Hemos visitado las junglas salvajes de Calais, un pedazo de África en Europa

Los británicos acusan a los galos de no hacer bien su trabajo y los franceses culpan a Inglaterra de propiciar la llegada masiva de extranjeros

Se han dicho de todo menos guapo. Los británicos acusan a los galos de no hacer bien su trabajo y los franceses culpan a Inglaterra de propiciar la llegada masiva de extranjeros mediante “políticas de incentivos” que alientan la emigración. Las ONG de la ciudad portuaria califican de atroces las actuaciones de la Gendarmería.

Calais | Ferran Barber. Por “jungla” se tenía en el argot colonial las zonas irredentas donde los rebeldes se hacían fuertes para combatir hasta la muerte a la metrópolis. En Calais (Francia), se mantiene el concepto y el espíritu de aquella lucha desigual e injusta, aunque ahora la “resistencia” se hace fuerte en casas ocupadas y campamentos misérrimos, no muy diferentes de los “bidonvilles” de donde proceden los desesperados. Aguardan, como en Ceuta y en Melilla, el momento propicio para colarse en un ferry o entre los hierros de algún tráiler que les permita cruzar el canal de la Mancha y alcanzar Inglaterra.

El teniente de alcalde de Calais, Philippe Mignonet, dice que ya son alrededor de 1.300 los extranjeros que viven como squatters en edificios de la ciudad y en campamentos próximos al puerto. Buena parte de ellos han llegado recientemente del África oriental. El político francés califica la situación de insostenible y amenaza a los británicos con pagarles el barco a los migrantes y enviárselos por mar hasta Inglaterra. Las bravuconadas y los cruces de palabras entre galos e ingleses son moneda común desde hace lustros, claro que durante las últimas semanas se han hecho más frecuentes como consecuencia del aumento del flujo migratorio y de un episodio singular acaecido el pasado 25 de julio.Ocurrió a las dos y veinte de la madrugada durante un control rutinario de un ferry de la compañía P&O procedente de Dover (Inglaterra).

Siguiendo el protocolo, los gendarmes inspeccionaron un camión que desembarcaba en Calais tras cruzar el canal en el Espíritu de Francia. Y para su sorpresa, hallaron a 28 polizones procedentes de Bangladesh, Paquistán, Afganistán y Sri Lanka. Lo insólito de este suceso es que era la primera vez en que un grupo tan numeroso de migrantes trataba de ganar Francia desde Inglaterra realizando el camino inverso al del grueso de expatriados. No se hubiera sorprendido menos la policía marroquí si hubiera interceptado a cuarenta nigerianos intentando alcanzar Tánger en patera desde Huelva.

