Milicianos de PKK se protegen de las bombas turcas entre los cristianos iraquíes

Viajamos al último reducto asirio del Kurdistán iraquí. Sus habitantes temen ser bombardeados por los turcos tanto como al Daesh.

Viajamos al último reducto asirio del Kurdistán iraquí. Sus habitantes temen ser bombardeados por los turcos tanto como al Daesh. Vemos las tumbas de quienes perecieron intentando llegar a Europa

Valle de Nahla (Irak) | Ferran Barber. “Dígale usted al Vaticano que nos ayude a mantener a los milicianos kurdos del PKK fuera de nuestros pueblos”, espeta el padre Andrews Mejayel Zaya al término de un funeral. La diáspora de los asirios ha vuelto a cobrarse un muerto y varios cientos de vecinos del recóndito valle de Nahla -último bastión de los cristianos iraquíes- se han concentrado hoy en el cementerio de Hezaney para despedirse del difunto. Su mujer le convenció de que se fuera al extranjero y eso le costó la vida. Nadie sabe por qué ha muerto, y si lo saben, no lo dicen. Pero quizás estaría vivo si no hubiera partido al extranjero, como tantos, en busca de una suerte diferente. No hacía ni diez días que los asirios sepultaron a otros seis de los suyos en un campo de desplazados próximo al barrio cristiano de Ankawa (Erbil). Cuatro eran niños. Murieron con sus padres en algún lugar del mar Egeo, tras el hundimiento de la barca con la que intentaban alcanzar Grecia.

“Hal Libba Marya, dale tu corazón al Señor”, corean los vecinos durante la liturgia de la Católica, Apostólica y Asiria Iglesia del Este. Se han agavillado en torno al cura y a la tumba para decirle a Dios que siguen, pese a todo, de su parte. Sus cánticos -monocordes, hipnóticos, bellísimos- se desbordan por las colinas escarchadas hasta quedar prendidos de los bancos de niebla que aletean sobre el valle abierto. “Las kurdas están en esa casa”, dice Ashur con disimulo, señalando una borda sobre la colina. “La del tejado forrado de plástico azul. ¿Puedes verla? Es del primo de la mujer de Emmanuel Josaba*”, aclara mientras hace molinetes con los enroscados rizos de su barba, una perfecta réplica de la de Ashur Banipal (686-627 a.C.), hijo de Esarhaddon y nieto de Senaquerib y Naqi’a, último gran rey de Asiria. Todos estos cristianos dicen provenir de aquellos primeros habitantes de Mesopotamia, los fundadores de Nimrud y Babilonia, la llamada “Gran zorra” por los provincianos hebreos a quienes los asirios deportaron. Todavía hoy sienten escalofríos al oir hablar de Nínive. De regreso a la polvorienta Jerusalén, se llevaron consigo buena parte de los mitos sobre los que se levanta la Torah y parte del Antiguo Testamento.

Emmanuel Josaba es el fundador de la modesta milicia cristiana Dwekh Nashwa (Los que se sacrifican), desplegada en Bakuva, dentro de la zona militar de los ‘pershmergas’ de Barzani, a menos de quinientos metros de los sacos terreros y las defensas de tierra que separan el área controlada por los kurdos de los metanfetamínicos yihadistas de Daesh. Ahora Josaba anda por Chicago, recabando dinero para su milicia y dando explicaciones sobre el destino de una maleta de 50.000 dólares que, según algunos de los suyos, se disipó en sus manos. El Kurdistán es una cleptocracia y las donaciones de los cristianos de Occidente se quedan, en ocasiones, en el camino, cuando no acaban pagando los Toyota Land Cruiser de la ratera oligarquía que dirige el Gobierno regional, de facto independiente. El problema se extiende hasta Bagdad. Cuatro años después de la invasión norteamericana, Irak se erigió en el tercer país más corrupto de una lista de 175 estados elaborada por Transparencia Internacional. “Yo no sé nada de maletas”, aclara el creador de Dwekh Nashwa, camino de Michigan, en un email.

Algunas horas antes, Josaba había sido invitado por la televisión asiria de Chicago a hablar de la ocupación del valle por un puñado de kurdas vinculadas a las Fuerzas de Defensa Popular (HPG, de acuerdo a sus siglas turcas), brazo armado del Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK), una organización terrorista según la Unión Europea y Estados Unidos, o un puñado de valientes partisanos de izquierda, según un significativo porcentaje de los millones de kurdos del sureste de Anatolia que dicen vivir subyugados por el poder de Ankara. Nadie sabe a ciencia cierta cuántas de esas, a menudo púberes, amazonas kurdas han ocupado casas en el valle tras los últimos bombardeos turcos de posiciones ‘terroristas’ en Irak. Más de cuarenta formaciones son consideradas ‘terroristas’ por los turcos, todas secesionistas o federalistas, todas de izquierda. Cuatro de ellas fueron creadas por cristianos. Se hallan o se hallaron vinculadas de algún modo a Dawronoye, nombre popular con el que se conoce la Organización Patriótico Revolucionaria de Beth Nahrain.

