Get the fuck out: el click-activismo se devorará a sí mismo

¿Por qué el grueso de los ciudadanos del sur de Europa siguen atrincherados en un silencio hervíboro?

¿Por qué no estalla la revolución? ¿Por qué el grueso de los ciudadanos de las más castigadas sociedades europeas sigue atrincherado en un silencio herbívoro, apenas comprensible para los activistas más comprometidos con el cambio?

Opinión Alien Karma | Ferran Barber. ¿Por qué las revelaciones de las humillaciones, estafas, agresiones e injusticias a las que estamos sometidos se acumulan, capa tras capa, en el hojaldre mohoso de nuestra percepción sin desencadenar cambios sociales contundentes ni modificar el marco cognitivo de la gente? ¿Por qué la gran estafa del sistema provoca más silencio y más inmunidad hacia el dolor ajeno que empatía y sentido fraterno de la vida social.

Todas esas preguntas llevan implícitas una fuerte carga de frustración: balazos de impotencia que, a menudo, terminan por arrimar al activista a la indolencia del “no-sirve-para-nada”. Tiramos de un carro muy pesado, somos el ariete de un cambio que terminará por producirse, pero nos preocupan las demoras, nos provocan la ansiedad de quien no logra romper el círculo vicioso de sus propias ambiciones y sucumbe al desaliento.
Salta a la vista que la espoleta de la contestación social ha sido parcialmente desactivada por varias décadas de despolitización social, en gran medida provocada por los años de “bonanza”. El llamado “sistema” no se agota en una camarilla de villanos conspirando para destruir la humanidad en nuestro mundo “Marvel”. El sistema se retroalimenta de la propia cultura social que modifica en su beneficio. Si la ciudadanía ha tolerado tanto escarnio es porque comparte muchos de los valores de los grupos de poder, a los que, por otra parte, alienta y apuntala por obra u omisión.

La cultura social de Occidente está tan penetrada de los valores y modelos fallidos que pretenden transformar los nuevos movimientos sociales que responde con hostilidad o indiferencia a cualquier nueva propuesta. La cultura social de Occidente se sustenta, en proporciones variables, sobre la defensa de la pequeña cuota (cada vez más restringida) de bienestar, sobre la pusilanimidad política y sobre el temor a ser desposeído de aquello que no se tiene, pero nos juraron que teníamos.

El miedo es inoculado y retroalimentado por los propios grupos de poder mediante procedimientos cada vez más burdos. Claro que los ciudadanos no son sólo receptores pasivos del recelo y de la hostilidad al cambio. En tanto que parte del sistema, funcionan igualmente como infecciosos agentes transmisores.

La espoleta de la contestación social ha sido desactivada gracias, y sobre todo, a los medios de comunicación. Tan cierto es que Internet ha creado un nuevo espacio para la deliberación política y la democracia real, como que la acumulación de información fragmentaria en un degradado formato de comunicación Tweet-Youtube ha generado confusión y ha reducido ciertas habilidades cognitivas necesarias para el cambio personal. Ya no hay texto, ni contexto, sólo misiles SAM de impacto visual que han menoscabado nuestra capacidad para sentir emociones consistentes y para interpretar la información y elaborar respuestas útiles. Flebitis emocional, esclerosis perceptiva y estupor paralizante por sobreinformación. Ese es el diagnóstico. Más información no es igual a más conciencia. Y menos todavía, a más acción social. El click-activismo se devorará a sí mismo.

El marco simbólico o conjunto de valores a través de los cuales interpretamos nuestras experiencias está esencialmente perfilado por los usufructuarios del sistema y por las herramientas de las que se sirven para ello. Entre otras, la Prensa. Asistimos a la simultánea materialización de las pesadillas orwellianas y el Brave New World de Huxley. Somos los epsilon del mundo, enchufados a una matriz caucásica y anglosajona de estímulos informativos y alimentados por la soma de nuestra abulia y nuestra superficialidad, permanentemente monitorizados y geolocalizados por una legión de “big brothers” cibernéticos al servicio de los grupos de poder. La realidad que proyectan estos medios generalistas es esencialmente un holograma.

La Prensa tradicional sigue reproduciendo el mismo modelo obsoleto de producción de información desde el nacimiento de la sociedad de masas porque le resulta funcional, útil para sus fines, sean cuales sean estos. A pesar de ello, es un cadáver incapaz de retratar la porción de humanidad a la que debería servir. Cualquier conjunto de hechos reflejado en estos medios se transforma en esperpento.

Los movimientos sociales están enfermos de endogamia. Los miembros de la secta viven recluidos en su propio cascarón simbólico.