Pese a que los detenidos ya habían puesto los dos pies sobre el suelo galo, fueron devueltos al Reino Unido a las siete menos veinte de la tarde de ese mismo día, en virtud de un acuerdo suscrito en 2003 que autoriza a Inglaterra a desplazar su frontera hasta Calais. A juzgar por los malentendidos y las reacciones airadas que produjo este suceso, ni la propia opinión pública británica es consciente de que sus fronteras fueron trasladadas hasta Francia hace once años, como parte del convenio mediante el que se clausuró el campo de refugiados Sangatte.
Muchos británicos todavía ignoran que la doctrina que se sigue en la frontera anglo-francesa es justamente la contraria de la que se aplica en otros países europeos: los migrantes detenidos son devueltos sistemáticamente al país del que salieron.Este mismo convenio permite a la policía británica registrar a los viajeros y solicitar sus pasaportes en suelo francés. Es también responsabilidad de Gran Bretaña -excluida del territorio Schengen-, realizar las patrullas de vigilancia marítima en el canal de la Mancha.
Durante las últimas semanas, se ha sabido que Londres ha gastado tres millones de libras en tecnología para escanear los camiones donde los migrantes tratan de ocultarse y otras 400.000 libras más, en cámaras de detección térmica que han emplazado en los aledaños de Calais y en la terminal de acceso al túnel del canal de la Mancha situada en Coquelles.
La Marina británica dispone también de sofisticados medios de vigilancia marítima para interceptar las embarcaciones de africanos y asiáticos que tratan de cruzar el Canal. En los días despejados, puede verse sin problemas los acantilados de Dover desde el puerto de Calais. Esta ciudad francesa de 75.000 habitantes es la más próxima a Inglaterra, de la que tan sólo la separa una estrecha franja marítima de 34 kilómetros.“Estamos sufriendo mucho por culpa de ese convenio bilateral”, asegura el teniente de alcalde y máximo responsable del área de migración de Calais.
“Esto no es un país, sino una ciudad. Hay que renegociar ese acuerdo y llevarse de vuelta a Dover la frontera británica. Quizá de ese modo David Cameron se dé cuenta de que las cosas no son tan fáciles”, añade Mignonet. Este político concurrió a las elecciones dentro de las listas de una formación de derechas conocida como la Unión para un Movimiento Popular (UMP), aunque el discurso que mantiene es frecuentemente suscrito por el Frente Nacional de Le Pen y por los propios ultranacionalistas británicos.Tanto Mignonet como Natacha Bouchart, la alcaldesa de Calais, se han dirigido reiteradamente por carta al Primer Ministro británico para que presione a Bruselas y busque soluciones. Según el prefecto de Pas de Calais, Denis Robin, “la presión migratoria en el puerto se ha incrementado un cincuenta por ciento en lo que va de año, lo que a su vez ha aumentado también la violencia y los enfrentamientos entre los extranjeros”.

Hace un par de semanas, dieciséis migrantes resultaron heridos durante una batalla campal entre grupos rivales de expatriados. Los solicitantes de asilo se enfrentaron con barras de hierro con la esperanza de ganar el acceso a los camiones que guardaban cola para acceder a un ferry. Al decir de Veronique Devise, empleada de la organización Secours Catolique, los ánimos están tan caldeados que la gente ya no duda en servirse de la fuerza para ganarse un sitio en un camión o un buque.Incluso el propio Mignonet admite que no es posible poner fin al problema desalojando los campos o incrementando el número de agentes antidisturbios. “Desmantelamos una jungla el mes pasado y a los pocos días habían vuelto ya a Calais todos los migrantes”, asegura.

Y en efecto, así viene sucediendo. Tanto la llamada jungla hazara como la casa de Palestina o la jungla afgana han sobrevivido durante años a los ataques policiales, en diferentes lugares y bajo diferentes circunstancias. La voluntad de los migrantes de cruzar el Canal resulta tan inquebrantable como consistente es su pobreza.Mignonet es ya bien conocido en la Prensa británica y francesa por sus diatribas antiemigración.

En noviembre del pasado año, numerosos medios de comunicación se hicieron eco de unas declaraciones en las que culpaba al Reino Unido del embudo migratorio de Calais. “Tenemos que vérnoslas con hordas de todo el mundo por culpa de una política británica grotesca, cuando no hipócrita. Dicen que no quieren inmigrantes, pero luego no ponen freno a la economía sumergida gracias a la que viven todos estos ilegales. Los refugiados sirios que entraron en Europa huyendo de la guerra civil tenían en su mayoría un único objetivo: alcanzar Inglaterra.

Y si se piensa es lógico porque el Reino Unido es visto como un paraíso”, afirmaba el teniente de alcalde de Calais a las puertas de la pasada Navidad, para regocijo de todos los ultranacionalistas británicos. El propio Nigel Farage, líder de Ukip, aplaudió públicamente las afirmaciones de Mignonet y añadió su propia leña al fuego: “Existen cifras vergonzosas que respaldan esas declaraciones. Tan sólo un seis por ciento de los soplos sobre inmigración ilegal en el Reino Unido son investigados. Y menos de uno de cada sesenta casos acaba en deportación”.Las autoridades galas sostienen que buena parte de los 61.510 emigrantes que han entrado en Europa a través de Italia a lo largo de los seis primeros meses de este año se dirigen a Calais con la esperanza de alcanzar el Reino Unido.

