El checo, los tomates de Gaizka y el viejo chino de la montaña

Rousseau, Thoreau, Unabomber y el checo de Obis a quien llevo medio año tratando de encontrar. Se escondé de mí pero hallaré la forma de burlarle porque quiero escribir...

Rousseau, Thoreau, Unabomber y el checo de Obis a quien llevo medio año tratando de encontrar. Se escondé de mí pero hallaré la forma de burlarle porque quiero escribir sobre él; quiero hablar de su vida de dendrita en un pueblo abandonado del Pirineo. El checo comparte con Thoreau una especie de nostalgia por la choza primitiva. Y a mí me gustaría conocerle, no para escribir una de esas crónicas costumbristas, sino para tratar de comprenderle.

Es un impulso muy humano el de volver a lo esencial y despojarte de la lucha. Los entiendo bien a todos, entiendo su ausencia de apetito por la aprobación y el asentimiento público que la plebe mendiga allá afuera. Es verdaderamente abrumador todo ese griterío. Apuesto a que mi checo -como Kacinski- decidió eximirse la lucha, y eso exige despojarse de la materia más mundana. Ha buscado el lugar donde uno prescinde de sus magulladuras y de su resentimiento, el lugar en el que uno prescinde de su paz con el mundo y de su desafío al mundo. No ha inventado nada nuevo ese checo escurridizo que no desea verme, porque yo soy el mundo.

El joven checo es, en verdad, el viejo internándose en el bosque, el viejo que se transforma en el bosque, el anciano chino bajo la montaña, definitivamente apartado de la turbación de lo autobiográfico. El checo de Obis es como Ira Ringold. Es el hombre, antes agitado, en competencia con la vida y ahora sosegado, que entra en competencia con la muerte, atraído hacia la austeridad, que es lo último en lo que se especializa.

Mi vecino me trajo hoy unos kilos de tomates, que también son lo contrario de este Facebook, y por alguna razón, me recuerdan a mi checo y a Simeón el Estilita. Me imagino a los dos saludando la mañana con una ducha de agua fría y una hogaza de pan duro rebañada en un vaso de café con dos nubes de insípida leche en polvo. Estoy mirando ahora una reproducción en blanco y negro de una pintura de Garotto donde se muestra a Juan el Solitario rodeado de serpientes bicéfalas con cabeza antropomorfa de demonio. E imagino a mi checo caminando hacia el desierto sirio como un padre del yermo. ¡Ahí va el checo tratando de escapar de su existencia subreptil para plantarle cara a los demonios!

El checo de Obis es como Ira Ringold. Es el hombre, antes agitado, en competencia con la vida y ahora sosegado, que entra en competencia con la muerte, atraído hacia la austeridad, que es lo último en lo que se especializa.

Eh, checo, a los demonios de uno hay que tolerarlos. Hay que aprender a conspirar con ellos. Uno no puede llevarse a la cabaña un montón de enemigos. Te regalo, amigo mío, un par de apotegmas. Repítelos como si fueran mantras: “El anacoreta post-tecnológico no debe dejar nunca que su conciencia le incrimine. El anacoreta post-tecnológico debe alcanzar un estado de sinceridad perfecta por medio de la privación de los sentidos”…

Me imagino a mi checo durmiendo sobre una cama de aliagas y egragrópilas de búho. Lo imagino leyendo a Antonio Abad y Milarepa y ejercitándose en el arte de la meditación y el desapego, alimentándose casi en exclusiva de galibos, un anfibio terrestre con el aspecto de una rata y la piel rugosa de los sapos. Ni los desolla ni los limpia para eliminar los alcaloides que segregan por los poros. Esa misma gimnasia gastronómica le sirve para atravesar la vía purgativa y aniquilarse la memoria. “El mal no está en el apetito como tal, sino en la ansiedad que genera su recuerdo”, le diré cuando le vea.

Tal vez mañana regrese hasta su pueblo y trate de emboscarlo antes de que él reparé en mí. No le diré que antes de conocerle lo imaginé como al viejo chino de la montaña, caminando hacia un lugar donde el tiempo fluye lentamente, como un tracto digestivo en el esófago de un bisonte muerto; un lugar donde la muerte se desentiende de sí misma y uno puede convertirse en una mosca.

En fin, domingo-domingo. Es horroroso perder siquiera tres minutos leyendo los comentarios en las redes. ¿De verdad somos así? Si es así, entiendo bien al checo a quien, tarde o temprano, encontraré. Por cierto, los tomates de la foto son los que me trajo mi amigo. Amigos con derecho a huerto.

COPYRIGHT by Ferran Barber 2010

Categorias
OpiniónPersonal

Allere flammam veritatis.
Sin comentarios

Deja una réplica

En ‘Desaparecidos’ de TVE
Las drogas del ISIS
‘Si ves esto he muerto’
Postales de Chernobyl
En el cinturón de la Zona Muerta
Los días de Raqqa

Te podría interesar también