Así se extendió el cristianismo por Mesopotamia en la época de Cristo

Hasta ochenta monasterios llegó a haber en los Montes de los Siervos de Dios, en la actual Turquía, y todavía queda alguno en pie

He aquí uno de los ensayos que incluimos dentro del libro que dedicamos, hace ahora diez años, a los cristianos orientales. Quizá os preguntéis cómo llegó el cristianismo hasta la Tierra entre dos ríos. De este modo explicamos esa cuestión.

Por Ferran Barber. Hasta ochenta monasterios llegó a haber en los Montes de los Siervos de Dios, lo que justifica sobradamente su nombre alternativo: Monte Athos de Asia. ¿Cómo alcanzó la fe de Cristo la Tierra entre dos Ríos y, más concretamente, Tur Abdin? ¿Cómo y por qué se concentraron en sus montes tal cantidad de templos?

La respuesta no es tediosa, pero nos obliga, nada menos, que a remontarnos a los días del Mesías. Hasta donde alcanzan los propósitos de este libro, lo importante es consignar primeramente que el cristianismo comenzó a extenderse fuera de Israel, y con no pocos problemas, a partir de la crucifixión del Nazareno. Más acá de los dogmas, Jesús debe ser considerado un reformador del judaísmo. Ni siquiera sus discípulos dejaron tras su muerte de frecuentar las sinagogas. Sus coetáneos les veían como miembros de una secta de la religión hebrea, bien es verdad que especialmente odiosa para las autoridades.

Nada debería de extrañarnos, por lo tanto, que su actividad proselitista se desarrollara siempre dentro de los límites de Israel o que no mostrará interés por predicar entre los no judíos o gentiles. De hecho, ni siquiera había tiempo para ello, teniendo en cuenta que la instauración del reino de Dios era inminente, lo que, a los ojos de sus seguidores, equivalía a sostener la cercana proximidad del final del mundo.

Desde una perspectiva estrictamente histórica, la expansión misionera del cristianismo podría guardar relación con la necesidad de justificar el fiasco de la profecía. «Si el mundo sigue en pie, es porque Dios nos ha otorgado tiempo para extender la buena nueva», se dijeron para tratar de justificar esa demora algunos de los hombres y mujeres que le sobrevivieron. Al tiempo que la doctrina del profeta se extendía, Jesús se fue tornando, y no de un día para otro, en Cristo; el hombre se transformó en Dios o, tal y como afirma el historiador Juan Antonio Estrada, el predicador devino en predicado, lo que, a su vez, precipitó el divorcio con el judaísmo y alumbró una religión distinta que con el tiempo influiría de forma decisiva en cuanto hoy es el mundo.

La concepción estrictamente monoteísta de la divinidad que había en los hebreos había dado paso, como vemos, a otro credo diferente que se las vio y se las deseó para justificar teológicamente la unicidad de Dios hasta que siglos después dio con la fórmula trinitaria, chirriante desde mi presunta racionalidad cartesiana, de que Señor hay sólo uno, pero revelado en tres personas. A saber, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

El nuevo credo irradió primero de Jerusalén a Cesárea y Samaría. Gracias, entre otras cosas, al fervoroso impulso evangelizador de Pablo, alcanzó después Chipre, Salamina y la hoy turca Antioquía. Este mismo apóstol plantaría la semilla de la fe en viajes ulteriores desde Tesalónica a Atenas y Siria; desde Efeso a Macedonia y, finalmente en la capital del imperio, Roma, donde, al igual que Pedro, halló la muerte de forma violenta.

Tanto a este último como a Pablo se les atribuye, junto a Esteban, el mérito de haber llevado a Dios fuera de los círculos hebreos, no sin vencer para ello las reticencias de grupos inicialmente mayoritarios que seguían viendo en las gentes de Israel al privilegiado pueblo elegido.

Es obvio, a tenor de lo dicho, que ni Jesús ni sus apóstoles fundaron en puridad ninguna iglesia. A ellos se debe, es cierto, el nacimiento de las comunidades que con el tiempo, y por razones operativas, las alumbraron, pero no su creación directa debido, entre otras cosas, a que estas fueron bosquejadas con posterioridad en respuesta a necesidades organizativas que en los tiempos apostólicos todavía no existían. Por la misma razón, en aquella época no había tan siquiera jerarquías. Ser cristiano era, antes que nada y todavía, un estilo de vida, yo diría que no exento de romanticismo.

¿En que fase nos hallamos, llegados a ese punto, dentro del proceso de evangelización del área por las que discurrió nuestro viaje? En los estadíos iniciales; en aquel momento de la historia, situado a finales del primer siglo de nuestra era, en que el cristianismo ha germinado ya en algunas de las ciudades de Siria y Asia Menor y se calientan máquinas para extender aún más allá sus fronteras. Una de las primeras urbes en abrazar la fe nacida en Jerusalén fue, como vimos, Antioquía, cabeza de puente de otras conquistas misioneras de importancia singular. El avance de la nueva religión ya era imparable.

