Cazando yihadistas en Irak: españoles en las ‘monterías humanas’ para abatir a los últimos del Daesh

Un grupo de occidentales, entre ellos varios españoles, continúan en la frontera entre Siria e Irak dando caza a los últimos yihadistas del Estado Islámico. Les acompañamos en su...

Un grupo de occidentales, entre ellos varios españoles, continúan en la frontera entre Siria e Irak dando caza a los últimos yihadistas del Estado Islámico. Les acompañamos en su macabra montería

ORIGINAL PUBLICADO EN EL CONFIDENCIAL

Por Ferran Barber / Irak

¿Qué tienen en común un ex veterano portugués de la Legión francesa, y un terciario de los capuchinos valenciano conocido con el sobrenombre de Bahuz Sores, antiguo cabo del Grupo de Operaciones Especiales III, que se autodefine como cruzado? Por un lado, el que ambos juraron lealtad a las guerrillas kurdas en las que han servido. Y por otro, el que han llegado a combatir manga con hombro contra el Estado Islámico dentro de las YBS (Unidades de Resistencia de Sinyar), una milicia creada por los kurdos turcos e iraníes para defender a los yazidíes de Irak.

Los primeros voluntarios europeos comenzaron a llegar a Sinyar a partir de 2016, cuando todavía era noticia que una pequeña avalancha de occidentales se unieran, aquí y allá, a las fuerzas militares lideradas por los kurdos del norte de Siria (Rojava) para combatir al ISIS, junto a los norteamericanos. La mayoría de ellos regresaron a sus países tras servir seis meses en la guerrilla. Lo que es menos conocido es que un pequeño grupo de españoles ha perpetuado su compromiso con los kurdos y los yazidíes. Algunos vuelven regularmente y otros se han quedado para siempre patrullando las montañas de Sinyar.

Limpiar el desierto de islamistas y proteger a la población civil se ha convertido en el trabajo estable de estos reenganchados españoles, que han creado su hogar de las montañas iraquíes y que ya no encuentran su lugar en la Península cuando regresan unos días, muy de Pascuas a Ramos. Nunca se terminaron de creer que Occidente hubiera dado por derrotado al Daesh tras expulsarlo de sus últimos bastiones. Y tenían razón. El ISIS sigue vivo. Claro que las reglas del juego se han modificado.

Hasta la caída de Baguz (Siria), en marzo de 2019, se le combatía como a un ejército regular de terroristas o cuerpo a cuerpo en escenarios urbanos, al tiempo que era preciso defenderse de sus ataques suicidas. Ahora debe pelearse contra un enemigo más insidioso organizado como ‘células durmientes’, una denominación amorfa tras la que se ocultan los restos islamistas del naufragio.

Cada vez que se activan, organizan incursiones asesinas contra los pequeños pueblos de Sinyar lo que explica, a su vez, que las fuerzas allí presentes, fraticidamente enemistadas en circunstancias normales, olviden sus diferencias por un segundo para darles caza. A esta especie de actos sociales de carácter militar, se les llama oficialmente ‘operaciones’, pero se asemejan más a monterías. Nos hemos unido a varios españoles para tomar parte en una de ellas.

Bahuz Sores, junto a un viejo edificio del Daesh en Shingal.

“¿Que por qué seguimos aquí? Porque si nos fuéramos volverían a matar a los civiles de todas estas aldeas”, dice Bahuz Sores, un valenciano de 50 años, mientras conduce un pick-up de Toyota por las apretadas curvas de la carretera secundaria que circunda el Este de la sierra de Sinyar, una región iraquí que varios bandos se disputan y que podría convertirse en breve en un nuevo campo de batalla. Solo unos minutos antes, han alertado por la radio de un ataque a una aldea perpetrado por varios yihadistas.

Sores es bien conocido en España por su primer nom de guerre Simón de Monfort. A finales del pasado verano, presentó en Madrid un libro titulado Cruzado contra el Estado Islámico, que habla de un modo elocuente sobre las razones que le empujaron en su día a viajar a Irak. Para bien o para mal, él es culpable en parte de que amplios sectores de laDerecha apoyen sin tapujos a los kurdos de Siria e Irán.

La guerrilla en la que sirve Bahuz Sores junto a varios españoles más es llamada YBS. Oficialmente, la YBS es una milicia autónoma creada por los yazidíes para protegerse de sus enemigos. Pero todo el mundo sabe que la guerrilla fue armada y es controlada, de facto, por milicianos kurdos procedentes de Irán y de Turquía.