Por su parte, los movimientos sociales se encuentran a menudo enfermos de endogamia. No consiguen romper el blindaje que los aísla del resto de la sociedad o cuando lo hacen, es mediante mensajes fragmentarios y confusos. Es decir, los movimientos no avanzan al ritmo deseado porque los miembros de la “secta activista” viven con frecuencia recluidos en su propio cascarón simbólico, rumiando su desaliento mientras aguardan a que algo ocurra por acumulaciones de impactos, agresiones o miserias.Las manifestaciones y protestas o las tácticas tradicionales de acción directa no han resultado por sí solas una herramienta decisiva e influyente para ampliar el estado general de conciencia o, menos todavía, para influir en la toma de decisiones de un Gobierno atrincherado cerrilmente en la sinrazón y la arrogancia. Vistas como un acto escénico de representación del dolor y de la indignación de la ciudadanía, es la misma opereta repetida hasta la náusea. Como la obra es un ladrillo, por repetitivo y previsible, los medios se limitan a buscar el interés en el conflicto que generan los enfrentamientos con la policía o, en el mejor de los casos, en el número de asistentes, siempre variable. Incluso las propias organizaciones sociales compiten con frecuencia entre sí tratando de demostrar su capacidad de movilización y de convocatoria, y de ese modo, el principal fin de la opereta -expresar el conflicto- se disuelve en intereses más mezquinos o en debates bizantinos sobre el uso de la violencia.

Los movimientos sociales no siempre son conscientes de que esta especie de flebitis emocional por sobreinformación que padecemos el grueso de los ciudadanos nos impide reparar en cualquier puesta en escena que no pueda competir con el “reality show” más purulento. Buena parte de la izquierda se ha quedado encallada en viejas tácticas obreristas decinomónicas incapaces hoy de socavar el chiringuito de los “malos” mientras otra se ha enfangado en Internet, erronéamente persuadida de que las timbas digitales son hoy el Santo Grial de la comunicación política.

Amontonar “me gustas” sobre una página de Facebook o pasar media mañana debatiendo en un hilo de nuestra cofradía no nos convierte en activistas, y menos todavía nos ayuda a tambalear los cimientos de este sistema ineficiente. La energía transformadora se va por el ratón del click-activismo, mientras las corporaciones pelean cuerpo a cuerpo con sus think tank, sus fondos de reptiles, sus contabilidades B y sus medios afines. Internet (una red segura) es una magnífica herramienta de encuentro y deliberación, pero no puede suplantar a la acción directa.

A la postre, la Prensa libre es esencialmente invisible, el etíope del mapa de los media, un espíritu incorpóreo tan sólo percibido por los medium de la rebelión. A juzgar por los ratios de lectura de estos medios, su influencia social es todavía insuficiente. Después de todo, el 80 por ciento de los españoles sigue informándose a través de las televisiones, salvo honrosas excepciones, controladas por el ying y el yang de la hidra-bipartido.

La Prensa mainstream es el Boris Karloff de la gran estafa. Sus retratos son mentiras y hologramas.

Y digámoslo de una vez, la PRENSA MAINSTREAM es un fiambre pestilente, un muerto incapaz de retratar los nuevos tiempos; un zombi comatoso entubado a una proyección aberrante de nuestra realidad, el Boris Karloff hepático de la gran estafa. Incluso las tradicionales categorías o secciones informativas mediante las que la Prensa se obstina en compartimentar la realidad son una patada en los testículos de nuestra visión del mundo. Como diría Morató, “odres viejos para vinos nuevos”. Ni en las urnas del sistema cabe nuestra democracia, ni en los estantes de los medios tradicionales encaja nuestra percepción de la realidad, así que ya hace mucho tiempo que sus retratos son mentira, hologramas en tiempo real para alimentar la gran “matrix” anglosajona y a la secta casposa y ultramontana que ha ocupado el Gobierno. Necesitamos a Neo y a Morfeo, necesitamos al periodista heroíco de la Prensa alternativa.Porque no nos engañemos: la Revolución será necesariamente televisada. La cuestión es por quién. Si son ellos quienes lo hacen, volverán a parodiar la realidad y a travestirla de mentiras. La revolución no triunfará hasta que no se adueñe de su voz para penetrar esa coraza de desinformación y de ignorancia que ha urdido la Prensa tradicional, apolillada, arcáica y arcaizante. ¿Queríais revolución? Tomad involución de quince en quince tazas.

Por eso nos necesitáis más que nunca. A los periodistas, digo. No para que os expropiemos el derecho a ejercer el Periodismo ciudadano en el nombre de una casta, ni para restablecer el monopolio de la comunicación unidireccional, ni para arrebataros el derecho a traficar con vuestros post como camellos altruistas en el mercado de la fraternidad y la verdad (la vuestra). Nos necesitáis del mismo modo en que se necesita al fontanero; para desatascar las cañerías; para interpretar las fugas de agua; para que nos zambullamos en los inodoros del sistema y os ayudemos a recuperar el auténtico Santo Grial: la verdad, la transparencia y un espejo en el que miraros sin que se os convierta en esperpentos. Nos necesitáis porque somos uno de los vuestros. Justamente por eso hemos creado este nuevo medio, heredero de Diásporas: para hacer visibles a todos esos millones de personas obligadas a abandonar sus hogares en busca de algo que merezca ser llamado “vida”; para decir bien claro que ellos no son los “malos”; para ponerle otro final a un thriller donde siempre muere el pobre antes de hora.

