Los cristianos iraquíes reclaman para sí una patria propia para no ser absorbidos por árabes y kurdos

En la actualidad, existen alrededor de tres millones de caldeo-asirios en el mundo, dispersos por Irak, Irán, Siria, Turquía y el exilio de Occidente

Viajamos a Oriente Medio para indagar acerca de las reclamaciones nacionales de los asirios. Los llamados “cristianos de Irak” piden para sí una patria propia, en tanto que aborígenes de Mesopotamia.

Sacerdote y joven asirio, en el valle de Nahla. Foto: EL MUNDO & Ferran Barber

Erbil / Hassake – EL MUNDO – Ferran Barber. Un hombre de negocios musulmán ha gastado 24.000 dólares en erigir un árbol de Navidad de 26 metros de altura en el corazón de Bagdad. Según dice el mecenas, Yassir Saad, levantar este símbolo de paz y amor pretende recordar al mundo que la mayoría de los iraquíes no comparten las pulsiones violentas del llamado “club del odio yihadista” ni, menos aún, el resquemor contra los cristianos.

A quienes no ha conmovido el arbolito ni de lejos es a los propios cristianos iraquíes, para quienes la solución de sus problemas va mucho más allá de decorar Bagdad con lucecitas navideñas, por hermoso que sea el detalle. Hace ahora justamente un año, se erigió en la capital un árbol semejante de cual el patriarca Rafael Sako dijo literalmente: “No van a contentarnos con cuatro ornamentos navideños mientras los nuestros son aniquilados”.

Y poco ha cambiado desde 2015 la situación de esta minoría. Es cierto que los aliados han conseguido liberar algunas de las ciudades de mayoría cristiana que, como Karakosh o Bartella, se interponían en su camino hacia la conquista de Mosul, pero ni la gente ha regresado todavía a esas poblaciones fantasma recuperadas al Estado Islámico ni lo hará en mucho tiempo, si no se garantiza su seguridad. Tal y como asegura un líder político caldeo-asirio, Yonadam Kanna, el autodenominado Estado Islámico (IS) será barrido de esta tierra tarde o temprano, pero los problemas de los cristianos seguirán siendo los mismos salvo que se aborde la cuestión en una clave política, y no exclusivamente religiosa.

“En efecto, somos cristianos, pero también asirios y como tales, los verdaderos aborígenes de Mesopotamia. Por eso estamos convencidos de que el único modo de salvaguardar nuestra existencia pasa por otorgarnos un territorio autónomo propio. La solución a nuestros problemas es política”, afirma Kanna. ¿Quiénes son, entonces, estos nacionalistas cristianos perseguidos que reclaman para sí el honor de ser los primeros habitantes de la Tierra entre dos Ríos y por qué han adoptado como suyo el nombre de las antiguas civilizaciones del Creciente Fértil?

De la estirpe de Sardanapaius
Yo soy la reencarnación de Ashurbanipal, hijo de Esarhadon y último de nuestros monarcas”, bromea Kaldani, un artista del recóndito valle iraquí de Nahla, al término de una reunión celebrada en la aldea cristiana de Kashkawa por los miembros de una formación de nacionalistas asirios. Y en realidad, visto de perfil, se asemeja, por su barba, al venerado rey de Nínive al que los judíos llaman en la Biblia “Asinapar” y al que el historiador romano Justino dio a conocer con el nombre de “Sardanapalus”.

Tanto caldeo-babilonios como persas y asirios cuidaban de sus barbas con esmero femenino; las perfumaban e hidrataban con aceite de oliva y sirviéndose de tenacillas y de pinzas, esculpían elaborados bucles que dejaban caer en escalera. Entre los jóvenes asirios se ha extendido la costumbre de cultivar barbas semejantes, como un acto de reafirmación de su herencia étnica. En las salas de tatuaje del barrio cristiano de Ankawa, en Erbil, triunfan ahora también las banderas de Mesopotamia, las nun de Nazareno y los lamasus, unas deidades con el cuerpo de un león alado y una cabeza humana a la que sus antepasados asirios del Creciente Fértil confiaban la protección de sus ciudades.