Los guerrilleros de las montañas de Turquía vinieron, en efecto, para ayudar a los yazidíes tras la huida de los peshmerga de Barzani a quienes habían confiado su defensa. A juzgar por el modo en que se han fortificado, no tienen la intención de irse, lo que explica que Ankara bombardee sus posiciones con frecuencia y escudriñe a diario con sus drones sus infraestructuras subterráneas, pese a que las YBS, junto a las YPG, eran también sobre el terreno los más estrechos aliados de Estados Unidos y la coalición, en la lucha contra el yihadismo antes de que Donald Trump decidiera retirarse del avispero sirio.

‘Bidonvilles’ yazidíes

El próximo mes de agosto se cumplirán seis años del genocidio de Sinyar y la mayoría de los yazidíes que tuvieron que salir huyendo aún malviven en misérrimos ‘bidonvilles’ de plástico y de chapa, acodados en las hondonadas de los valles que coronan las montañas; en los campos improvisados de desplazados que tenemos que rodear mientras nos dirigimos a una aldea conocida como Bab Al Jan para unirnos a la batida contra un número que aún desconocemos de yihadistas del Estado Islámico.

Se habla de un grupo de entre quince y veinte. Los vieron no muy lejos de la fábrica de cemento. Se dice que intentaron infiltrar alguna de esas diminutas aldeas yazidíes a las que incluso los mapas conocidos rehúsan dar un nombre. Que pretendían inmolarse es seguro. Sobre las colinas resecas que motean los villorrios del oriente de Sinyar vemos ascender para tomar posiciones a los convoyes de milicianos, una abigarrada multitud de partidas armadas con diferentes insignias y uniformes, o sin ninguna insignia o uniforme. Únicamente les une su deseo de dar caza a los sociópatas. No hallarán indulgencia los islamistas entre quienes les persiguen porque todos quieren ser los dueños de la bala que terminará por reventarle la cabeza a cuatro de ellos. Se dice que entre diez y quince más han logrado escapar.

Milicianos de distintas fuerzas de reunen en Sinyar para abatir a los yihadistas del Daesh.

Hay combatientes del Ejército regular de Irak; de varias brigadas de Al Hashd Al Sha’abi; de la milicia yazidí del mítico Haydar Shasho -a las que se han unido algunos peshmergas de los Barzani- además de guerrilleros llegados desde posiciones cercanas de las YBS, la milicia en la que sirven los españoles y sus camaradas europeos. En total, varios cientos de hombres desplegados en diferentes abanicos. Y entre ellos, los de la Península.

Todos esos grupos militares y paramilitares se disputan Sinyar, pero cada vez que la hidra del Daesh asoma una cabeza suelen aparcar sus diferencias para convertir las cacerías en un acto social de frío hermanamiento. Sólo toman té juntos cuando hay que abatir a un islamista. Observados de lejos, se asemejan a un puñado de paisanos camino de una romería.

“Son tan despiadados como idiotas”, nos dice un miliciano sueco con ancestros yazídies. “Hace algunos días hablé con uno que llevaba amarrada una cucharilla al brazo para poder comer ‘shormat’ [sopa] en su maldito paraíso” [risas]. Algunos días después, el escandinavo resultará gravemente herido, mientras combatía contra los turcos en Rojava. Hoy ya está recuperado.

Junto a Bahuz, el valenciano, viajan en el Toyota un hispano-alemán de origen canario conocido como Sidar y un portugués crecido en Francia que se aferra a su AK mientras cuenta los segundos para empezar a disparar contra cualquier cosa que se mueva. “No vine aquí para hacerme selfies”, dice el luso. Cada uno de los voluntarios se enroló en la milicia con su canción. No son mercenarios porque no venden su arma.

Nadie habla en Sinyar de sus diferencias ideológicas para preservar la necesaria camaradería. El agua y el aceite unidos por el odio a los nazi-islamistas. A los más jóvenes del grupo tan sólo les alienta una vaga pulsión humanista; una borrosa convicción de que son parte de los buenos. Hay algo de aventura en vivir en condiciones inhumanas mientras los yihadistas acechan allá afuera.

Territorio comanche

El ISIS se ha reorganizado en las áreas rurales de la región de Anbar (en torno a la ciudad iraquí de Ramadi) o en una amplia franja de casi doscientos kilómetros de longitud, situada al sur de las montañas de Sinyar, salpicada de pequeñas aldeas árabes. Los yihadistas se camuflan a menudo como inocentes lugareños o viven esperando su oportunidad escondidos bajo la vegetación o en agujeros que excavan en las rocas.

