Enganchado a las guerras y no es un mercenario

Damien, ‘niuyorican’ del Bronx, es uno de los cientos de hombres que van saltando de guerra en guerra como turistas bélicos. Ahora está en el Donetsk con los marines...
Damien Rodríguez, en Mariupol, de permiso. Fotografía por Ferran Barber.

Damien, ‘niuyorican’ del Bronx, es uno de los cientos de hombres que van saltando de guerra en guerra como turistas bélicos. Ahora está en el Donetsk con los marines ucranianos; poco meses atrás, con un batallón georgiano de voluntarios; hace tres años, en Siria luchando contra el ISIS.

Actualizado Jueves, 1 agosto 2019 – 15:46

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Trabajaba en un banco neoyorquino y decidió dejarlo todo en 2015 para viajar hasta Rojava (Norte de Siria) a combatir contra los yihadistas del Estado Islámico. Allí expuso su vida durante cerca de dos años en varios frentes como Tabqa o Ain Aissa. Pero cuando concluyó el servicio, a mediados de 2017, no se sintió listo todavía para regresar de nuevo hasta su antigua vida de burócrata en el Bronx y se enroló en una unidad de voluntarios georgianos que peleaban contra los rusos. Ahora es un marine regular de las Fuerzas Armadas ucranianas que combaten contra los rebeldes secesionistas del Donbass. Nunca le ha alentado la codicia.

“Ni soy un mercenario ni abandoné mi segura existencia de contable para ganar dinero combatiendo en las guerras de otros. Tampoco me interesa la política. Nunca se trató de eso”, nos dice Damián Rodríguez mientras se apoya en el umbral de un viejo edificio en ruinas de la administración soviética. Hemos quedado junto al mar de Azov, a unos cientos de metros del puerto de Mariupol, la mayor de las ciudades controladas por Ucrania en el oblast de Donetsk. A sólo algunos metros, toman el sol un puñado de bañistas en una playa segmentada por grandes defensas de hormigón desde la que se alcanza a ver la maraña de grúas y cabestrantes de los muelles.

Damien Rodríguez, en el puerto de Mariupol. Foto por Ferran Barber.

Hace sólo unas semanas que el buque español Santa María (F-81) fue ‘escoltado’ por la flota rusa del Mar Negro cuando se dirigía a Odessa junto a otros barcos de la OTAN. “That’s it. Si no estamos a las puertas de la Tercera Guerra Mundial se le parece mucho”, bromea este puertoriqueño, de 38 años. O quizá no bromee. Nunca había sido tan real el riesgo de conflagración mundial desde la Guerra Fría, aunque el país haya dejado de acaparar los titulares en primera.

A duras penas habla Damien una palabra de español. Pero entiende sin dificultades a condición de que uno elija sus palabras. Es algo habitual entre los ‘niuyoricans’. “Mi familia vino de Bayamón y de Guaynabo (Puerto Rico) a Nueva York, así que mi abuela se dirigía siempre a mí en castellano. Yo crecí en el Bronx con mis padres y mi hermano”. Rodríguez nos apremia mientras saca su petaca de un viejo Lada y se la echa al hombro en bandolera. “Será mejor que nos movamos. Tengo que regresar a mi unidad antes de un par de horas”, se disculpa, mientras apunta con el índice a un lugar en un mapa al que debemos dirigirnos: Novotroiske.

Ayer, 4 de julio de 2019, las fuerza proxies de los rusos abrieron fuego contra su puesto en trece ocasiones, y uno de sus camaradas de armas resultó herido, lo cual es algo rutinario porque los acuerdos de alto el fuego son vulnerados a diario en toda la amplia franja del frente que separa al ejército ucraniano de los separatistas prorusos. “Son sólo para la Prensa y para el show”, nos habían advertido ya. El día de nuestra cita, Damien acababa de enterrar a su comandante y su segundo, abatidos ambos por algunos soldados de fortuna de la autoproclamada República Popular del Donetsk, los secesionistas apoyados por el Kremlin. Poco después, le concedieron una medalla al valor por rescatar al comandante y a otro muchacho en medio de una lluvia de balas. Murieron ambos algo más tarde como consecuencia de sus heridas. “Fue muy duro, pero no es algo que no consideremos. Esto es una guerra”.

“¿Sabes?, entre quienes combaten con los rebeldes sí que hay muchos mercenarios. Pfffff… en verdad, la mayoría son extranjeros porque los locales fueron diezmados tras la guerra que siguió el Euromaidán. Por un lado, tienes a los rusos, que no se ocultan, y que entrenan a los separatistas. Y por otro, a muchos extranjeros de países de la antigua Unión Soviética, especialmente kazajos”, nos dice Damien. “Entre nuestros voluntarios nadie está aquí por el dinero. He escuchado decir que había unidades de chechenos combatiendo con los ucranianos que cobraban bonus especiales en función de los vehículos destruidos o las bajas enemigas abatidas, pero no conozco a un solo soldado que haya recibido esas bonificaciones. En cuanto a mí, ¿combatiría un mercenario por los 400 dólares al mes que percibo como paga?”.