Se sabe a ciencia cierta que en la citada Edesa había comunidades de cristianos a mediados del siglo II, y no precisamente, que me perdonen los caldeo-asirios, por el concurso de Abgar el Negro…

En la hoy ciudad turca de Nusaibin, más cercana todavía a Tur Abdin, existían fieles igualmente en fechas muy tempranas. A impulsos regulares, esta rama emancipada del judaísmo se extendió en el siglo III hasta Seleucia–Ctesifonte y el actual Irak: la religión había arraigado ya entre los descendientes de los judíos deportados por los asirios, entre los antepasados de los modernos caldeo-asirios y entre los de los árabes que hoy rinden pleitesía a Mahoma. Cien años después, en torno al año 350, se encuentra atestiguada la presencia de cristianos incluso en Diyarbakir, la capital del actual Kurdistán turco, a unos cien kilómetros al norte de Mardin.

¿Qué podemos inferir de lo dicho hasta ahora? En primer lugar, que los etnocéntricos habitantes de la parte más opulenta del planeta han olvidado que su religión es tan oriental como palestino el Hijo de su Dios: antes que en Roma cobró pujanza en Jerusalén y antes que en Hispania, en la actual Turquía. Tan sólo una novena parte de las comunidades cristianas existentes en el siglo II se encontraban al oeste de Alejandría. Incluso en la época de los cruzados había más cristianos al Este de Damasco que en el resto de Occidente, merced, entre otras cosas, a los esfuerzos misioneros de otra iglesia oriental, la Asiria, Persa, Nestoriana o del Este, que llevó la nueva fe hasta el imperio de los Janes como pudo atestiguar el viajero Marco Polo, por cuya conocida ruta transcurrió a menudo la nuestra.En aquella época ser cristiano era un estilo de vida no exento de cierto romanticismoEn aquella época ser cristiano era un estilo de vida no exento de cierto romanticismo

En aquella época ser cristiano era un estilo de vida no exento de cierto romanticismo

En segundo lugar, salta a la vista que el cristianismo fue en sus orígenes un fenómeno esencialmente urbano. Fue dentro de las ciudades donde florecieron las primeras comunidades de creyentes. Hubo, de hecho, que esperar varios siglos para que el mensaje de Jesús llegara masivamente a las aldeas. Y eso es justamente lo que ocurrió en Tur Abdin. En torno al siglo IV hallamos en los aledaños de sus sierras varios vértices urbanos en parte cristianizados como las referidas Nisibis-Nusaibin o Diyarbakir. El interior, no obstante, es aún pagano. En sus pequeños pueblecitos se rinde culto al fuego. Por servirnos de una imagen, Tur Abdin era por aquellos días un bastión de pre-cristianos asediado en los flancos por los soldados de Jesús.

¿Cuándo se produjo el salto? ¿Cómo se ganó para la nueva fe las aldeas de los Montes de los Siervos de Dios? De resultas del trabajo evangelizador llevado a cabo a partir del siglo IV por hombres piadosos de esas ciudades próximas cristianizadas en fechas más tempranas. Ascetas como Jacob de Nisibis o Awgyn de Clysma, cuyo monasterio visitamos días después a pesar del Komando, trabajaron arduamente en los alrededores de Nusaibin y las colinas situadas más al norte, a la sazón Tur Abdin, para ganar terreno a los paganos.

Según relata el historiador Andrew Palmer, no pocos de los monasterios erigidos durante ese primer impulso evangelizador del interior de Tur Abdin se yerguen sobre templos zoroastrianos. Este es el caso, por ejemplo, de Mor Malké, cercano a Jarabali, donde puede todavía verse un pequeño altar que podría haber pertenecido a un antiguo templo del fuego persa. Tanto el monasterio de Mor Yakub, próximo a Salah, como el de Mor Gabriel o Qartmin, situado en las afueras de Midyat, fueron casi con total certeza fundados en el siglo IV sobre lugares de culto zoroastrianos.

Al igual que las iglesias, la mayoría de ellos fueron levantados por jacobitas, quienes se concentraron en estas tierras huyendo de la persecución a la que fueron sometidos por sus hermanos bizantinos. Del mismo modo que los nestorianos se protegieron siglos después de Tamerlán en las montañas de Hakari, ellos se concentraron en Tur Abdin para plantar cara a los griegos, a los romanos orientales. Homo hominis lupus.

© Barber / 2006 / Este artículo forma parte del libro En busca de los últimos cristianos de Irak e Irán, Barrabés Editorial, Ferran Barber (2006).

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Allere flammam veritatis.
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