Historia del nacionalismo asirio

«El tribalismo comenzó a disiparse tan pronto como se advirtió que era la nación entera, y no sólo una facción, la que estaba amenazada de muerte»

Los cristianos orientales se hallaban repartidos en los primeros siglos de nuestra era por diversas iglesias hermanadas hasta que entraron en escena las disputas entre imperios y las discusiones religiosas. Primero, una reyerta teológica dio lugar a la creación de la Iglesia del Este, de Persia o nestoriana y sólo una generación más tarde, se produjo otra ruptura que acabó conformando la Siriaco-Ortodoxa.

By Ferran Barber / 2006. Ya desde Calcedonia, los persas juzgaron más útil tolerar y proteger a estos cristianos a los que sus enemigos tenían por herejes que seguir hostigándolos, de modo que su vida mejoró notablemente.

Al igual que ellos, los árabes hallaron ventajoso varios siglos más tarde el mantenerlos bajo protección, lo que, paradójicamente, acabó salvando a nestorianos y jacobitas de las persecuciones de Bizancio. «Los corazones de los cristianos se regocijan de la dominación árabe», escribía varias centurias después de la primera invasión islámica un cronista de la Iglesia del Este.

Esta entente cordiale entre religiones vino a quebrarse a partir del siglo XI a raíz de la llegada de los cruzados. Tanto los armenios como los maronitas se aliaron con sus correligionarios europeos, de manera que tras su derrota y retirada, los musulmanes vengaron su traición mediante purgas. A pesar de su neutralidad, los fieles de las iglesias jacobita y nestoriana también sufrieron bajas, aunque en menor medida. A partir de ese momento, los gobernantes musulmanes de Oriente Medio ya sabían la lealtad que podían esperar de sus súbditos cristianos. La desconfianza de los otomanos con armenios y caldeo-asirios entronca con aquellos sucesos, arraigados en el imaginario colectivo de los musulmanes de Anatolia y transmitidos generacionalmente en forma de prejuicios.

Las rivalidades entre las distintas sectas cristianas, las persecuciones a las que fueron sometidos periódicamente por parte de los musulmanes y las invasiones de los mongoles diezmaron el número de cristianos orientales no sólo ya en Oriente Medio, sino en todos los rincones de Asia a los que los misioneros nestorianos habían llevado el Evangelio. Al término del reinado de Tamerlán, los fieles de ambas iglesias sobrevivían principalmente en las provincias de Asiria (distritos iraquíes de Beth Garme, Adiabene, Arbil, Kirkuk, Nuhadra o Dahok y Nínive o Mosul), Hakari (hoy Kurdistán turco) y la región india de Malabar. El resto de sus diócesis se perdieron para siempre. Como bien sabemos ya a esta altura del libro, aún les aguardaban varios golpes. Uno de los peores, aunque no el postrero, fue el regreso de parte de sus fieles a la obediencia de Roma en 1553.

Por extraño que resulte, la mayoría de los creyentes de esas tres iglesias orientales continuaron habitando sin cambios relevantes en esas mismas zonas hasta hace alrededor de un siglo. Concretamente, los caldeos se concentraron de forma preferente en el vilayet otomano de Mosul (hoy Irak); los nestorianos, en las montañas de Hakari (hoy Turquía) y en el área de Urmia (hoy noroeste de Irán o Azerbaiyán persa) y los siriacos, en el sureste de Turquía (especialmente en Tur Abdin) y en el noreste de Siria. A causa de las dificultades geográficas, apenas hubo interacción entre ellos.

¿Cómo se organizaban unos y otros llegado el siglo XX? De acuerdo al doctor Robert de Kelaita, autor de una tesis sobre el nacionalismo asirio, los caldeos o uniatos católicos que habitaban en la provincia de Mosul habían perdido ya sus estructuras tribales y ocupaban ciudades relativamente grandes, la mayor de las cuales era Tell Pepe (Montículo de las rocas, en arameo). Estaban sujetos al gobernador del vilayet o provincia y otros oficiales menores otomanos. Su patriarca, hoy residente en Bagdad y siempre subordinado a las autoridades vaticanas, tenía entonces sede en Mosul y ejercía ante su gente tanto de líder religioso como civil.

