Visaginas: la ciudad-zombie lituana más devastada por el desempleo y la droga de Europa

La clausura forzosa del último polvorín nuclear de la UE ha transformado a la ciudad en una grotesca anomalía urbana
La clausura forzosa del último polvorín nuclear situado en suelo de la UE, una central lituana construida a imagen y semejanza de la de Chernobyl, ha transformado a la ciudad satélite de Visaginas en una grotesca anomalía urbana.

Visaginas (Lituania) | Ferran Barber & Norto Méndez. EL CIERRE, a finales de 2009, del segundo y último reactor operativo aceleró el proceso de degradación de la ciudad y ha incrementado brutalmente el desempleo, la miseria, la violencia y las tasas de drogadicción y alcoholismo. Centenares de trabajadores han abandonado en diferentes oleadas lo que algunos llaman ya la “ciudad-zombie”. Durante los últimos veinticinco años, su población ha pasado de los 32.438 habitantes a los 20.532. Es decir, esta diáspora de dimensiones bíblicas ha desencadenado el éxodo del 37 por ciento de la población. En términos relativos, se trata de uno de los mayores flujos migratorios acaecidos recientemente en territorio europeo.

Hoy el viento sopla del norte y levanta remolinos de perdigones gélidos de hielo sobre las vías del ferrocarril y las huertas arrasadas de la periferia de Visaginas. Los partes meteorológicos de los noticiarios lituanos hablan de nieblas, pero desde el ático del hotel Idile se divisa un horizonte diáfano e intensamente azul, casi violeta. No hay mucho que ver, de todos modos, allá abajo: una docena de edificios idénticos alineados como lápidas de la Gran Guerra y una cancha de baloncesto con las planchas de hormigón resquebrajadas por el frío y por la incuria. Un par de borrachos se disputan a empellones los despojos de los contenedores que flanquean la pista. «A menudo llegan a las manos por las mondaduras de una pera», asegura un empleado del hotel mientras llama la atención del reportero sobre la legión de homeless que deambulan, renqueantes, por la calle Energetiku. «Buscan botellas de plástico y las venden por un cuarto de litas, unos siete céntimos de euro, para comprar cerveza o vodka. Si quieren un consejo, no se dejen ver mucho con las cámaras y vigilen bien por dónde andan. En Veteranu, 6, golpearon a un viejo hasta matarlo porque se resistió a darles su móvil. Esta ciudad está acabada, Los occidentales se llevaron la central, y con ella, nuestra vida, nuestra esperanza y nuestro empleo».
En el país de los suicidas
A nadie le ha pillado de sorpresa. La propia Unión Europea sugería textualmente en un informe elaborado en 2001 la posibilidad de que Visaginas se transformara en una “ciudad-zombie” tras la clausura de los reactores. En realidad, el tejido social de la localidad había comenzado a desgarrarse con anterioridad como consecuencia de otros cambios traumáticos vinculados al tránsito a la democracia y a la declaración de independencia. Ya en 2003, un año antes del cierre del primer bloque, las estadísticas del Gobierno lituano situaban a Visaginas a la cabeza de las ciudades con mayor tasa de drogadicción; el kick-boxing iba camino de transformarse en la segunda modalidad deportiva más practicada por los jóvenes y el alcoholismo y la violencia comenzaban a adquirir el carácter de una enfermedad social de la magnitud de una pandemia.
“Vivir en Visaginas equivale para nosotros a una condena. Hay un sentimiento entre la gente de pesadumbre y enfado”.

 

A los graves problemas específicos de esta ciudad del Báltico mayoritariamente poblada por eslavos se sumaban los de un país, Lituania, que desde hace ya más de diez años se disputa con Rusia el primer lugar del ranking mundial de suicidios (hoy es de 31 por 100.000 habitantes, pero llegó a ser de 38,6) y acapara puestos privilegiados en las clasificaciones europeas de número de homicidios, accidentes de tráfico, tasa de divorcios y peores carreteras. «Durkheim se frotaría las manos. La anomia o falta de valores y la descomposición de las redes sociales originada por la caída del comunismo han situado a mucha gente al borde del abismo», sostiene el catedrático Romas Lazutka. En 1999, el propio alcalde de Visaginas, Vladimir Shchurov, se ahorcó por rmotivos no aclarados.

