Desplazados del Donbass ‘okupan’ el cinturón de la zona radioactiva de Chernóbil

Familias de Donetsk y Luhansk están colonizando las aldeas semiabandonadas próximas a la Zona Muerta Chernobyl / Zelena Polyana. Ferran Barber Leer original en La Vanguardia / Leer en...

Familias de Donetsk y Luhansk están colonizando las aldeas semiabandonadas próximas a la Zona Muerta

Chernobyl / Zelena Polyana. Ferran Barber

Leer original en La Vanguardia / Leer en Clarín

Desplazados por la guerra del Donbass de ambos lados del frente -el ucraniano y el de los secesionistas rusos con quienes se disputan el sureste del país- han buscado refugio en las casas abandonadas de las aldeas que salpican el cinturón externo de la Zona Muerta de Chernobyl. Prefieren arriesgarse a morir lentamente de un cáncer de tiroides que caer fulminados por una bala o el mortero.

“Pasan cosas aquí que ni siquiera nosotros entendemos. Si no sobornas a los médicos ni siquiera te dan la pensión de Chernobyl. ¿Y quién puede pagar? No sabemos ya qué hacer”, dice una octogenaria a su también octogenario esposo, a la sombra de un castaño de la calle Gagarin. El mismo hecho de que la aldea ucraniana en la que los hayamos lograra conservar el nombre de una calle que evoca los tiempos de grandeza de la URSS -sobreponiéndose a la ley de descomunistización de Poroshenko y al odio hacia lo ruso- da una idea del modo en que el lugar ha sido abandonado por Dios y por los hombres. Nadie ha venido aquí a retirar las placas, ni a reemplazarlas por un nombre ucraniano más acorde con los vientos nacionalistas que soplan en Ucrania. Por regla general, todas las calles ‘Lenin’ terminaron transformadas en Tarasa Schevchenko, el escritor.

Zeliana Polyana. Foto por Ferran Barber.

Zelena Polyana significa literalmente “Campo Verde”. El koljós de la aldea no debía tener un aspecto muy diferente en los tiempos de la Unión Soviética. No hay un solo indicio en la belleza de ese puñado de chozas de madera estranguladas entre abetos y campos de lavanda que insinúe de algún modo que estamos a menos de tres kilómetros del cinturón de la llamada Zona Muerta de Chernobyl. “Aquí no hay industria ni nada en lo que trabajar, así que se fue más de la mitad de la comarca, y sólo nosotros hemos quedado. Ahora están viniendo las familias del Luhansk para evitar la guerra”, dice el abuelo, con la apariencia de un viejo mujik, en el mismo momento en el que una desplazada del Donbass camina junto a su marido por el centro de la polvorienta pista de tierra que yugula la aldea.

Ninguno de estos hombres y mujeres que han llegado huyendo de la violencia del Donbass ha cruzado todavía la intangible frontera de la Zona Muerta para unirse a los llamado ‘samosany’, los proscritos que poco tiempo después del desastre de Chernobyl decidieron exponer sus vidas para ‘okupar’ ilegalmente el ecosistema radiactivo. Claro que para qué iban a arriesgarse un poco más los desplazados de la guerra si existen cientos de casas de evacuados completamente abandonadas en la llamada Zona IV, la inmediatamente anexa al páramo nuclear de acceso restringido al que ahora acuden en masa los turistas, tras el éxito de la serie de HBO.

En los pueblos del cinturón de Chernobyl.

A la entrada de Zelena Polyana hay una casa algo más sólida que el resto de las cabañas con un cartel medio caído de ‘se vende’. La mejor de estas viviendas, con su parcela, su corral y sus cobertizos podría adquirirse por menos de tres mil euros. La mayoría de las chozas podrían adquirirse por algunos cientos, y aun así las okupan. “¿Y por qué habríamos de pagar por algo que nunca va a reclamar nadie?”, nos dice Elena Kachalina. En el pueblo está también su hija, el hijo de su hija y un sobrino. “La radioactividad te mata lentamente, pero las bombas te fulminan”, dice. Su casa en el Donbass ardió tras ser golpeada con mortero. En realidad, muchos de quienes se fueron ofrecieron sus casas en los diarios. “Están vacías, tómenlas si lo desean”. Es mejor tener a alguien viviendo que dejar que la naturaleza salvaje del lugar vuelva a reclamar lo suyo, y pudra la madera o la estrangule entre una maraña de lianas.