Al igual que los caldeos, los jacobitas o siriaco-ortodoxos poseían ya al comienzo de la guerra una organización social moderna. Se hallaban sometidos a los oficiales otomanos, con los que estaban en contacto constante y tenían por principales centros de población las áreas de Diyarbakir (Turquía), Mardin (Turquía), Mosul (Irak), Alepo (Siria), Harput, Edesa (Turquía) y, por supuesto, la mentada Tur Abdin, donde existían ciento cincuenta pueblos de mayoría cristiana.

A diferencia de los anteriores, los nestorianos de Hakari llevaban una existencia casi independiente. Aunque oficialmente obedecían al emir kurdo de su provincia, a su vez dependiente del sultán, sólo rendían cuentas en la práctica al patriarca, quien habitaba en una diminuta aldea de la provincia llamada Kochatnes. Por último, los nestorianos de Urmia vivían subordinados a las autoridades iraníes o, eventualmente, a señores kurdos.

Los sentimientos patrióticos estaban, en general, mucho más acentuados entre los nestorianos que entre los jacobitas y los caldeos debido al aislamiento geográfico y socioeconómico de los primeros. Por poner un ejemplo, entre los siriaco-ortodoxos resultaba mucho más frecuente hallar nombres de resonancias árabes como Fath Alá, Abdelkarim, Abdelmasih y pronto, de hecho, abundaron más que los cristianos. Asimismo, los caldeos y los jacobitas eran también en general mucho más dependientes económicamente de las autoridades árabes y turcas.

La primera gran transformación de la situación de los cristianos del área fue el resultado de la influencia combinada de los avances militares rusos en Irak y la Anatolia otomana y de la actividad misionera de los occidentales, especialmente la de los protestantes norteamericanos. Los rusos les proporcionaron una nueva confianza política y los clérigos, oportunidades de desarrollo económico y educativo. Hasta la llegada en avalancha de religiosos durante el siglo XIX, podía darse por bueno que tanto jacobitas como caldeos eran relativamente más cosmopolitas y cultos que los nestorianos, debido, entre otras cosas, al aislamiento geográfico de estos últimos y a sus deficientes recursos educativos. Pero con el aumento de la ayuda misionera, la situación mudó y ya en 1920, los asirios de Irán tenían la tasa más alta de alfabetización de todo el país.

Fue justamente entre esa élite de gentes educadas por americanos y europeos a la que pertenecían obispos y sacerdotes donde comenzó a arraigar la idea de nación durante la última década del siglo XIX. Gracias, entre otras cosas, a la influencia occidental y a la aparición de varias publicaciones escritas comenzaron a extenderse las nuevas ideologías políticas del mundo entre la embrionaria intelligentsia asiria. Si los estados seculares eran la norma en Europa, ¿por qué no imitar a los ciudadanos más opulentos del planeta trascendiendo el confinamiento religioso y tribal y creando una nación?

Alentados por tal empeño, los intelectuales asirios comenzaron a construir una nueva historia propia donde abundaban las referencias míticas. El lenguaje y las tradiciones fueron modernizadas para que fueran compatibles con el nacionalismo naciente. Episodios gloriosos de la historia nestoriana se convirtieron también por aquella época en motivo de orgullo para los asirios recién convertidos al credo protestante. Más tarde, Akitu, un antiguo festival religioso, fue incorporado al calendario nacionalista de efemérides. Como suele ocurrir en todos los procesos de gestación de una nación, se rescataron tradiciones en la medida en que éstas fueron útiles para fortalecer y nutrir la ideología incipiente.