Una temprana información de AINA (Agencia Internacional de Noticias Asiria) hablaba de casas ocupadas en al menos dos de las nueve poblaciones de este valle: Hezaney de Arriba, Hezaney de Abajo y Rabatke. Sobre el terreno comprobamos que también los milicianos, en su mayoría mujeres jóvenes, se han instalado en Yule. Terminarán por recibirnos, a regañadientes, en la casa del pariente de Josaba.

“Fui a hablar con su comandante para pedirles que se fueran y me explicaron que se irían al final del invierno. Ahora hace mucho frío en las montañas”, dice el padre Andrews, antes de que nos aventuremos en su busca. El traductor se ha ‘evaporado’ y hemos de cruzar los dedos para que alguna de ellas hable inglés. “Ni han expulsado a nadie ni han tomado las casas por las fuerza. Solo ocuparon edificios que se hallaban vacíos”, anticipa el cura. Sus relaciones con la gente son cordiales y, eventualmente, amistosas. Pero el edificio situado en la barriada más meridional de Hezaney, se halla junto a una escuela y a un centro de enseñanza secundaria donde estudian 172 cristianos. Este es, en verdad, su mayor temor y su problema. Que la aviación turca regrese a bombardear sus posiciones, tal y como hizo el pasado 15 de noviembre, no lejos de Merokey y Chamrabatkey, y termine por sembrar la muerte entre cristianos.

El maquis de los kurdos de Anatolia -en la actualidad menos marxista que confederalista, ecologista y anarquista, a la manera del norteamericano Murray Bookchin- bajó de las montañas ocho días después de las ‘razzias’ de los turcos. “Estamos aterrorizados, claro que sí. Los turcos son impredecibles y tememos que regresen sus aviones y bombardeen nuestras casas”, tercia Sliwa Moshey Jeyo, un asiro-americano retornado. “¿Que si nos sentimos como escudos humanos? Por supuesto. Siempre acabamos pagando los impuestos de las luchas de otros. Somos los perdedores incluso de las guerras que ganamos”.

Nadie a excepción de Ashur, el cura y unos pocos militantes de las formaciones nacionalistas de Beth Nahrain (Mesopotamia) se atreven a hablar abiertamente. No tanto por temor a las partisanas de las Fuerzas de Defensa Popular, como por la desconfianza que les suscitan los extraños. Podríamos ser agentes turcos o enviados de la CIA o de Barzani, el verdadero y mayor problema de este valle, según cuentan.

Con la ayuda del Gobierno Regional Kurdo (KRG, de acuerdo a sus siglas inglesas), estos cristianos arameo-hablantes de etnia asiria están siendo desposeídos de sus tierras. “Lo del PKK es temporal, a condición de que no nos bombardeen, pero lo de Barzani va a terminar por sacarnos a patadas del último bastión de nuestra patria”, nos revela Ismael Nano Benjamin, uno de los líderes más carismáticos de la Entidad de Hijos de Beth Nahrain, un nuevo partido asirio con representación parlamentaria, escindido del Movimiento Democrático Asirio (ADM) o Zowaa. Al igual que los kurdos, los asirios se desangran en reyertas caínitas, mientras se cruzan acusaciones de corrupción y nepotismo.

“Jamás hubo en este valle una sola tumba kurda y ahora el Gobierno regional ha puesto a nombre de simpatizantes de Barzani las fincas que no habíamos escriturado y cuya propiedad se transmitía de acuerdo a derechos tradicionales, más algunas de las que sí teníamos títulos”, precisa un granjero de la zona, Yusif Odisho Nono. En la práctica, ello equivale a estrangularlos, de una forma sutil pero eficiente. “Ni hemos tenido problemas con el PKK hasta hoy, ni nos hemos enfrentado nunca a Talabani, el líder kurdo de Suleimania”, apunta Esam Yujana, otro miembro destacado de los Hijos de Mesopotamia. “Se preguntará usted el porqué. Al PKK no le interesa la propiedad de nuestros campos y en la zona que controla Talabani no tenemos terrenos. Supongo que entiende a qué me refiero. ‘It’s all about money’. Como verá, nuestros problemás van más allá de las alimañas de Daesh y de cruzadas”.