En ese mismo periodo, la policía francesa abortó 5.235 intentos de colarse en Francia a través de Italia. No se recordaba nada parecido desde la primavera árabe (2010). Muchos de ellos fueron devueltos a Roma. Otros se quedaron en Francia, desde donde viajaron en tren hasta Calais. Francia se ha convertido en un país de tránsito.Lo que no menciona Mignonet ni la alcaldesa de Calais son las deplorables condiciones en las que viven los migrantes, mientras aguardan su oportunidad de dar el salto.

Muchos de esos vietnamitas, somalíes, eritreos, etíopes, iraquíes, kurdos y palestinos sobreviven en condiciones infrahumanas, probablemente peores que las que arrostraban en los lugares de donde partieron. Carecen de acceso al agua potable, y a menudo no tienen más refugio que viejas tiendas de campaña o barracas de plásticos. Ciertas organizaciones como No Borders tratan de aliviar su sufrimiento distribuyendo ropa, comidas y materiales sanitarios, mientras se suceden las protestas contra el trato brutal y las coacciones de las que son víctimas los expatriados.

A principios de julio, más de seiscientas personas fueron atacadas con aerosoles de pimienta durante una operación coordinada de la policía francesa de fronteras y la Gendarmería. Durante el ataque sorpresa, se desalojaron varios pequeños campos de refugiados y se detuvieron violentamente a cientos de ellos con la bendición de la alcaldesa y de Mignonet. “Si esto sigue así”, dijo este último, “habrá entre dos y cinco mil emigrantes para final de año. Entran por Lampedusa y salen por Calais. Muchos de ellos se han quedado aquí atrapados porque carecen de las 300 o 400 libras que los traficantes les cobran por introducirlos en un ferry o un camión. Y los anarquistas de grupos como No Borders aún empeoran más las cosas”.

El pasado mes de mayo, un grupo de migrantes se declaró en huelga de hambre tras el desmantelamiento de varios campos más. Cientos de ellos se habían visto obligados a dormir a la intemperie durante el invierno precedente debido a los desalojos. Una de las nuevas tácticas usadas por la policía gala consiste en despejar previamente las zonas donde actúan de esos incómodos testigos “anarquistas”. Por decenas se cuentan las cámaras de vídeo y de fotografía que la policía ha destruido para no dejar huellas gráficas de sus razzias violentas. A juicio de Mignonet, los “radicales” torpedean las actividades policiales.

Calais se ha convertido en el lugar de residencia de decenas de activistas británicos, belgas, holandeses, alemanes e italianos. Coordinados a través de organizaciones como Calais Migrant Solidarity, estos voluntarios colaboran con los solicitantes de asilo en la monitorización de la actividad policial, proporcionan apoyo emocional, y distribuyen tarjetas SIM y otros pertrechos entre las víctimas de la Fortaleza Europa. “No nos iremos de aquí hasta que nos den una solución digna”, aseguraba recientemente un colectivo de migrantes mediante un comunicado. “Queremos que cese la violencia sádica que ejercen contra nosotros y que se tenga en cuenta qué nos trajo hasta aquí. Dejamos nuestros países por culpa de la injusticia, la guerra, la pobreza o las persecuciones de todo tipo. Sólo reclamamos protección, como los seres humanos que somos”.* Información originalmente publicada en Diásporas el 19/08/2014

© Ferran Barber & Diásporas | Público 2014

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VERITAS filia temporis. Reportero. dos o mas veces guardameta. Más de 25 años dando cuenta de los rotos y los descosidos del planeta. Autor de una novela, dos libros de viaje y realizador de varios documentales sobre temas informativos de actualidad. Allere flammam VERITAS.
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