Flores para Néstor Majnó

Visitando la localidad natal del líder anarquista ucraniano Néstor Majnó....

Ucrania, 16 de mayo de 2019, por FERRAN BARBER

Me gusta levantarme con el sol y pasear entre los castaños. Las cornejas anidan en pequeñas colonias en esos parques ucranianos de diseño soviético que salpican esas grandes cajas cenicientas de jruchovas mugrientas. Es un placer muy zen el sentarse a observar a esas mamás enlutadas, con sus ires y venires, con un pedazo de comida prendida del pico. Por estas latitudes amanece a las cuatro… Se acerca el solsticio de verano y las noches se acortan hasta convertirse casi en el suspiro de una sombra. La mañana es siempre un buen momento para pensar en las cosas de este mundo.

Hace diez o doce días tuve un encontronazo con un pedazo de escoria. Estaba en los límites de la zona de exclusión de Chernobyl, en una diminuta y misérrima aldea a la que la gente ha regresado. Aquel borracho quería dinero para comprar algo de vodka. Le apestaba el aliento. Me crispó. A punto estaba de irme cuando apareció una viejecita a mis espaldas gritándole algo en ruso. El tipo agachó la cabeza, agarró torpemente las bridas de su mula y se largó dando traspies junto a la tachenka. Entonces, aquella vieja de opacos ojos azules, me tomó del brazo y repitiendo «maia doma» me llevo hasta su dacha. No había modo de zafarse.

En el coche llevo todavía los botes de alubias en conserva que me dio, y un panal con miel de Chernobyl, deliciosa miel de abejas mutantes radiactivas que voy devorando en el camino, junto a la cera en la que está prendida. Así somos los humanos, con nuestra cruz y nuestra cara. Una vieja ucraniana abre su casa y su corazón a un desconocido, y le invita a su mesa, y le llena de comida y de regalos para aliviarle el camino. Por eso sé que hay esperanza para todos nosotros.

Algunos días después, paseé entre las misérrimas granjas de los koljós soviéticos preguntándome qué fue lo que falló. Falló la libertad, Su ausencia. Personalmente, preferiría morir de inanición que esclavizado. Esos malditos bolcheviques eran gente despiadada. Dales la más mínima oportunidad y te obligarán a arrodillarte frente a uno de sus comisarios de partido.

Algunos días después, viajé a Guliaipole. Quería dejar algunas flores en la tumba de Majnó. Fue una experiencia personal de las más intensas que recuerdo. Aquella misma noche no logré conciliar el sueño, y me entretuve releyendo las cartas que cruzó Néstor con Errico Malatesta y con los anarquistas españoles. «No os fiéis jamás de esos marxistas», escribía Néstor Majnó. «Nos aniquilaron a nosotros y harán lo mismo con vosotros».

Algunos años antes, Malatesta había protagonizado una polémica con los anarquistas rusos, que solicitaban la creación de alguna clase de estructura que permitiera afianzar sus logros. Habían logrado hacerse con el control militar de una buena porción de territorio, pero toda esa energía había terminado disgregada entre una miriada de partidas, a menudo formadas por aventureros a quienes Néstor llamaba «turistas».

Errico fue inflexible. Nada, nunca, jamás, que recorte la aspiración de libertad de los humanos, o les obligue a someterse a cualquier forma de autoridad, emane de donde emane. Esa era su inmensa grandeza humana, dispuesto incluso a correr el riesgo de ser derrotado antes que a renunciar a su deseo de libertad y justicia social.

Néstor murió en Paris de tuberculosis. El Ejército negro llegó a controlar más de la mitad de Ucrania, hasta que Trotsky envió a los rojos a exterminar a las milicias. Poco tiempo después, el propio Stalin se ocuparía de la «resistencia» provocando una hambruna que diezmó a los ucranianos. Pero Néstor y Errico siguen vivos en nuestra memoria como quienes fueron, faros de humanismo radical. Le debíamos esas flores a Majnó.

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Reportero. dos o mas veces guardameta. Más de 25 años dando cuenta de los rotos y los descosidos del planeta. Autor de una novela, dos libros de viaje y realizador de varios documentales sobre temas informativos de actualidad. Allere flammam VERITAS.
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