Aunque es difícil determinar cuál fue la influencia de las ideas nacionalistas entre la gente común de Urmia durante la última década del XIX, todo apunta a que ésta era escasa. En lo que a los nestorianos de Hakari se refiere, no hay evidencia alguna de que albergaran en aquella época temprana sentimientos nacionalistas modernos, más allá de ese patriotismo religioso y tribal de viejo cuño al que nos hemos referido. Digamos que, incluso ya entrado el siglo XX, el nacionalismo seguía siendo sólo un puñado de ideas en manos de un puñado de intelectuales de Urmia.

Si bien hubo militantes caldeos y jacobitas en esta fase de gestación del movimiento, fueron contadas excepciones debido, entre otras cosas, a que las jerarquías de unos y otros mantenían relaciones muy cercanas a las instituciones otomanas y a que los miembros de las iglesias jacobita y caldea, a diferencia de los nestorianos, estaban mucho más integrados económica y culturalmente dentro de las grandes sociedades que les envolvían.

Esta situación se modificó parcialmente tras la Primera Guerra Mundial, en cuyo transcurso se diezmó sin excepciones a todas las colectividades de arameo-hablantes dispersas por Oriente Medio (maronitas, jacobitas, caldeos y, en particular, los nestorianos). Lo que les sucedió a los caldeo-asirios en el transcurso del conflicto podría resumirse nuevamente de este modo: tanto los jacobitas de Anatolia y Siria como los caldeos de Mosul permanecieron neutrales durante esos primeros compases de la Guerra (y hasta el final, como vimos, salvo algunos episodios aislados de resistencia como el mentado Aynwardo), pero también sufrieron fuertes pérdidas. Por el contrario, los nestorianos de las montañas de Hakari tomaron sin dudar las armas para defender sus feudos. Tras luchar durante meses, partieron hacia Persia en busca de los rusos a las órdenes de su patriarca Mar Benjamin Simon y bajo el liderazgo militar del agha Petros. En Urmia se les unieron otros jóvenes nestorianos, los mismos que un par de años antes habían desfilado por las calles de la ciudad quemando y pisoteando banderas alemanas. Una vez reorganizados como una fuerza regular se batieron contra kurdos y otomanos hasta que las tropas zaristas abandonaron ese frente. Meses más tarde, fue asesinado su patriarca por el agha kurdo Simko y algo después, tras resistir temporalmente las embestidas enemigas, fueron cercados en Urmia por azerbaiyanos, otomanos y kurdos.

El 20 de agosto de 1918 cunde el pánico en la ciudad y sus habitantes se reúnen para partir en busca de las fuerzas británicas, quienes habían prometido ayudarles si alcanzaban Hamadán, en el Irán central. Alrededor de 15.000 hombres, mujeres y niños perecieron en esta marcha. Los que lograron su objetivo fueron ayudados por los británicos a llegar a Bakuba (Irak), donde acabaron instalados en campos de refugiados. Muchos de esos asirios llegados a dominio inglés pasaron a formar parte de una fuerza británica exclusivamente cristiana conocida como Levis iraquíes. En manos de los imperialistas, fueron utilizados tras la guerra como una especie de policía represiva, lo que también explica la fama de vasallos de Occidente y traidores que hoy poseen.

Aunque los fieles de la Iglesia del Este habían obtenido catorce batallas victoriosas contra los kurdos y los turcos gracias a las gestas del comandante Petros, no pudieron evitar el desmembramiento de su comunidad. En 1918, la mayoría de los nestorianos habían huido a Rusia o vivían como refugiados en los llanos centrales de Irak. Y como era previsible, tales experiencias de sufrimiento colectivo dieron a los nestorianos una nueva perspectiva acerca de quiénes eran y por qué habían padecido de ese modo.