La revolución -nuestro deseo de cambio- no triunfa porque a menudo despilfarra su energía social en herramientas de escasa utilidad política al tiempo que contribuye, bienintencionadamente, a alimentar la hoguera de la confusión y la desinformación. ¿Os imagináis al Che Guevara o a Durruti conspirando en un McDonalds de Manhattan? ¿Es necesario repetir que Facebook, Google y el resto de emporios de comunicación norteamericanos registran cada una de nuestras búsquedas, comentarios y pulsaciones con fines comerciales, policiales y políticos? El “gran okupa” se nos ha colado hasta debajo de la cama. Le hemos abierto las puertas y le hemos dicho: “Fóllame con tu filamentosa polla de silicio y te daré hasta el password de mi alma”.

Hemos instalado nuestros cibercuarteles en los sótanos de un gendarme digital que nos cachea a diario
Así es. En el colmo de la negligencia, hemos instalado nuestros cibercuarteles en los sótanos de un gendarme digital que nos cachea a diario con sus largos, invisibles, urticantes tentáculos. Y no será que Snowden, Appelbaum o Assange no lo hayan intentado. Si se piensa seriamente, Facebook es la metáfora absoluta, la más atinada encarnación de la naturaleza imperfecta de nuestros movimientos, penetrados de contradicciones hasta el tuétano de nuestra desesperación.
A menudo, ni siquiera somos movimientos. Somos hordas de humanos vagamente conectadas por la rabia. Simplemente, nos dejamos caer por el ciberabismo de nuestro estupor, intercambiando como cromos titulares de noticias que no hemos leído. La revolución no se hará en las paredes de Facebook. Podéis estar seguros de ello. El artivismo, la comunicación periodística y la acción poética -en combinación con otras herramientas- pueden ser determinantes para incrementar la influencia social de los adalides del cambio.
Hay que luchar en su terreno (el de la víscera y la parodia de la realidad), pero bajar luego al detalle, descender hasta lo humano, mediante la persuasión y el argumento.Creemos, sobre todo, en las bondades de la Prensa libre. Creemos más en los poemas de Batania sobre las paredes de las oficinas de los banksters que en las protestas tuteladas por maderos. Creemos más en el sabotaje cultural que en los parches al sistema y en los rifirrafes obreristas y en las ideologías-zombi. Creemos más en el poder persuasivo de nuestras abuelas que en los hilos del Facebook y el click-activismo. Creemos en las ILP y en el puerta a puerta, en el boca-a-boca, en las acampadas, en el argumento, en el street-art y la mirada. Sí a la red, por supuesto, pero para organizarnos y deliberar. Destrocemos los tabúes de su cultura cancerosa y derribemos los manuales deontólogicos que ellos jamás respetan.
Destrocemos los tabúes de su cultura cancerosa y derribemos los manuales deontólogicos que ellos jamás respetan

Destrocemos los tabús de su cultura cancerosa, derribemos los manuales deontológicos (los que jamás respetan) para informar del lado de la gente, con la gente; transformemos Ecce Homos con la brocha gorda de Cecilia y de la indignación de los artistas. Seamos mártires (pero poco) en el altar de la cultura transformadora. Ocupemos los think-tank y celebremos la Justicia. Be fair! Be smart!

¿Queréis iconos? Los tenemos. ¿Queréis nuevas comedias? Suplantemos a la plutocracia, y al igual que los Yes Men, doblemos su discurso en tiempo real en los foros internacionales para que sus palabras mentirosas no sean ya cortinas de humo. Traduzcamos sus declaraciones a un lenguaje comprensible por la gente, el de la verdad que ocultan tras esa macroeconomía para dummies en la que dos y dos son cinco y nunca cuadra el círculo sin estrangular a miles de los nuestros. Pintemos un escrache visual con la V de “villano” allá donde se traicionan a los nuestros.

Desnúdemonos, como las Femen, y salgamos a luchar ahí fuera, cuerpo a cuerpo y uno a uno. Creemos una pirámide humana y diseminemos nuestros argumentos como un “herbalife” benefactor. Manifestémonos de nuevo, pero con caretas de Ecce Mono.

A la calle, compañeros, a la calle, pertrechados de argumentos… Y a charlar con nuestros padres, con nuestros hijos y amigos… a tratar de persuadirles de que esto sí va con ellos; de que esto va con todos. Y a sentarnos nuevamente junto al calor del fuego.

Definitivamente, esto tampoco va de volver al lago Walden con Thoreau. Esto va de mudarse al software libre, de reclutar a los poetas y los artistas, de inventarnos medios como este. “El punto medio es el punto miedo” y no olvidéis nunca que “el que ataca a los dioses, no debe fracasar necesariamente” (Batania dixit).

*Información originalmente publicada por Diásporas el 09/08/2014

© Copyright por Diásporas & Ferran Barber 2014

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VERITAS filia temporis. Reportero. dos o mas veces guardameta. Más de 25 años dando cuenta de los rotos y los descosidos del planeta. Autor de una novela, dos libros de viaje y realizador de varios documentales sobre temas informativos de actualidad. Allere flammam VERITAS.
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