Dos años de cárcel para este buen samaritano turco por darle un mendrugo a dos viajeros

ARTÍCULO ORIGINAL EN CRÓNICA DE EL MUNDO Por Ferran Barber / El Mundo @ferranbarber Un tribunal turco ha condenado a veintitrés meses de prisión a un monje siriaco-ortodoxo de...

ARTÍCULO ORIGINAL EN CRÓNICA DE EL MUNDO

Por Ferran Barber / El Mundo @ferranbarber

Un tribunal turco ha condenado a veintitrés meses de prisión a un monje siriaco-ortodoxo de un monasterio de la Anatolia por darle pan y agua a dos kurdos, supuestos miembros del HPG (PKK), que llamaron a las puertas del cenobio en 2018. El Padre Aho lo niega y se prepara para recurrir la sentencia que le vincula a actividades terroristas, mientras organizaciones de todo el mundo acusan a Erdogan de dar fuelle a la hostilidad sectaria hacia los cristianos.

“Lo que pasa es que quieren intimidar a todos los siriacos de Turabdin”, nos dice desde Bélgica el periodista David Vergili. “Míralo de este modo. La condena de un año y trece meses de cárcel contra el Padre Aho es una forma de decirle a los cristianos de la diáspora que no regresen a sus tierras ancestrales porque ya no hay lugar para ellos”. Aho Sefer Bileçen no habla inglés y menos todavía, castellano. Solo turco y siriaco. Pero Vergili le conoce bien desde hace años y está al corriente de todos los entresijos que rodean a su caso. Aunque viva en Europa, el periodista también procede del rincón del sureste de Anatolia donde se halla el monasterio que ocupa en solitario el monje, un viejo amigo a quien conoce bien y a quien describe como una persona humilde y muy comprometida con su vocación.

A juicio de David Vergili, la historia frisa lo grotesco. Un día no precisado de 2018, dos visitantes llaman a las puertas de un antiquísimo monasterio situado en una remota región del sureste de Anatolia (Turquía). El monje les ofrece pan y agua y estos siguen su camino.

Dos años después de esos sucesos −el 9 de enero de 2020−, el monje es arrestado cuatro días junto a varias personas más durante una operación militar y se le informa de que pesan sobre él cargos de colaboración con un grupo terrorista porque, según varios testigos secretos cuya identidad no ha sido revelada por la corte, los dos kurdos a los que el monje brindó hospitalidad resultaron ser miembros del PKK, una milicia que opera en esa zona y a la que Ankara y la UE tienen por un grupo armado criminal. Hace ahora una semana, un tribunal condenó al monje a veintitrés meses de prisión, lo que originó casi de inmediato una campaña mundial en favor del religioso.

Aho Sefer Bileçen, de 45 años, no ha ingresado en la cárcel todavía porque tiene derecho a apelación, pero lo ocurrido ha levantado una enorme polvareda internacional y ha vuelto a sacar a colación la endeblez del estado de derecho turco y las arbitrariedades que sustentan las fisuras de su sistema jurídico.

“Soy inocente”, repite el monje mientras tanto, sin alterar su austera vida monacal. Y respaldando esas palabras, el presidente de una fundación vinculada a la Iglesia Siriaco-Ortodoxa, Kuriakos Ergün, nos recomienda que prestemos oídos sordos a los rumores que se han extendido por la Prensa tras conocerse el veredicto del tribunal. “Se han publicado muchas informaciones falsas. Especialmente una en la que se asegura que el padre reconoció haber prestado ayuda a dos miembros de una organización”, dice en alusión al PKK, la bestia negra de los nacionalistas turcos. “Lo único cierto es que el padre Aho Sefer Bileçen ha negado los hechos”.

En el mismo sentido, el secretario del arzobispado de Turabdin, Yuhanun Gares, asegura que se hallan ahora concentrados en refutar con su abogado las tesis del tribunal que ha condenado al monje. Podrían pasar años hasta que agoten todos los turnos de apelación. Es obvio que se han visto un tanto desbordados por la cascada de reacciones y lo que es más relevante, que tienen miedo a hablar abiertamente porque, tal y como afirma Vergili, por mucho menos han sido encarcelados en el país cientos de periodistas e intelectuales. “¿Cómo iba a saber que esos dos visitantes eran miembros del PKK, si en verdad lo eran?”, se pregunta “¿Y qué clase de condena puede sustentarse sobre las acusaciones formuladas por unos testigos secretos de quien nadie sabe nada? Es imposible saber quiénes fueron las personas que visitaron el monasterio donde está el padre Aho y con qué propósito lo hicieron. En el año anterior a la irrupción de la pandemia, tan solo el cercano monasterio de Mor Gabriel fue visitado por cerca de ochenta mil turistas. Basar una sentencia en unas declaraciones confidenciales es contrario al derecho”.

