es anecdótico. Lo verdaderamente relevante, a juicio de Martín, es el abandono en el que se hallan sumidas todas esas víctimas de los conflictos y la ausencia de recursos para garantizarles a todos unas condiciones dignas. Ana no sabía nada de yazidíes -una pequeña minoría religiosa especialmente perjudicada por las acciones criminales del Estado Islámico- hasta que llegó hasta Atenas, y terminó en el centro, casi de pura carambola. La mayoría de los refugiados que aguardan, en el inmueble, el modo de llegar hasta Alemania, proceden de la región iraquí de Sinyar, el principal vivero al que acudieron los yihadistas del Daesh para secuestrar mujeres. “Una piensa que están bien, y que han superado lo ocurrido, cuando les ve sonreir de esta manera. Pero en pocos días te das cuenta de los terribles traumas, insuperables casi, que arrastran estos niños”, asegura Ana Martín. 

Que todos estos miles de refugiados se encuentren a la merced de organizaciones ajenas al estado es mucho menos el resultado de la dejación del Gobierno de Atenas, que de su completa impotencia, de la imposibilidad que tienen de atender a toda esa avalancha de personas, debido a la recesión y a la fuerte carga financiera que acarrea el pago de la deuda. Esa es, al menos, la opinión de la médico de familia madrileña Natalia Pelaz, otra de las voluntarias que ha permanecido durante más de un año regalando sus conocimientos terapéuticos -y todo el tiempo que posee- a las víctimas de la barbarie. Otra médico burgalesa recién licenciada -Ana B.- colabora con Natalia. 

“Aquí me he encontrado a lo mejor de la humanidad española”, nos dirá días después Joan Reverté a propósito de la labor estas voluntarias. “He visto a mucha gente capaz de aparcar sus planes para caminar junto a los refugiadas, y a menudo, jugándose la vida, y rodeados por esa parte más oscura de la historia, que quizá no merezca nuestra atención, aunque sí alguna mención, porque hace más meritoria la labor del voluntariado”. Pocos días después de esta conversación, la policía griega acudió al squat de Acharnon 22 -uno de los espacios de referencia en la atención a parturientas, incluso en opinión de Kastro- para cortar el suministro eléctrico. Los hechos -”quizá inducidos por alguien”, según Joan- coincidieron con el nacimiento de un pequeño Mohammed, cuya madre, a falta de alguien a su lado, permanece acompañada por las españolas como única familia. 

COPYRIGHT por EL MUNDO – FERRAN BARBER  @diasporasmagaz

Categorias
DestacadosMagazineReportajes

Reportero. dos o mas veces guardameta. Más de 25 años dando cuenta de los rotos y los descosidos del planeta. Autor de una novela, dos libros de viaje y realizador de varios documentales sobre temas informativos de actualidad. Allere flammam VERITAS.
Sin comentarios

Deja una réplica

Te podría interesar también