Por otro lado, el PKK siempre ha estado en Nahla, de una manera u otra, desde que se instalaron en Irak, huyendo del Komando turco, y les arrebataron el control a los ‘peshmergas’. Es la primera vez que ocupan casas, pero acuden a menudo a estos pueblos a comprar pertrechos o comida. “¿Quién sabe?”, se pregunta Benjamin, “quizá actúen así porque les conviene, pero a diferencia de lo que hacían los ‘peshmergas’ en la era de Sadam, pagan siempre lo que comen. ¿Sabe? Durante años, alimentamos a los partisanos de Barzani. Ahora tenemos que tratar con la guerrilla comunista. Claro que no nos queda otra”.

Es cierto. Dada su indefensión, los asirios -todos coinciden en ello- no tienen siquiera opción a exigir al PKK que abandone sus casas ocupadas para no comprometer su seguridad o, en el mejor de los casos, a ser al menos escuchados. Pero de todos es también sabido que una minoría asiria simpatizaba abiertamente con las ideas seculares, igualitarias, nacionalistas, confederalistas, de los izquierdistas kurdos, antes y después de que su líder Abdula ‘Apo’ Ojalan, decidiera democratizar el movimiento y darle una orientación más anarquista desde la cárcel donde los turcos lo tienen recluido. Las ideas de Apo acabarían germinando en Rojava (‘Oeste’, en kurdo), en la zona norte de Siria que en la actualidad controla el Partido de Unión Democrática kurdo (PYD), con la ayuda de los siriacos cristianos. Muchos de los oficiales que combaten en sus milicias (YPG) provienen del PKK, por mucho que los kurdos sirios nieguen esta relación y se obstinen en decir que el parentesco es solo ideológico. A pesar de ello, e incomprensiblemente, han venido recibiendo apoyo de la aviación norteamericana. ¿Los terroristas kurdos de Turquía son los más fieles aliados de la Casablanca en Siria?

Por si alguien albergaba todavía alguna duda acerca del carácter secular de esta guerrilla, la miliciana del PKK que nos recibe en la casa de los familiares de Josaba pertenece a una familia cristiana de Midyat, una ciudad de Tur Abdin situada en el sureste de Turquía. “Si ha estado, como cuenta, en Tur Abdin, conocerá los monasterios de Mor Gabriel y Deirulzafaran”, dice mientras extiende las manos hacia la parrilla de una estufa surcoreana de nafta. Nada de fotos, nada de grabadoras, nada de nombres, nada de imágenes registradas en vídeo. Ese el trato.

En la ciudad natal de la guerrillera asiria, Midyat, nació en su día Dawronoye (Organización Patriótica Revolucionaria de Mesopotamia), apenas un lustro después de que el PKK tomara las armas y comenzara sus labores de insurgencia (1984). En el transcurso de al menos una década, estos milicianos asirios combatieron, codo con codo, bajo bandera propia, en las filas de Apo Ojalan. La presencia de Dawronoye en el valle de Nahla fue notable durante muchos años. Treinta y nueve ‘peshmergas’ de Barzani fueron abatidos a disparos y otros veinte resultaron heridos en un ataque conjunto de Dawronoye y el PKK contra un cuartel del PDK (Partido Democrático del Kurdistán), realizado en represalia por el asesinato de una asiria.

Los herederos de Nawronoye controlan hoy el principal canal asirio de televisión en Suecia y tomaron parte activa, a través de grupos afiliados, en el entrenamiento del Consejo Militar Siriaco de Siria y de las unidades de policía cristianas de Suroyo (no confundir con la milicia del mismo nombre). Al decir de un edil de Nahla, es probable que aun hoy, haya asirios del valle colaborando secretamente con los confederalistas kurdos del sureste de Anatolia. “¿Y a quién podría sorprenderle? Lo sabían todo de nosotros antes de venir aquí”, nos dice mientras ruega que le eximamos de mencionar su nombre.