Sólo hay algo peor a que los confundan con un hipster, y es que les llamen árabes o kurdos. Fuera de enclaves de la diáspora como Melbourne, Chicago o Estocolmo, donde sus comunidades de exiliados son vigorosas y visibles, buena parte del mundo desconoce todavía que estos cristianos orientales de Siria, Turquía o Irak dicen ser los descendientes de aquellas primeras civilizaciones humanas que levantaron, entre el Éufrates y el Tigris, ciudades de resonancias bíblicas como Nínive o Nimrud. Oficialmente, la historia antigua de Mesopotamia se da por concluida con la entrada en Babilonia del rey persa Ciro II el Grande, 73 años después de que Nínive fuera derrotada y con ella, el imperio neo-asirio.

En realidad, siempre han estado allí, sólo que hubo que esperar hasta el siglo XIX para que emergiera nuevamente su hasta entonces vaga conciencia nacional y para que esta identidad comenzara a articularse en torno a formaciones políticas nacionalistas esencialmente apuntaladas sobre el hecho de que ellos -estos asirios de religión cristiana y habla aramea- son los verdaderos aborígenes de las tierras que después ocuparon musulmanes turcos, árabes, persas y kurdos.

Las diferencias y recelos entre los asirios y sus vecinos han quedado a menudo soterradas bajo el discurso excluyente de los gobiernos sucesivos que durante casi dos mil años han intentado asimilarlos. Y lo que es peor, en opinión de algunos nacionalistas, su condición de cristianos ha impedido a menudo que Occidente repare en sus reclamaciones nacionales. Su religión forma parte de su identidad, pero no la agota. De hecho, un grupo minoritario de estas formaciones políticas asirias forma parte del Gobierno anarquista kurdo de Rojava, en el norte de Siria. En Irak, los asirios comunistas tienen un representante en el parlamento de Bagdad. El resto de los nacionalistas cristianos son de ideología conservadora y entusiastas seguidores de Donald Trump, a quien vienen implorando que desplace tropas a la zona y aniquile sin contemplaciones a los yihadistas. En algunos países como Suecia, los nacionalistas asirios simpatizan abiertamente con las formaciones islamófobas.

Al igual que antaño, las tensiones políticas con los kurdos y los árabes se manifiestan agriamente dentro y fuera de las zonas sirias o iraquíes en conflicto. A falta de un Estado de derecho respetable que haga valer la ley desde Bagdad, Damasco o Erbil, las disputas se dirimen mediante enfrentamientos tribales que en lugares como Nahla (Irak) han llegado a ser encarnizados. Eclipsados por el Daesh, ninguno de estos conflictos acaparan titulares en la Prensa, a pesar de que están condicionando sus posibilidades de supervivencia incluso más que el IS.
Guerra tribal en el último bastión asirio

Hoy hemos visitado Nahla en plena guerra entre los cristianos de ese valle y los vecinos kurdos que, a lo largo de los años, se han apropiado de sus tierras sin que el Gobierno kurdo de Barzani mueva un dedo. “Quien crea que el Daesh es el mayor de nuestros problemas se equivoca”, nos asegura un lugareño.

En el valle de Nahla se refugiaron en su día muchos de los asirios que sobrevivieron a las brutales matanzas de los suyos en la población de Simele (1933). No es circunstancial que muchas de las aldeas cristianas se sitúen en auténticos nidos de águila. El acoso constante al que han estado sometidos los cristianos orientales los empujó a buscar amparo en las regiones montañosas que limitan con Turquía.

Sobre las viviendas -rectilíneas como cajas, sin tejado de dos aguas- de estos pueblos asirios flamean las banderas de Mesopotamia, la enseña del movimiento nacionalista asirio. No hay una sola casa de cuyas paredes no cuelgue, junto a imágenes de Cristo y calendarios kitsch con motivos religiosos, una popular reproducción en cobre del famoso relieve donde puede verse al rey Asurbanipal abatiendo un león desde lo alto de su carro.