El Ejército de Irak se ha declarado incapaz de controlar cada centímetro de ese desierto. Además, es un secreto a voces que muchos de los nativos siguen prestando apoyo a los terroristas bien por simpatía, bien por miedo. Es común entre las familias de estos pueblos árabes sunníes entregar un hijo a los yihadistas a la manera de una especie de peaje.

El alemán Baran Germánico junto a un voluntario valenciano.

En la caja del pick-up que conduce Bahuz viajan otros dos milicianos occidentales. Se aferran fuertemente a los soportes de las lonas y al portón de carga para no salir despedidos en las curvas que el valenciano enfrenta haciendo chirriar las gomas. De tanto en tanto, se detienen al paso de otra comitiva de guerrilleros que acuden como ellos a la ‘montería’ para recabar información actualizada sobre las coordenadas de los asesinos.

Muchos de los camaradas kurdos de armas de la unidad española pasan semanas bajo tierra, defendiendo esas posiciones militares conectadas por las galerías. Sólo alguien educado bajo la espartana disciplina de la guerrilla podría soportar esa clase de vida. Los llamados ‘cadros’ de las YBS no pueden casarse, ni utilizar el móvil, ni mantener relaciones sexuales, ni mantener contacto alguno con los miembros de su familia. Son la versión contemporánea de los monjes-guerreros. Caminan a menudo durante la noche y duermen por el día. También los españoles pernoctan en los bosques para cuidarse de la aviación y los drones turcos. Hace unas semanas fulminaron desde el cielo a uno de sus comandantes.

Mojigatería de las guerrilleras

Los que viven en Sinyar pueden sentirse afortunados porque al menos, no deben alimentarse de raíces y de bayas. Cada vez que las chicas de las YBJ con las que conviven -juntos pero no revueltos- anuncian una visita, se apresuran a cubrirse hasta los brazos. Es un acto hilarante de mojigatería. “No pueden tan siquiera vernos lavándonos la cara porque lo consideran ‘kedexé’ [la versión guerrillera secular y guerrillera de ‘pecado’]”, dice Bahuz Sores.

De haber tenido lugar este intento de penetración del ISIS que ahora pretenden abortar en las proximidades de su posición, hubieran puesto en marcha un estudiado dispositivo. El propio valenciano hubiera conducido el vehículo del DSHK, una ametralladora pesada rusa de 23 milímetros que disparan las chicas kurdas del YBJ (la sección femenina de las YBS). Tanto Bahuz como Sores, un catalán de 21 años, hubieran dado cobertura al ‘doshka’ con una ametralladora BKC (conocida también como PK) y un RPG7, lanzacohetes portátil de origen soviético.

Los francotiradores Haki, -portugués- y Kemal -vasco, de 45 años- hubieran acudido a combatir provistos de un artefacto de fabricación local conocida como Zagros, un ‘frankenstein’ de acero armado con fragmentos de otras armas. Baran -de 46 años, ex capitán del Ejército español- hubiera combatido con el dragunoff; Sidar -el hispano-alemán de origen canario, de 23 años-, Berxwedan -sueco de 20 años- y Andook -el alemán, fallecido algo después de la ‘cacería’- se hubieran ocupado de la ametralladora BKC y los RPG7. Varios ‘hevales’ más [nombre con el que se designa en kurdo a los ‘camaradas’] hubieran ocupado puestos en las diferentes DSHK motorizadas o los Katiushas. Lo han hecho ya otra veces. Se saben el guión de carrerilla.

Pero la ‘montería’ de la fábrica de cemento les ha pillado a traspié. Los asesinos han sido detectados en la zona occidental de las montañas de Sinyar y los españoles tienen su base en el extremo oriental de la serranía. Se enteraron por la radio cuando estaban patrullando en las inmediaciones de Sinoni, de modo que el dispositivo de actuación se ha improvisado sobre la marcha. “Todo lo que tenemos son los ‘kalash’ y un subfusil alemán”, dice Sidar, el canario, mientras ascendemos por los montes de una aldea próxima a Golata, donde al menos dos de los terroristas han tirado de la anilla de sus chalecos hace algún rato.

Un voluntario alemán, junto a las ruinas de Sinyar City.

Se fueron al infierno sin provocar ninguna baja. En nuestro camino hacia lo alto de la loma, Bahuz cruza unas palabras con el mando de una unidad de yazidíes de la Fuerza de Protección de Sinyar (HPE) que lidera Hayder Shasho. Los guerrilleros de las HPE serán los que al final abatirán a cuatro más de los quince o veinte yihadistas que intentaron infiltrarse en esta zona. Seis de ellos no volverán jamás a sus agujeros.