Se estima que el conflicto que enfrenta a los ucranianos con los separatistas apoyados por los rusos ha obligado a abandonar sus casas a un millón y medio de personas, de manera que era sólo cuestión de tiempo que los más desesperados y desposeídos buscaran un hogar allá de donde casi todos han salido huyendo. En Zelena Polyana hallamos a dos familias del sureste, conviviendo con los dos centenares y medios de lugareños que se negaron a abandonar sus casas poco después de la hecatombe nuclear, hace de ello treinta y tres años. En el resto de aldeas cercanas al cinturón hay al menos otra docena más.

“Claro que esto es seguro”, nos dice una abuelita con el rostro de mamushka. Y otro anciano le corrige: “Todo lo seguro que podría ser esto”. Que algunos de estos retornados se hayan hecho longevos no significa que otros muchos -nadie sabe, en verdad, cuántos- de los originarios habitantes de las zonas aledañas a la zona de exclusión no murieran de cáncer de tiroides u otras enfermedades asociadas al más sibilino de los asesinos. La nube nuclear no se detuvo ante la línea que trazaron los apparatchik comunistas, pese a que los habitantes de la llamada Zona IV no fueron inicialmente evacuados. Justamente por ello, muchos de ellos se llevaron la peor parte.

Kachalina y su familia ocupan una casa abandonada hace nueve o diez años. No todos los vecinos originales de Zelina Polyana se fueron por la radioactividad. En verdad, ese no es el peor de sus problemas. “No hay trabajo por aquí, salvo una empresa forestal que emplea a un par de docenas de personas”, nos dice otro de los viejos, justamente en el momento en el que atraviesa la localidad un viejo camión cargado de abetos. Un joven borracho, andrajoso y violento maltrata a su caballo a algunos metros.

Siempre allí.Galina, de 80 años, se negó a abandonar la zona en 1986, cuando fueron evacuadas otras aldeas. En su casa se alojaron varios reasentados. (Ferran Barber)

En contra de lo que suele sostenerse, el alto el fuego en el Donbass no se ha hecho efectivo nunca. No hay un solo en que los militares de las dos partes enfrentadas registren un herido o algún muerto, ni una sola semana en que en las aldeas situadas junto al frente se produzcan intercambios de disparos. Algunas han quedado seccionadas por la primera línea, y cada vez son menos quienes se resisten a marchar de las zonas más calientes. “Comparado con aquello, incluso Chernobyl se asemeja a un paraíso”, asegura uno de los desplazados.

Muy de tanto en tanto, se acerca un técnico de la administración a medir los niveles de radioactividad. Que el lugar se considere “prácticamente” seguro no significa que se conozca todavía bien el efecto de la radioactividad a largo plazo sobre ciertos tipos de hongos u hortalizas. Un equipo de científicos detectó hace algunos meses altos niveles de Cesio-137 en la leche de una vaca situada fuera de la zona de exclusión. Probablemente, el animal no era muy diferente de los que pastan en los aledaños de la población, a apenas dos kilómetros en línea recta de los pantanos de la Zona Muerta. Bien es verdad que el área es meticulosamente monitorizada para detectar posibles parches radiactivos. Hace ya mucho tiempos que los isótopos dejaron de polucionar la atmósfera, pero se sabe que los distintos materiales absorben o retienen en cantidades desiguales el remanente de ponzoña radioactiva.

La aldea más próxima a Zelena Polyana está separada por poco más de cuatro mil metros, y ya se halla, sin embargo, en el área de acceso restringido. Desde el pueblo al primer control policial hay nueve kilómetros por la carretera, y algo menos de doscientos, hasta Kiev, la capital del país.

No es preciso siquiera preguntar cómo consiguen imponerse a la indigencia. La mayoría de las familias viven de los pocos menos de doscientos dólares de los subsidios estatales. Quienes no tienen ‘la pensión de Chernobyl’ deben sobrevivir con su pequeño huerto de patatas y los pocos animales que caben en sus viejos cobertizos. Aunque no paguen alquiler ni agua, eso nunca es suficiente. Al menos tres familias del Donbass que vinieron al lugar a probar suerte, se tuvieron que marchar ante la imposibilidad de hallar trabajo.

Durante los días de la evacuación, en la aldea reasentaron a varios cientos de personas. Nos lo cuenta Halina, la abuela con risueña cara de mamushka, mientras nos invita a merendar. Ha tomado la costumbre de ofrecer su casa a los forasteros y nosotros no seremos la excepción. Con el mismo sentido de la hospitalidad han recibido a estos desplazados del Donbass que han llegado en la indigencia. A menudo, sin ropa, y menos todavía con dinero.

COPYRIGHT by FERRAN BARBER / LA VANGUARDIA

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