El conductor del Hummer que nos guía hacia el valle se muestra inquieto. A menudo los kurdos de las poblaciones aledañas apedrean los coches de los cristianos que se dirigen hacia el valle para tratar de intimidarlos. Días atrás, los ladrones de sus tierras se las ingeniaron para privarles del acceso al agua. Cuando los aldeanos trataron de viajar en caravana hasta Dahok para protestar por lo ocurrido, el propio Gobierno kurdo de Barzani cerró la carretera con el fin de impedirlo.

Lo que está en juego son las tierras comunales de varias poblaciones asirias. Es la primera vez que un periodista occidental viaja hasta allí y nuestra visita coincide con el entierro de un asirio que falleció en Turquía cuando intentaba viajar a Europa

Entre guerrilleras del PKK
Un comité local de nacionalistas nos cita en la aldea de Hezaney, donde se oficia el funeral, para mostrarnos lo que ocurre. La familia del difunto -su viuda y sus sobrinos- nos invitan a sentarnos y a compartir un plato de comida junto al resto de cristianos presentes. Al final de las exequias, cinco milicianas kurdas se presentan armadas, con el kalashnikov en bandolera, para presentar sus condolencias a la familia. Son guerrilleras anarquistas del sureste de Anatolia, las chicas del PKK (Partido de los Trabajadores de Kurdistán) que ahora “okupan” una casa de la loma. Dicen que han bajado a Nahla durante el invierno para protegerse del frío. En realidad, de lo que intentan protegerse es de los bombardeos turcos. Las relaciones con los asirios son cordiales y aunque no se mezclan a menudo, más allá de lo estrictamente necesario, mantienen lazos cordiales.

Existen alrededor de tres millones de caldeo-asirios en el mundo, dispersos por Irak, Irán, Siria, Turquía y el exilio de Occidente

 

“La presencia de los anarquistas kurdos no nos plantea ningún problema, más allá de que nos sentimos utilizados como escudos humanos”, nos aclara un nacionalista asirio, Ismael Nano Benjamin. “Es a Barzani a quien le reprochamos que haya tolerado el robo de nuestras tierras. Ha sucedido en Nahla y en toda la provincia de Dahok. No se trata de algo nuevo. De hecho, me atrevería a decir que más de la mitad de las tierras de caldeo-asirios nos han sido usurpadas por los kurdos con la connivencia del Gobierno, y ello incluye vastas extensiones y los términos municipales de muchas de las aldeas que hoy se tienen por kurdas. Ocuparon nuestras propiedades, trataron de asimilarnos como kurdos o árabes cristianos, hicieron cuanto pudieron para convertirnos al islam y para destruir nuestra cultura y nuestra lengua original y finalmente, están a punto de lograr que desaparezcamos de Mesopotamia”, dice. “Se ha hablado del IS mucho durante estos últimos años, pero todas esas cuestiones estrictamente religiosas han solapado otra tragedia igual o más grave para nuestro pueblo: el intento sistemático de acabar con nuestra cultura milenaria y convertirnos, a nuestro pesar, en turcos, árabes, persas o kurdos”.

En la actualidad, existen alrededor de tres millones de caldeo-asirios en el mundo, dispersos por Irak, Irán, Siria, Turquía y el exilio de Occidente, especialmente en Suecia, Estados Unidos y Australia. El número de los que sobreviven en Irak ha descendido de un millón y medio a poco más de 300.000 desde la caída del régimen de Sadam Hussein. La irrupción del Estado Islámico en la escena geopolítica del área no ha sido tampoco la causa principal de su descalabro demográfico en la vecina Siria, donde se reparten entre las zonas controladas por el Gobierno de Al Assad y los cantones kurdos del norte del país controlados por los kurdos anarquistas. Simplemente, dicen estar exhaustos, cansados de salir huyendo. “Hemos perdido la esperanza y el efecto llamada que ejercen los familiares de la diáspora es cada vez más poderoso”, señala un peluquero asiro-americano de Dahok, Mano Haroon.