A imitación de Chernobyl
Fueran cuales fueran sus razones, lo peor para Visaginas estaba aún por llegar. Una década más tarde, en 2009, el Gobierno de Vilnius imploraba infructuosamente a la UE la concesión de moratorias para la clausura de Ignalina mientras la ciudad cerraba filas para tratar de persuadir en vano a los occidentales de que su central estaba exenta del riesgo de accidentes. “Quienes cuestionan la seguridad de nuestras instalaciones lo hacen de espaldas a la ciencia”, aseguraba el director de la central, el ruso Victor Sevaldin, en un desesperado intento por salvar “su criatura” unas semanas antes de que se consumara el cierre.

La basura se acumula a menudo en los inmuebles. Casi nadie recibe cartas en Visaginas. Foto: Norto Méndez.

Medio centenar de dibujos infantiles expuestos en un lugar de privilegio del centro de interpretación de Ignalina recreaban aquellos mismos días la vetusta apariencia frontal de sus dos reactores nucleares meciéndose en un abigarrado limbo de lagos de aguas esmeralda, nubes algodonosas y arcoíris. Esta conmovedora visión naive pergeñada por los niños de Visaginas no difería en nada de la del mencionado Sevaldin, ni de la de los trabajadores que se opusieron a su cierre hasta el último momento aduciendo que los sistemas de seguridad de los dos reactores RMBK-1500 habían sido modernizados y perfeccionados desde el colapso de la URSS.

Los dos bloques que llegaron a operar en Lituania fueron concebidos partiendo de un diseño ruso de los cincuenta prácticamente idéntico al de la central de Chernobyl. La propia Unión Soviética ordenó demoler en 1986 el tercer bloque y anular la construcción del cuarto, en vistas de lo sucedido en Ucrania. Pero Bruselas fue inflexible: si Lituania deseaba adherirse al tratado de la Unión debía clausurar los dos reactores en 2004 y 2010, respectivamente. Dado que este pobre país obtenía entre un 70 y un 80 por ciento de su energía eléctrica a través de la central, los precios de la luz llegaron casi a triplicarse desde el mismo día de su cierre, un lastre insostenible en un estado devastado por una crisis estructural que ha enquistado el malvivir y la pobreza entre el grueso de la población. Llegado el invierno, muchos lituanos dedican a menudo la totalidad de su salario a pagar la factura mensual de las calefacciones.

Botellas de ambientador de ochenta grados se comercializan en las tiendas de alcohol. Foto: Norto Méndez.

«Existía una norma de obligado cumplimiento entre nosotros: si pagas los impuestos, no llegas a final de mes. Ahora ya no llegas hagas lo que hagas», nos explica el joven lituano Linas Sprainys. Ha accedido a mostrarnos el gueto de Festivalos y nos señala, uno por uno, cauteloso, los conocidos pisos donde se vende heroína. «Hay cuarenta lugares como este, repartidos por la ciudad. ¿Pueden imaginarlo? Ha llegado a haber tantos drogadictos que los servicios del hipermercado Domino instalaron luces ultravioleta para impedir que los yonquis se encontraran las venas», añade. Acompañados de un adicto armenio, recorremos lentamente el barrio, de camino hacia su casa. Desde la ventana reventada de su piso, se alcanzan a ver las siluetas de un puñado de chavales merodeando siniestramente entre los árboles. La noche cae a plomo por estas latitudes y en la ciudad de la energía, sólo queda una farola en pie exhalando un vaho macilento sobre la plaza principal de Festivalos.

