Los modernos partidos asirios iraquíes y el origen de Zowaa

El 'movimiento' no es la única formación política cristiana legalizada en Irak, pero el resto de ellas no gozan ni de lejos de su predicamento

Zowa no es la única formación política cristiana legalizada en Irak, pero el resto de ellas no gozan ni de lejos de su predicamento y representatividad. Y eso vale tanto para el interior del país como para la diáspora.

Por Ferran Barber 2006. Para entender cómo ha llegado a alcanzar el Movimiento Democrático Asirio su prestigio actual hay que retroceder a finales de la Segunda Guerra Mundial y recordar la decisión tomada por el patriarca Mar IShaï Simon de sacar a su Iglesia de la escena política. Aquella deserción dejó sin liderazgo a los cristianos orientales hasta que, en 1968, fue creada la Alianza Universal Asiria (AUA) por nacionalistas iraníes y exiliados de Estados Unidos. Casi de inmediato, esta formación se convirtió en el órgano de representación más importante de esa comunidad minoritaria, especialmente entre la gente de la diáspora. Dos de sus miembros más relevantes, Aprim Rayis y Ninos Aho, fueron, respectivamente, un caldeo y un jacobita.

Tal fue el protagonismo que alcanzó la AUA que el Gobierno iraquí de Ahmad Hasan Al-Bakr llegó a sentarse con sus representantes a discutir las demandas caldeo-asirias. De aquellas conversaciones no salió, sin embargo, acuerdo alguno y los líderes de la Alianza, con su secretario general Sam Andrews a la cabeza, fueron acusados de aceptar sobornos de los iraquíes y de traicionar la causa de su pueblo. Estas dudas sobre la honradez de sus líderes dividieron la organización en varias facciones antagónicas y abrieron de paso el camino para la creación de otras formaciones sin los estigmas de las precedentes.

La más antigua y prestigiosa de ellas es el tantas veces referido Movimiento Democrático Asirio o Zowa, establecido en Irak en 1979.  Su importancia creció al calor de la protección brindada por los kurdos en la zona de exclusión aérea situada al norte del paralelo 36, donde tenían su cuartel general hasta la última invasión estadounidense (la base ha pasado de Dahok a Bagdad). Actualmente, poseen oficinas en Siria, Irán y Norteamérica, desde donde, dicho sea de paso, llega el grueso de las donaciones gracias a la generosidad y sentido patriótico de militantes afincados en ciudades como Chicago.

Con posterioridad a Zowa, fueron creadas otras formaciones como el Partido Patriótico Asirio o el Partido Democrático de Beth Nahrain. Al primero se le reprocha comúnmente el haber estado en connivencia con Sadam mientras que a la sección iraquí del segundo se le echa en cara la sumisión con que ha servido a los intereses kurdos. Otras organizaciones como la Unión de Beth Nahrain llegaron incluso en su día a formar parte de la milicia kurda del PKK (hoy el partido ya se ha desvinculado de ella). Sus militantes procedían en su mayoría del sureste de Turquía.

Aunque las animosidades se han atemperado y varias organizaciones políticas y sociales han establecidos vínculos y alianzas, la unión entre miembros de todas las iglesias en torno a al movimiento nacionalista sigue, sin embargo, y como puede deducirse de lo dicho acerca de nuestro paso por Turquía, lejos de completarse. Tan lejos, que sus miembros no han sido capaces todavía de ponerse de acuerdo acerca del nombre con el que quieren ser llamados y, menos aún, de lograr que se reconozca públicamente su identidad diferenciada.

Lo de caldeo-asirio fue acuñado y consensuado en 2003, poco antes de nuestra llegada al país, durante un congreso organizado en Bagdad al que acudieron representantes de todas las iglesias, todas las formaciones políticas, todos los sectores de opinión y todas las minorías religiosas no musulmanas de Mesopotamia. Claro que una cosa es pactar una denominación y otra lograr que se imponga entre más de veinte diferentes. En Turquía, como vimos, se les llamó durante años turcos cristianos o turcos-semitas. Algunos líderes religiosos jacobitas incluso aceptaron en Irak la designación de árabes mientras que el PDK, por no ser menos, acuñó la de kurdos cristianos, también utilizada eventualmente por Marco Polo para referirse a los nestorianos que halló en Mosul y sus aledaños.