Todo cuanto rodea al PKK se urde y se ejecuta entre las sombras. Es un milagro, de hecho, que las milicianas nos hayan recibido. Llamamos a su puerta sin terciar previo aviso. La casa es una borda de una planta a medio construir. Han cubierto las paredes y los vanos con gruesos plásticos oscuros. Muy probablemente, las ventanas se han tapiado. No hay muebles, ni nada que recuerde a la disposición de una vivienda. Sólo fotos de Apo y banderas de la Fuerza de Defensa Popular. Junto a la puerta, contra la pared, descansa un AK47. El lugar se asemeja, en cierto modo, a una red de pasadizos laberínticos o una caverna -oscura, lóbrega-, refugios naturales del maquis kurdo contra la indiscreción de los satélites y la capacidad militar de la aviación turca. La muchacha asiria de Midyat viste el uniforme partisano. “No estoy autorizada a hablar”, responde por sistema durante cerca de una hora, mientras trata de comunicar con alguien (la voz es masculina), a través del walkie-talkie. “No es nada personal. Sabemos de sus buenas intenciones”. Por razones evidentes, nadie utiliza móviles.

Transcurrida media hora… ¿de entrevista?, se deslizan silenciosamente en la habitación otras dos jóvenes con ropas de civil. La mayor nos sonríe; se acerca hasta la asiria y le susurra algo. Una de las kurdas frisa los dieciocho; las otras dos no pasan de los treinta. Parece que, al final, “la cristiana anarquista” sí va a decirnos algo. Sienten curiosidad. Salta a la vista. “¿Por qué no se olvida de nosotras y escribe usted sobre los bombardeos turcos?”, espeta. “¿Que le sorprende hallar entre nosotros a una asiria? Para nosotras no es importante ni la religión ni el género. Es otra la lucha que libramos. En nuestras filas hay mujeres y hombres, yazidíes, ateos, musulmanes y cristianos”.

-¿Cuándo se irán ustedes? ¿Van a estar mucho tiempo?

-Si vuelve usted mañana, encontrará, seguramente, a otras personas. Jamás pasamos aquí la noche, ni nos concentramos en grupos numerosos. Por las noches, caminamos. Cuando podamos, nos iremos.

-Pero los cristianos tienen miedo…

-No va a suceder nada y tampoco hemos usurpado las viviendas. Hemos ocupado establos de forma temporal hasta que pase el frío del invierno.

-¿Puedo preguntarle algo?, ¿creció usted como cristiana?

-Mi familia… -se interrumpe- tenía vínculos con el PKK.

A partir de ese momento, la conversación da un vuelco. Dos asirios del pueblo se han unido a nosotros durante la entrevista. Ellos se ocuparán de revisar la tarjeta de memoria de la cámara de vídeo. A decir verdad, las milicianas apenas han puesto celo en ello.

Hace ahora un mes y medio, el alcalde de Hezani de Abajo salió en busca de la comandante de la partida miliciana junto a varios vecinos más del pueblo. En aquel momento, se cifraba en diez el número de guerrilleros que ocupaban edificios de ambas barriadas, y en cerca de un centenar, los que acampaban en lugares próximos del valle (caminan siempre de uno en uno, y evitan concentrarse para evitar ser bombardeados por los turcos). “Y ustedes, que sí pueden, ¿por qué no dejan esta tierra y parten hacia Europa?”, le respondió al edil la comandante.

Media hora después de que concluyera la entrevista, a última hora de la tarde, tras la comida que la familia del difunto ofreció después del funeral a los vecinos, un Nissan Pick Up se estaciona a algunos metros de la iglesia. Del vehículo bajan cuatro jóvenes -tres de ellas, conocidas- y un varón de poco más de treinta, que rodea el vehículo para evitar darse de bruces con los periodistas. Los cinco llevan el kalashnikov colgado en bandolera y se dirigen con paso presto hacia el edificio vecinal situado junto a la iglesia, donde las asirias de la aldea lloran la muerte del cristiano. Los guerrilleros han venido a dar el pésame y a compartir su duelo con la familia del difunto. Como buenos vecinos. Dos paisanos del valle impidieron que se registrara ese momento. Tienen miedo. Miedo de ser pulverizados por los turcos. La secuencia, en todo caso, quedó parcialmente registrada. Era un secreto a voces que el PKK se hallaba en esa aldea, a voces de AINA, Josaba y Google Map, que mantiene una edición actualizada donde se localizan con absoluta precisión las posiciones de los kurdos.

* Nota del periodista. A excepción de Dwekh Nashwa (pronúnciese ‘Duej Nashua’) hemos transliterado ‘kh’ como ‘j’, para ajustar los nombres asirios, originalmente escritos en alfabeto árabe, a la pronunciación en castellano.

 
* Información originalmente publicada en El Confidencial el 26/12/2015

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VERITAS filia temporis. Reportero. dos o mas veces guardameta. Más de 25 años dando cuenta de los rotos y los descosidos del planeta. Autor de una novela, dos libros de viaje y realizador de varios documentales sobre temas informativos de actualidad. Allere flammam VERITAS.
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