«El tribalismo comenzó a disiparse tan pronto como se advirtió que era la nación entera, y no sólo una facción, la que estaba amenazada de muerte», apunta de Kelaita. «Miembros de varias tribus nestorianas, durante largo tiempo aisladas, comenzaron a mantener contactos entre sí. Se celebraron matrimonios entre diferentes clanes y religiones en un número sin precedentes. Y su cultura terminó por transformarse finalmente, como prueba el hecho de que comenzaran a menudear los relatos y canciones folklóricas de persecución e injusticia mientras crecía al mismo tiempo entre la población refugiada el sentimiento de solidaridad. La guerra había enraizado la idea de Nación asiria tanto en las mentes de los montañeses de Hakari como en la de los asirios de Urmia. Y privados de sus casas y sus bienes, su angustia comenzó a materializarse en demandas nacionalistas cada vez más articuladas».

En 1919, los maliks asirios eligieron a la hermana del sucesor de Mar Benjamin Simon, Surma Janim, para representar su caso en la Liga de Naciones. Aunque fue recibida con todos los honores, regresó ante su gente con las manos vacías. Había llegado la oportunidad del agha Petros, quien creó un pequeño contingente militar con refugiados de Bakuba en el intento de recuperar los pueblos de cristianos abandonados durante la contienda. El entonces comisionado civil británico en Mesopotamia, Sir Arnold Wilson, no sólo autorizó este extraño plan del comandante asirio, sino que ayudó a llevarlo a cabo pertrechando a sus tropas. Lo que hábilmente había percibido Petros era la oportunidad de reunir a nestorianos, y en menor medida caldeos, jacobitas y yazidis, en una fina franja de territorio con acceso al mar aprovechando la aparente confusión de Turquía e Inglaterra.

En octubre de 1920, las tropas caldeo-asirias comienzan a avanzar al norte desde el pueblo de Aqrah a través de territorio kurdo sin hallar seria resistencia en muchas millas.

El operativo militar se detuvo tan pronto como una amplia facción de los montañeses se rebeló contra Petros y tomó una ruta alternativa a sus antiguos territorios llevándose consigo al cuerpo principal de las tropas. Incapaz de continuar, el comandante y sus hombres leales volvieron a sus bases mientras el resto de los milicianos terminaban por dispersarse. Después de otro intento fallido de establecer un estado asirio, en esta ocasión en colaboración con los galos que ocupaban Siria, Petros se exilió en Francia, donde murió. Gracias a sus sonadas gestas se ganó ese guerrillero el derecho a colgar de las paredes de muchas casas caldeo-asirias.

Tras aquella fracasada tentativa, las preocupaciones de los cristianos acerca de su futuro fueron incrementándose, especialmente a medida que se acercaba el final del mandato inglés sobre Irak, previsto para 1932. Algunos meses antes de esa fecha, Mar IShaï Simon, sucesor de Mar Benjamin Simon, instó a los británicos y a la Liga de Naciones a que buscaran una solución a la cuestión asiria al tiempo que ordenaba a los Levis cristianos que dejaran de servir militarmente a los ocupantes en tanto estos no dieran una respuesta a sus demandas nacionales. Tanto el organismo internacional como la potencia ocupante rechazaron las peticiones del patriarca, quien logró de rebote soliviantar los ánimos tanto de los iraquíes como de los británicos, ahora oportuna y oportunistamente alineados del lado del nuevo reino.

El propio rey Faysal de Irak visitó a Mar IShaï Simon, sucesor de Mar Benjamin Simon, con el objeto de impedir que internacionalizara la cuestión asiria. Incapaz de llegar a un acuerdo satisfactorio con el patriarca, lo puso bajo arresto mientras enviaba tropas contra los asirios leales al religioso. La noche del 4 al 5 de julio de 1933 más de mil milicianos cristianos a los que Francia había dado asilo en Siria a regañadientes decidieron atravesar el Tigris a la altura de Feshjabur para recuperar a sus familias iraquíes. Al otro lado del curso fluvial, les aguardaban, ocultos tras elevaciones del terreno, centenares de soldados iraquíes a los que se había encomendado la misión de impedir a balazos su reentrada en el país. Muchos de los mejores combatientes cristianos fallecieron en el intento de cruzar el río, pero otros lo lograron y lucharon de tal modo que consiguieron obligar a los soldados iraquíes a batirse en retirada.