Fotos gore

No han transcurrido siquiera diez minutos y escuchamos las detonaciones de las balas que acabarán, literalmente, reventando sus cabezas. Habíamos estrechado el cerco sobre ellos hasta estrangular a uno de sus grupos. Hace sólo cinco años que esos mismos asesinos sobre cuyos cuerpos ahora escupen las partidas que les han dado caza avanzaban hacia Sinyar para asesinar a los yazidíes, esclavizar a sus niños y mujeres y destruir sus poblaciones. “Son de naturaleza impura, peores que animales”, repetían los del Daesh mientras subastaban a las niñas yazidíes.

Las fotografías gore de los yihadistas finalmente alcanzados por los hombres del líder yazidí Haydar Shasho corrieron en minutos de móvil en móvil, por toda la serranía donde se habían desplegado las partidas. Había más de fiesta en la batida que de operación de guerra. Sus cráneos astillados quedaron convertidos en una especie de balón amorfo y sus cuerpos, reducidos a un amasijo de carne ennegrecida.

Lo que allí sucede es una guerra. El alemán Andook aún no lo sabía el día de la cacería, pero moriría algunas semanas después bajo las bombas lanzadas por Ankara contra Serekaniye (Siria). Tanto Julian, igualmente alemán, como un joven norteamericano fueron arrestados por la policía de los territorios autónomos kurdos del norte de Irak hace algo más de una semana cuando viajaban a Suleimanya para tomar el avión de vuelta a casa. A finales de febrero, fueron liberados. Al menos diez españoles han pasado por el ‘hotel’ de los Barzani.

Sehid namirin

Entre los caídos en la historia de esta unidad de voluntarios hay dos de la Península: el gallego Samuel Prada, abatido por los turcos en Afrin, y Ramón Llull, muerto durante una operación contra el Daesh en Deir ez-Zor. Otro médico español de las YBS -Doctor Delil- fue accidentalmente alcanzado por una vieja mina de la época de Saddam. Tras recuperarse de sus graves heridas en el hospital militar Gómez Ulla, regresó de nuevo a Sinoni. Todos conocen en los montes de Sinyar a Delil. El ‘Doctor Hispani’ ha salvado cientos de vidas.

En el momento de la cacería había seis españoles; ahora quedan tres. Muchos van y vienen. Pero la compañía de peninsulares contra el Daesh ha adquirido ya un carácter casi estable y permanente. En la YBS el español es la lengua franca, uno de los tres principales idiomas de intercambio.

Concluida la batida, hemos regresado hasta las ruinas de la antigua capital de estas tierras de mayoría yazidí. Sinyar City es una ciudad fantasma que quizá nadie reconstruya para que jamás se olvide este notable hito de la iniquidad humana. Ya no quedan yazídies en la población que rindan pleitesía en sus templos cónicos al ángel restituido al que llaman Shaitan cuyas lágrimas secaron las llamas del infierno.

“Quizá, después de todo, el ISIS sí ganara esta guerra”, nos diría al término de la batida el hoy ya muerto Andook. No muy lejos de una vieja iglesia de Sinyar reducida a cascotes donde alguien escribió “¡Viva Serok Apo!”, un muecín llama a la oración a los milicianos de Al Hashb Al Sha’abi que patrullan por la ciudad. En Sinyar City hay destacamentos de al menos tres bandos enfrentados. La convivencia es siempre tensa, un edificio frágil que a menudo se agrieta dejando sobre el suelo de un ‘checkpoint’ varios fiambres. Una trifulca originada por el arresto de dos españoles que intentaban alcanzar su posición en el frente se saldó hace algo más de un año con cuatro muertos iraquíes.

“Son todos del maldito Daesh”, dicen los kurdos mientras atravesamos a toda prisa una pequeña población de mayoría árabe situada a pocos kilómetros de la base de los españoles. Está a punto de caer la noche y es preciso abandonar los edificios del tabur para dormir a la intemperie. Los turcos suelen realizar sus razzias aéreas por la noche. “No os inquietéis si escucháis sonidos de sartenes. Son los aldeanos yazidíes que protegen sus ganados de los ataques de las hienas y los lobos”, nos advierten. Un chacal aparecerá ahorcado junto a la entrada de la población a la mañana siguiente. Es un buen recordatorio de que no hay nada en ese desierto que no amenace tu vida.

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