Ni una pequeña aldea, ni cuatro casas aisladas pueden acreditar siquiera un atisbo de historia anterior a ese día en que el Kremlin decidió realojar en un rincón de Lituania a los trabajadores eslavos

Ya de regreso al coche, nuestras botas chasquean sobre las chutas que los yonquis han sembrado por el patio. Peligroso, sí, claro. «Si desean vivir en Lituania, deberían aprender a pelear o correr mucho», nos diría días después Argidas Sysas, ex ministro de Asuntos Sociales del Gobierno socialdemócrata.
A puñetazos con la vida
«Ser lituano es deprimente. Pero vivir en Visaginas, equivale a una condena. La gente está frustrada y hay un sentimiento colectivo de enfado, miedo y pesadumbre que probablemente explica su conducta violenta», asegura uno de los ingenieros anglosajones que trabajan en el desmantelamiento de la central. «Yo recibí tres palizas las tres primeras veces que entré en la discoteca, así que opté por contratar a un guardaespaldas». Las escuelas de kick-boxing están llenas y los jóvenes han popularizado la costumbre de batirse a puñetazos en la calle u organizar peleas colectivas, a imitación de sus vecinos rusos, bielorusos y ucranianos. Sobre la guantera de nuestro coche de alquiler, hay una edición del Baltic Times del día con una llamada en portada donde puede leerse: «Visaginas mira hacia el futuro con alegría y esperanza».«¿Alegría? Una pequeña parte de los trabajadores han conservado sus empleos y son ahora utilizados para el desmantelamiento de los reactores, pero esta ciudad es incapaz de sobrevivir indemne a la clausura porque el grueso de su gente dependía de la central directa o indirectamente», protesta Sprainys.

Un gran contador Geyger de radiactividad se levanta en el corazón de esta ciudad. Foto: Norto Méndez

Ni una pequeña aldea, ni cuatro casas aisladas pueden acreditar siquiera un atisbo de historia anterior a ese día en que el Kremlin decidió realojar en un rincón de Lituania a los trabajadores eslavos que habían de poner en marcha los reactores de la central de Ignalina. Los trajeron desde Ucrania, Bielorusia y los rincones más remotos de la madre Rusia. A los lituanos se les prohibió de forma expresa trabajar en la central y con ello, acceder al resto de los privilegios que ese estatus entrañaba, de manera que Visaginas (originalmente llamada Snieckus) se convirtió de facto en un enclave ruso en territorio báltico. Del mismo modo que en Estonia, el gran oso pretendía aplacar las todavía vivas veleidades independentistas de los estados bálticos rusificando el territorio mediante bombas de relojería demográficas semejantes a Visaginas.

Bienvenido al infierno
Los primeros edificios fueron levantados con paneles prefabricados, ensamblados de acuerdo al clásico patrón soviético que confiere a todas las ciudades socialistas esa apariencia cenicienta y lúgubremente estereotipada. La funcional disposición de los inmuebles, el cartesiano trazado de sus calles y la belleza melancólica de los nevados bosques de coníferas que salpican en invierno las barriadas de Visaginas apenas disimulan hoy la decadencia post-apocalíptica de una urbe construida con urgencia y a golpe de decreto. “Bienvenido al infierno”, puede leerse en el balcón de una de las colmenas de la periferia. «El infierno, sí. Uno más de los infiernos por los que nos repartimos en Visaginas», asegura Vlad Tournaev mientras nos aconseja, como todos, que cuidemos nuestras cámaras de los yonquis que deambulan, renqueantes, junto a la puerta 3 del edificio.

En la distancia es uno más de esos inmuebles con la apariencia de una vieja caja usada. Pero a medida que nos acercamos comienza a vislumbrarse el estado ruinoso de una construcción que empezó a venirse abajo antes ya de ser concluida. «Privet», nos saluda un viejo en el interior del edificio, al tiempo que se encoge de hombros como, si de alguna forma, adivinase el rumbo de nuestros pensamientos. Dos montañas de basura se acumulan bajo los buzones reventados de un patio tenebrosamente oscuro. Hay que saltar sobre cascotes para alcanzar el entresuelo. Entre los desconchones de pintura verde se alcanza a distinguir una pintada que reza en letras grandes: “Fuck Lithuania”. «Ja», exclama Tournaev. «Se les están cayendo a trozos estas casas. Tenían mucha prisa por acabar Visaginas, así que recurrieron al Ejército».