«El nombre asirio fue una invención de los protestantes ingleses legada a los nestorianos con un malicioso propósito político», aseguraba al principio del pasado siglo un obispo jacobita, Mar Efrem Barsum, ulteriormente conocido como el cura del arabismo. Muy poquitos años antes, en 1913, un católico norteamericano, Adrian Fortescue, había dejado escrito en uno de sus trabajos: «La denominación favorita actual con la que los simpatizantes anglicanos designan a la Iglesia nestoriana es la de Asiria. Es la peor de todas. De ninguna de las maneras pueden ser asirios esos fieles. Viven en una esquina de lo que una vez fue el Imperio Asirio. Su tierra fue una vez cubierta por el Imperio Babilonio. ¿Por qué no llamarse entonces Iglesia Babilonia?». A modo de guinda, el estudioso precisaba: «No hay duda de que los nestorianos tienen algo de la sangre de esos viejos sujetos, pero exactamente igual que los miembros de otras sectas que abundan en Mesopotamia. ¿Por qué razón una de esas pequeñas sectas, la nestoriana, debería asumir el nombre y la identidad entera de un poderoso imperio desaparecido hace tiempo? Uno echa un vistazo a un libro titulado La posición doctrinal de la Iglesia Asiria y se pregunta a qué clase de iglesia se refieren: ¿A la de Asurbanipal?».

Esos mismos argumentos de Mar Efrem Barsum y Fortescue han sido utilizados durante las últimas décadas por turcos, árabes, kurdos y persas para desacreditar la seriedad del movimiento nacionalista asirio. Me he referido a ello en varias ocasiones, pero es posible que alguno de los lectores de este libro se haya quedado de nuevo estupefacto al saber con más detalle de esta controversia; al averiguar que la supuesta identidad étnica caldeo-asiria de estos cristianos orientales es seriamente puesta en entredicho y a menudo atribuida a una invención.

Y si a alguien todavía le sorprende que media docena de gobiernos árabes, turcos, kurdos y persas se hayan reído públicamente de que los cristianos mesopotámicos digan descender de asirios y babilonios, más atónito aún quedará al saber que desde hace algunas décadas ha comenzado a cobrar fuerza un nuevo movimiento político que reclama para los fieles de la Iglesia Caldea un origen étnico netamente caldeo. Es decir, que un grupúsculo de fieles católicos de Irak ha constituido una organización nacionalista de acuerdo a cuyas tesis los caldeos modernos están directamente emparentados con aquellos hombres y mujeres que habitaron  hace miles de años en la patria de Abraham. Semejante pretensión es absolutamente ridícula, dado que, como ya consignamos, lo de caldeo fue acuñado arbitrariamente por el Vaticano para denominar al sector de fieles nestorianos que retornaron a su obediencia. Única y exclusivamente los llamaron de ese modo en atención a las resonancias bíblicas del nombre.

No obstante, este nuevo movimiento, minoritario e indigno de mención, ha cumplido su objetivo: enrevesar todavía más el asunto de las denominaciones, desacreditar al movimiento nacional asirio y dinamitar las tentativas de unificación de todos estos cristianos bajo la bandera del nacionalismo. Parece más que probado que estos partidos caldeos han crecido al calor de los dólares de árabes y kurdos, primeros interesados en mantener bajo su tutela, cuando no bajo su bota, a los cristianos orientales. Tan claramente errónea es, en este caso, la identificación entre religión y etnicidad que es necesario concluir que dicha confusión es el directo resultado de las maniobras políticas de sus vecinos (existen pruebas que apuntan en ese sentido, además de meras presunciones).

En última instancia, los nombres consensuados por los cristianos orientales durante el congreso de 2003 –caldeo-asirios, para sus habitantes y su nación, y siriaco, para su lengua–  responden a dos necesidades: la primera, neutralizar a movimientos como el referido y la segunda, contentar a las jerarquías de las Iglesias caldea y jacobita.

Si bien la denominación, compuesta y compleja, no es la imagen nacional de marca más idónea para competir en la arena de las relaciones internacionales, tampoco puede considerarse del todo desafortunada. Y esto es así por un hecho: a diferencia de los primeros nacionalistas, los partidos modernos de los cristianos orientales no ponen tanto en acento en su origen netamente asirio como en una más amplia herencia mesopotámica.

O, dicho de otro modo, los modernos nacionalistas dicen que su pueblo atesora la herencia cultural de todos esos pueblos que forjaron las primeras civilizaciones mesopotámicas y estos no son otros, esencialmente, que los asiro-babilonios. Y es en este sentido en el que el nuevo nombre se revela acertado, pues lo de caldeo-asirio evoca, aunque no con toda la precisión histórica deseable, la herencia de todas aquellas civilizaciones mesopotámicas.

COPYRIGHT / FERRAN BARBER / 2003 / Texto incluido en el libro EN BUSCA DE LOS ÚLTIMOS CRISTIANOS DE IRAK E IRÁN

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VERITAS filia temporis. Reportero. dos o mas veces guardameta. Más de 25 años dando cuenta de los rotos y los descosidos del planeta. Autor de una novela, dos libros de viaje y realizador de varios documentales sobre temas informativos de actualidad. Allere flammam VERITAS.
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