Es difícil comprender qué ha sucedido sin considerar al mismo tiempo el valor emblemático que posee para los cristianos orientales la región donde se halla el monasterio del padre Aho, Mar Yakob de Qarno (Jacob del Cuerno). Turabdin significa literalmente “Montes de los Siervos de Dios” en una variante montañesa de la lengua de Cristo conocida como turoyo. La comarca entera fue cristianizada gracias al trabajo evangelizador llevado a cabo a partir del siglo IV por ascetas de ciudades próximas afiliados a la Iglesia Siriaco-Ortodoxa.

Se concentraron en estas tierras huyendo de la persecución a la que eran sometidos por sus hermanos bizantinos. Aunque esa zona del sureste de Turquía se halla en el corazón de las tierras del Islam, la mayoría de sus habitantes siguieron preservando su fe cristiana hasta el Año de la Espada o Seyfo −1915−, que es como se conoce a la cadena de masacres de armenios, griegos pónticos y siriaco-ortodoxos organizada por los otomanos. Desde Diyarbakir a Mardin; desde Urfa a la Yazira, cayeron abatidos por millares a manos del ejército turco y sus tropas auxiliares kurdas.

La guerra contra el PKK durante los 90 ocasionó la destrucción de docenas de sus poblaciones y la consecuente huida a Europa de muchos de quienes resistían en el área. Hoy quedan tres mil a lo sumo, pero sigue siendo el último reducto de la cristiandad en la Turquía de Erdogan, además de uno de los principales teatros de operaciones del PKK, el grupo armado kurdo al que Ankara y la Unión Europa califican de terrorista. Esa es justamente la raíz del problema. Al igual que sucede en el Kurdistán de los Barzani, estos cristianos orientales de etnia asiria y religión siriaca se hallan atrapados en el fuego cruzado entre el Gobierno turco y los kurdos.

El monasterio del Padre Aho −Mor Yakub de Qarno− se halla a poco más de dos kilómetros de una pequeña población de Turabdin llamada Dibek. El monje es el único custodio de ese viejo edificio siriaco-ortodoxo del siglo VI, restaurado y reabierto en 2013 gracias a las donaciones de los cristianos orientales que emigraron a Occidente, lo que añade todavía mayor riesgo a su presencia en aquellas tierras ya de por sí salvajes. Hay que reunir mucho valor para habitar aquel entorno y, aun a pesar de ello, cientos de asirios regresaron a sus tierras ancestrales desde Europa a partir del 2000 con la esperanza de darles nueva vida. Los problemas con sus vecinos no cristianos no han cesado nunca, pero el episodio del padre Aho ha alimentado los temores a que se reavive su ya tradicional persecución.

“Son muchas las señales que sugieren que están siendo de nuevo intimidados”, reitera Vergili. Hace ahora un año y medio, una anciana asiria del pueblo de Mehr llamada Ismuni Diril fue hallada muerta y despedazada no muy lejos de su casa por su hijo, un cura caldeo turco. Su marido Hurmüz Diril sigue todavía desaparecido sin que las mismas autoridades turcas que han acusado de terrorismo al monje hayan sido capaces de dar con los autores de los crímenes.

En 2019, se profanaron los terrenos de dos cementerios armenio y siriaco para construir un salón de bodas y un espacio recreativo, al tiempo que se denunciaba que un mercader local había organizado una fiesta-barbacoa en una iglesia situada en el pueblo de Germus.

Entre tanto, la alcaldía metropolitana de Estambul ha bautizado un parque de la ciudad con el nombre de Hüseyin Nihal Atsiz, uno de los más prominentes simpatizantes turcos del nazismo, además de un reputado intelectual de la ideología panturanista que en su día desembocó en el genocidio armenio-asirio.

* Ferran Barber es autor del libro En busca de los últimos cristianos de Irak e Irán

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