Decenas de alcohólicos pasan el día junto a los centros comerciales de Visaginas. Foto Norto Méndez

En efecto, empeñados en cumplir los plazos, los funcionarios moscovitas se sirvieron de soldados para acelerar la construcción de la ciudad. Y a juzgar por lo ocurrido, la Armada roja era más diestra con el kalashnikov que con la paleta y el mortero. También a última hora, comenzaron a emplear ladrillo rojo, un material más caro y, por ende, escasamente utilizado. El detalle, en apariencia baladí, venía a expresar de forma implícita la importancia que Moscú otorgaba a este proyecto así como su voluntad de convertir Visaginas en un lugar privilegiado. A diferencia del resto de trabajadores de la URSS, obligados a menudo a compartir sus pisos con al menos dos familias, los empleados de Ignalina disponían de vivienda propia. Un hipermercado de acceso restringido llamado Renetas les proveía de alimentos y productos desconocidos para el resto de ciudadanos soviéticos. Los servicios de salud, las guarderías infantiles y los centros educativos eran directamente tutelados y gestionados desde las instituciones moscovitas con el fin de garantizar a los empleados de la central unos estándares de vida y unos salarios grotescamente superiores a los del resto de un país construido sobre una utopía igualitaria. 

A lo largo de 1977 comenzaron a llegar en pequeñas oleadas los trabajadores eslavos. Acababa de nacer una ciudad tan exclusivamente dependiente del monocultivo de energía nuclear como emocionalmente desconectada de Lituania. Alrededor del 80 por ciento de los 40.000 habitantes que llegó a alcanzar Visaginas en sus mejores tiempos vivían, pensaban y sentían en ruso, ajenos a las frustraciones de un pequeño país báltico que seguía suspirando por recuperar su independencia. Y así hasta el día de hoy.

Bebiendo ambientador
A falta de raíces o de una historia previa, la laxa identidad urbana de Visaginas se ha forjado enteramente en torno a la central. El mejor restaurante del hipermercado Domino lleva por nombre “Tercer Blokas” en memoria del reactor demolido a raíz de la catástrofe de Chernobyl. La arteria principal de la ciudad fue bautizada como “Energetikos” y en la plazuela del Ayuntamiento hay un enorme monolito coronado por una grulla y un panel parpadeante con un contador Geiger donde se muestra, alternativamente, la temperatura en la ciudad y los niveles de radioactividad. Bajo los soportales de la licorería Kabrioletas, un puñado de borrachos ucranianos tratan de combatir los primeros fríos bebiendo ambientador de arándanos y fresas. Por poco menos de tres litas, unos 80 céntimos de euro, tienen la kurda asegurada.

La tragedia de estos hombres arruinados reviste múltiples aristas. De una parte, perdieron ya en 2004 un empleo privilegiado que les permitía mantener una calidad de vida notablemente por encima de la del resto de ciudadanos; por otra, se han plantado en los cincuenta sin hablar ni una palabra de lituano tras vivir más de tres décadas en una isla étnica eslava y rusófona. Ni pueden regresar a su tierra de origen ni encontrar un nuevo empleo en un joven país, orgulloso de su tradición, su cultura y su historia, y tercamente obstinado en borrar a cualquier precio las huellas que dejó el ruso tras su paso. Nadie ha olvidado todavía aquí que mientras los lituanos plantaban cara en 1991 a los soviéticos y declaraban unilateralmente su independencia, los trabajadores de Ignalina se dirigían en una carta a Gorbachov solicitando que pusiera Visaginas y la central bajo su custodia directa. Las tensiones interétnicas se han atemperado a medida que los eslavos han ido aceptando su nueva identidad nacional, si no emocionalmente, sí al menos formalmente, pero la brecha cultural aún sigue abierta y las relaciones entre ambas comunidades es a menudo de recíproca desconfianza.

Héroes de Ignalina

Sólo existe una cuestión en torno a la que todos cierran filas. Ni la catástrofe de Chernobyl, ni la reciente tragedia de Fukushima han hecho tambalear un ápice el fervor cuasi religioso con el que la ciudad entera rinde culto a la fisión del átomo. Muchos de los héroes de la Unión Soviética sacrificados en el altar de Chernobyl para evitar una tragedia aún peor procedían de Ignalina. Desde esta central situada a unos pocos kilómetros de Visaginas partieron técnicos y trabajadores en auxilio de sus hermanos ucranianos. Y ello no impidió en su día que los habitantes de Visaginas vieran con malos ojos la decisión del Kremlin de suspender la puesta en marcha de los otros dos reactores inicialmente previstos. Hoy, la Administración local trata de levantar cortinas de humo para ocultar el descalabro producido por el cierre poniendo sobre la mesa absurdos planes de desarrollo y campañas de promoción turística donde acostumbra a enmascararse el estado comatoso de la ciudad tras grandes fotos panorámicas de jardines floridos y horizontes urbanos de evocador aire soviético.