Campos de desplazados
Un vecino de Nahla nos acompaña días después al campo de refugiados de Karavanat, en las inmediaciones de Ankawa, el barrio cristiano de Erbil (Kurdistán iraquí). La mayoría de ellos proceden de Karakosh y otras poblaciones próximas a Mosul situadas en un territorio del tamaño de Liechtenstein al que se conoce como los Llanos de Nínive. Esta ciudad cristiana -la mayor de Irak- cayó en poder del Daesh el 6 de agosto de 2014 sin apenas resistencia. Únicamente las tropas kurdas concentradas en Karakosh podían evitar que corrieran la misma suerte que muchos de los cristianos de Mosul. Pero los soldados de Barzani que debían velar por ellos abandonaron Karakosh sin proteger siquiera la retirada de los civiles.

La ciudad quedó completamente inerme y el Daesh la tomó, literalmente, con unos pocos vehículos. Varias personas quedaron atrapadas y sufrieron malos tratos y torturas. Obligados a irse tras ser despojados de sus bienes, los cristianos fueron alojados en las parroquias de ciudades como Erbil y en campos de desplazados que se improvisaron en el norte del país. Durante el pasado octubre, Karakosh fue reconquistada por las tropas de la coalición junto con otras poblaciones caldeo-asirias como Bartella, pero tras permanecer cerca de dos años en el poder del IS, han quedado devastadas. Las antaño prósperas ciudades cristianas son ahora localidades fantasma y parcialmente destruidas.

“Muchos de los que vivían en Karakosh o Bartella no regresarán jamás”, nos dicen algunos de los caldeo-asirios congregados junto a la puerta de la iglesia de Karavanat para darle el adiós definitivo a siete asirios fallecidos en el mar Egeo cuando trataban de ganar Europa.

Una pequeña parte de estas gentes que se concentran en la iglesia del mayor campo de desplazados cristianos del Kurdistán iraquí son protestantes y católicas apostólicas romanas. El resto se reparte por tres iglesias: la siriaco-ortodoxa o jacobita, que acapara un 25% de los fieles; la asiria de Oriente, del Este, de Persia o nestoriana, a la que pertenece una quinta parte de los creyentes, y la caldea, en la que profesan su fe casi la mitad de ellos.


Hablantes de arameo
La lengua litúrgica de estas iglesias es el siriaco o arameo. Una variante moderna del siriaco es también el idioma de uso común de muchos de los cristianos que sobreviven en Irak, Siria, Irán y Turquía. En los territorios autónomos noriraquíes gobernados de facto por los kurdos, se pusieron en marcha hace 13 años ciertas experiencias académicas de enseñanza en siriaco que el principal partido cristiano del país, el Movimiento Democrático Asirio (ADM) o Zowaa, extendió más tarde al resto del Estado aprovechando el nuevo clima político. Muchos jóvenes asirios ni siquiera saben hablar kurdo. Han crecido de espaldas a la sociedad en la que viven y a menudo sienten una gran hostilidad, cuando no odio, hacia sus vecinos, a quienes culpan de su suerte. El resquemor y la desconfianza respecto a árabes y, todavía más, hacia los kurdos, minan las relaciones sociales y, por ende, las políticas.

Si hay un asunto en el que coinciden plenamente tanto el clero como los líderes políticos asirios es que la supervivencia, no sólo ya de los cristianos sino del resto de las minorías no musulmanas de Oriente Medio, pasa por garantizar plenamente la seguridad de los desplazados que retornen a los territorios ocupados por el Estado Islámico en los Llanos de Nínive que acaban de ser reconquistados por las fuerzas de la coalición. La única fórmula política que, a juicio de los nacionalistas, puede hacer bueno ese objetivo consistiría en dividir la región autónoma de Nínive y establecer una provincia propia para las minorías que funcione como zona de seguridad o “safe haven”.

Originalmente publicado el 29 de diciembre de 2015 en EL MUNDO.

Copyright Ferran Barber & EL MUNDO.

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Reportero. dos o mas veces guardameta. Más de 25 años dando cuenta de los rotos y los descosidos del planeta. Autor de una novela, dos libros de viaje y realizador de varios documentales sobre temas informativos de actualidad. Allere flammam VERITAS.
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