Tras esta victoria pírrica, los milicianos se dispersaron sin un plan claro de batalla o estrategia mientras muchos civiles se aprestaban a concentrarse en la población de Simel, cercana a Dahok, con el fin de protegerse de posibles represalias. Allí fueron asesinados por la armada iraquí que huía hacia la ciudad de Mosul miles de mujeres, niños y ancianos desarmados. Esta masacre, hoy conmemorada cada 11 de agosto como el Día de los mártires asirios, fue dirigida por el general Bakir Sidqui con la aprobación tácita de un gobierno ansioso por vengar lo sucedido una semana antes.

A la postre, centenares de los milicianos cristianos que lucharon en Feshjabur retornaron nuevamente al noreste de la Siria controlada por Francia, donde terminaron por formar una comunidad bastante homogénea a cuyos descendientes hallé yo al final de mi viaje. Con Mar Simon declarado persona non grata y exiliado en Chipre y los británicos en connivencia con el nuevo gobierno iraquí, el movimiento asirio había sido detenido.

¿Pusieron fin estos hechos al incipiente nacionalismo de los cristianos orientales? «En absoluto», sostiene de Kelaita en la tesis referida. «Mientras la voz de los asirios era silenciada y la prensa mundial mostraba un total desinterés por cuanto les acontecía, el movimiento para la unidad y la autonomía continuó extendiéndose en el Este y la diáspora. En el transcurso de este proceso, atrajo a miembros de las comunidades jacobita y caldeas a la idea, antes inimaginable, de que los fieles de ambas sectas pertenecían a la misma etnia que los nestorianos de Hakari y Urmia».

Durante este segundo periodo de la existencia del movimiento nacional asirio, varias organizaciones secretas se formaron en Irak y en Siria. Una de las más prominentes, Jait Jait, llegó a tener cientos de afiliados en la base militar británica de Habaniya, donde miles de asirios habían ido a vivir y trabajar tras huir de Urmia y Hakari. A esta comunidad de refugiados pertenecía el grueso de los cristianos que, en 1945, enviaron una petición escrita a una delegación diplomática americana que visitaba el país. El documento llevaba por título El problema asirio. Era similar a otros precedentes y cosechó los mismos resultados. Desilusionado por el desarrollo de los acontecimientos, frustrado por lo sucedido, Mar IShaï Simon anunció en 1948 que su Iglesia renunciaba a seguir desempeñando un rol político. De forma pareja, el patriarca estableció contactos con las autoridades de Irak, Siria e Irán e invitó a sus feligreses a vivir como ciudadanos leales dentro de sus respectivos estados. Aunque el sentimiento nacionalista pervivió dentro de su Iglesia, especialmente en Irak, la decisión dejó un vacío de liderazgo que abrió el camino al nacimiento de las organizaciones que hoy conocemos (ver “Los modernos partidos asiro-iraquíes y la denominación del movimiento” / Ferran Barber 2003) .

Con de Kelaita coincidimos en que el nacionalismo asirio no ha sido tanto el resultado del deseo de adquirir unas señas de identidad (éstas no necesitan de ese movimiento para sustentarse) como de la simple necesidad de no ser aniquilado que ha experimentado un pueblo. Dicen que no hay nación sin un propósito y la caldeo-asiria lo posee.

COPYRIGHT. FERRAN BARBER. 2006. Este texto forma parte del libro En busca de los últimos cristianos de Irán e Irak.

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VERITAS filia temporis. Reportero. dos o mas veces guardameta. Más de 25 años dando cuenta de los rotos y los descosidos del planeta. Autor de una novela, dos libros de viaje y realizador de varios documentales sobre temas informativos de actualidad. Allere flammam VERITAS.
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