Entre tanto, el Gobierno de Vilnius sostiene una lucha endiablada contra la entropía de esta anomalía urbana tratando de consolidar un proyecto para la construcción de una nueva central en las inmediaciones de la precedente. El pasado mes de julio, el Ministerio de Energía lituano suscribió un acuerdo con la compañía japonesa Hitachi para empujar este proyecto. En el mejor de los escenarios posibles, los ciudadanos de Visaginas deberán ser capaces de mantener el aliento otros diez años. Incluso en el supuesto de que todos los planes gubernamentales sigan de acuerdo a lo previsto, los nuevos reactores no comenzarían a funcionar hasta bien entrado el próximo decenio.
 
* Información originalmente publicada el 03/09/2014 .

© Copyright por Ferran Barber & Norto Méndez | Diásporas & Público.

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VERITAS filia temporis. Reportero. dos o mas veces guardameta. Más de 25 años dando cuenta de los rotos y los descosidos del planeta. Autor de una novela, dos libros de viaje y realizador de varios documentales sobre temas informativos de actualidad. Allere flammam VERITAS.
10 Comentarios sobre esta entrada
  • Anónimo
    6 marzo 2017 at 6:08 pm

    Muy interesante este articulo

  • jose
    6 marzo 2017 at 6:08 pm

    Interesante articulo sobre la situación de una ciudad de Lituania que lo perdió todo al perder su central nuclear.Es una pena,pero creo que los culpables de esta situación no son las deshechas uniones soviéticas sino la implacable sinvergonzoneria del capital que no respeta condición humana.

  • Anónimo
    6 marzo 2017 at 6:08 pm

    Creo entender por este maravilloso articulo que la ciudad estaba mucho peor con la URSS, y desde que el capitalismo ha terminado de desmantelar la industria y las calles se han llenado de drogadictos y delincuentes, ahora se vive mucho mejor. Mas libertad y tal…

  • Anónimo
    6 marzo 2017 at 6:08 pm

    Anda, pues es verdad: ¡el comunismo era un atraso y el capitalismo es una maravilla!

  • Anónimo
    6 marzo 2017 at 6:08 pm

    muy ironico, pero nada justo, o yo no entendi tan bien como pensaba el articulo.

  • Anónimo
    6 marzo 2017 at 6:08 pm

    Bueno, si luego pasara algo y algún valiente que aún tiene la delicadeza de mezclar una central nuclear (que no deja de ser una bomba nuclear controlada) con ideología… me parece increíble que mezcles seguridad con ideología, te parecería seguro tener a la prima de la central de chernobyl al lado de tu casa?

  • Anónimo
    6 marzo 2017 at 6:08 pm

    Yo solo me acuerdo de los liquidadores, de científicos, de bomberos, de militares, de gente anónima que lucharon contra el desastre nuclear de chernobyl (desde aquí mi más sincera admiracion, porque nos salvaron de un desastre jamás imaginado) ahora seguid pensando que es cosa del capitalismo..del comunismo o de lo que sea, quería veros yo con una central nuclear cerca de vuestras casas…ponéis por encima de la vida humana y el riesgo que conlleva tener una central nuclear a 500 mts de tu casa el trabajo y el bienestar comunista de la época… preguntad a la gente de pripiat, de chernobyl… y luego hablad con conocimiento de causa.

  • Anónimo
    6 marzo 2017 at 6:08 pm

    Llorad llorad por vuestras facturas de la luz adulteradas, vuestros creditos universitarios y vuestros desahucios, llorad por los rescates a los bancos que os estafaron con hipotecas basuras y productos financieros llorad llorad..

  • Anónimo
    6 marzo 2017 at 6:08 pm

    jajaja, mucho mejor sin trabajo ni na, pero mucho mejor….

  • Fidel Corrales
    6 marzo 2017 at 6:08 pm

    Ya nadie recibe cartas en casi ningún lugar del mundo.

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