La pequeña de muestra más cine del mundo

Les apasionaba el cine y terminaron inventándose la muestra más pequeña del planeta en un pueblo semiabandonado del Pirineo aragonés.

Les apasionaba el cine y terminaron inventándose la muestra más pequeña del planeta en un pueblo semiabandonado del Pirineo aragonés. Su cuarta edición comienza el próximo 25 de agosto.

Ascaso (Huesca) | Ferran Barber. Decía Jean Luc Godard que el cine es una verdad 24 veces por segundo. Ascaso, también. Claro que no se agota en ello. Es como una sesuda tertulia de Garci, pero sin garcis, sin subvenciones (cuantiosas) y sin sesudas. Es un drive-in sin drive y en butaca de plástico (verde botella); es un apocalipsis-zombi donde coinciden, durante cinco días, los septuagenarios del terruño con los rastas del arcoiris y el turista ocasional aburrido ya del rafting, las discos móviles y las romerías ‘folk’ aragonesas: “Yo viajaba a Ordesa y me encontré con esto”.

Hay más glamour orgánico y bastantes menos ácaros en un porrón de Ascaso que en la apolillada alfombra roja de Venecia. Nadie ha brindado nunca al sol bajo la luna del Sobrarbe (Huesca). En una palabra: “merecelapena”, que no es pena, por otra parte, sino cinefilia y cinefagia, la del madrileño Miguel Cordero y el castellonense Néstor Prades, padres putativos de esta criatura hipersexual (por lujuriosamente adicta a las películas) que en agosto cumple cuatro ediciones. Por lo demás, Ascaso es un festival -de fiesta-, y una muestra -de cine-, la más pequeña del mundo y al mismo tiempo, stricto sensu, la más alta. Se celebra a finales de agosto en el Pirineo aragonés, en una diminuta aldea donde tan sólo viven tres personas.

En la base de operaciones

Huele a puchero hoy en casa Juez. Los voluntarios de cocina han hecho un alto en la mañana para un pito y una estrella mientras el resto de la tropa se organiza a la fresca del patio. Hay que despejar la zona de acampada; cuidarse de la luz y del sonido; redactar un par de notas para los chicos de la prensa y atender a los coches a medida que llegan, ayudarles a aparcar en las márgenes del estrecho camino de tierra que se enrosca entre barrancos hasta coronar, a los mil metros, el cerro donde se levanta Ascaso, la aldea.

No menos de veinte personas colaboran cada año con Miguel y con Néstor para poner la muestra a punto. No pretenden crecer. Ni siquiera podrían, dado el aforo reducido de la, digamos, sala de proyecciones y el no menos reducido espacio de acampada, tres estrechos bancales que un vecino les cedió y donde han improvisado con cañizos una ducha. En realidad, la sala es una era, la parcela donde antaño se trillaba y aventaba el centeno. Aquí es Dios quien pone las estrellas y los actores abandonan la pantalla para mezclarse con el público, como en “La rosa púrpura de El Cairo”.

Luego, por si llueve, está la borda, que es también la taberna y el lugar donde se celebran las tertulias, tras el pase nocturno. En Ascaso, las películas, como los buenos poemas, no se terminan nunca; tan sólo se abandonan a altas horas de la madrugada.

La gente no está sola

¿Dónde concluye el film y dónde empieza la relación que en torno a las historias se establece? Porque tal y como dice Miguel Cordero, Ascaso va de cine y va de vínculos humanos; va de contenido y de continente, que en este caso es la atmósfera, el entorno humanista y los lazos que terminan por crearse entre los presentes alrededor de la filosofía compartida que sustenta a la muestra. “Detrás de todo estoy hay una ideología, o una idea de vida”, asegura Cordero. “Hay, digamos, un intento por hacer visible el cine más desconocido. Pero también es una apuesta por la diversidad sexual, por la diversidad étnica, por la libertad en todas sus formas, por el respeto a la diferencia. Queremos que la gente sepa que no está sola”.

La edición de este año arranca el martes, 25 de agosto, con el pase de “La sal de la tierra”, de Wim Wenders y Juliano Ribeiro Salgado, y con la inauguración de una exposición de fotos de Sebastiao Salgado. Tras cinco días de cine, se clausurará el sábado, 29. “En total -explica Néstor Prades, responsable de la programación-, van a proyectarse siete largometrajes, a lo que hay que añadir los dos pases de cortos, seleccionados por 33 personas vinculadas al festival”. No suele haber nunca un leit motiv, pero sí una coherencia interna y un deseo, premeditado, de apostar por las pequeñas producciones, por el cine de autor, independiente, aquel que a menudo no alcanza los circuitos comerciales o que, cuando lo hace, no permanece más de una semana en cartelera.

Definitivamente, como decía Polanski, el buen cine debería hacernos olvidar que estamos sentados en una sala. Claro que… ¿quién necesita un teatro cuando puede tumbarse sobre el suelo, apoyarse sobre el hombro de un amigo y cubrirse con la manta para dejarse llevar en volandas por una historia, la que toque? Ese es, justamente, el deseo que en su día empujó a Néstor y a Miguel a alumbrar la criatura: estrechar la distancia entre el creador, la creación y el público. En Ascaso, el cine es mucho menos un negocio y mucho más un modo de comunicación humana. Si la muestra fuera un libro, tendría un espejo mágico como el de Lewis Carroll, para que el público saltara al otro lado y se fundiera con los personajes.

Cien espectadores hubo de media el pasado año, lo cual equivale casi a un lleno del aforo (140 plazas tiene la era). Como a duro de implicarse han tocado casi techo, Miguel y Néstor se dedican ahora a apoyar y promover la creación de otros festivales rurales similares, con vocación social, e igualmente diminutos, o mejor dicho, igualmente concebidos a la medida de lo humano. Ambos forman parte de la coordinadora de Cine grande en pequeño, y a lo largo de los años, son numerosas ya las muestras que han impulsado en otros pueblos.

Ese invento del diablo

La entrada de las proyecciones cuestan unos módicos tres euros. Por 10 puede conseguirse un pase para la programación entera de la muestra. ¿Subvenciones? Las justas. En el mejor de los casos, acaban poniendo por delante su dinero. Luego, se recupera parte o todo con la barra, con las aportaciones de los socios y con el ‘merchandising’ (camisetas, pósters y recuerdos). Los ingresos casi íntegros de la venta de entradas van, por principio, a los directores de las pelis y las productoras.

Dieciocho años han pasado desde que Miguel Cordero recalara, por primera vez, en este pueblo, y cuatro son las ediciones que llevan ya del festival. Lo que hoy llamamos “sala al aire libre” era en aquel entonces una parcela intransitable y aselvada. Con la muestra regresó la vida a este pueblo semiabandonado al que la wikipedia se refiere como el de las pozas de nudistas. Y todo gracias a dos tipos con el valor suficiente de dedicarle un ciclo a Jacqes Tati en una calurosa tarde de verano. Y todo, gracias al cine, “ese invento del diablo”, que diría Machado.

* Información originalmente publicada por Diario Público el 11/07/2015.

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VERITAS filia temporis. Reportero. dos o mas veces guardameta. Más de 25 años dando cuenta de los rotos y los descosidos del planeta. Autor de una novela, dos libros de viaje y realizador de varios documentales sobre temas informativos de actualidad. Allere flammam VERITAS.
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