Damien Rodríguez, dirigiéndose hacia el frente con su unidad, durante el invierno de 2019.

Rodríguez se unió a las filas ucranianas en 2017. Había estado peleando contra el Estado Islámico en Rojava (norte de Siria) durante los dos años precedentes y un par de camaradas de la milicia kurda en la que servía (YPG) le pusieron en la pista de Odessa y el Donetsk. Cuando luchaba con los kurdos en Rojava apenas recibía ochenta dólares mensuales por exponer su vida. ¿Qué le alentaba, entonces? ¿Qué le empujó a dejar su bien remunerado empleo en un banco neoyorquino? “Mira, creo en la libertad y creo en el derecho de la gente a no ser agredidos. Quienes me conocen saben que siempre intenté ayudar a la gente a que fueran libres. Yo respeto a mis enemigos. Ellos tienes sus razones. Aunque están equivocados. Tú mismo has visto cómo los rusos han agredido a los ucranianos y tomado para sí grandes porciones de su territorio, aunque el mundo mire hacia otro lado. No estoy aquí sólo por Ucrania. Este es sólo un ejemplo de los países que Rusia ha devastado”.

Hay varios cientos de soldados como Damien. No son necesariamente ‘turistas revolucionarios rojos o de la Alt-Right’ como los que acuden a cualquier crisis o conflicto del planeta en busca de un tablero donde mover la ficha de sus ideologías. Tampoco se venden al mejor postor, como los colombianos que combatieron con los saudíes en el Yemen o los centroamericanos reclutados por las distintas secuelas de Blackwater. Son una clase nueva de internacionalistas -a menudo de derechas, o sin ninguna ideología- en busca de trifulcas bélicas sobre las que proyectar su necesidad de adrenalina y alguna amorfa clase de pulsiones humanistas. Es posible hallarlos en todos los bandos. “Pero quienes luchan con los rusos, están del lado equivocado”, nos dice Rodríguez.

Hace sólo unas semanas, un tribunal ucraniano confirmó una sentencia de 13 años de cárcel contra un brasileño llamado Rafael Lusvarghi que había peleado con las tropas prorusas. El latino había pasado varias semanas oculto en un monasterio cercano a la ciudad de Kiev, donde fue hallado por un grupo de matones del C14 -una agrupación de Extrema Derecha- y arrastrado por las calles hasta la Justicia. Lusvargui acudió a Sebastopol atraído por la supuesta orientación comunista del proyecto político que sustenta a los rebeldes. Eso fue lo que, de hecho, vendió el Kremlin: la idea de que apoyaba a un puñado de antifascistas. En el lado ucraniano, se hizo popular tras el Euromaidán una guardia conocida como batallón Azov que fue un imán durante años para anarcofascistas y las gentes de la Alt-Right. Intentaron integrarse recientemente en el Ejército regular de Ucrania, pero Kiev no lo ha permitido.

Extranjeros de ambos bandos se enfrentan eventualmente en toda la zona gris donde patrullan unidades como la de Damien. “El vínculo de la mayor parte de los voluntarios que acudieron al otro lado es el comunismo, que es una ideología fracasada. Cuando quiera que se lleva a la práxis, siempre acaba apariendo un tipo que toma el control para esclavizar al resto de la gente. Y sí, es verdad que en el batallón Azov quedan fascistas, pero sólo unos pocos. No tienen ninguna influencia en el resto del Ejército. Es cierto que en este país se ha producido una erupción nacionalista, pero es algo reactivo… La gente ha cerrado filas después de la agresión rusa. Son muy orgullosos. Sólo quieren preservar su independencia”.

Tras más de cuatro años por distintos frentes del planeta, ya ni siquiera está seguro de que pudiera habituarse nuevamente a su antigua vida de contable. No son pocos los veteranos de Rojava que se han quitado la vida a su retorno -entre ellos, un español. Es una variante poco conocida del síndrome del veterano que presenta inicialmente los síntomas más clásicos del estrés post traumático, pero que, eventualmente, en algunos casos, ha evolucionado a algo peor, y se ha cobrado vidas. “Yo volveré a Nueva York en Navidad. Después, me gustaría visitar España y hacer la ruta jacobea. Al final del camino se halla Arges Artiaga, un miliciano gallego d la 223 por el que tengo un cariño especial, y con el que vivimos situaciones muy intensas como la muerte del canadiense Gallagher”.

Damien Rodríguez, explorando las zonas grises con sus compañeros de la Fuerza de Intervención Rápida de Ucrania.

Y para cuando dice eso, hemos llegado al frente, tras atravesar varias aldeas situadas en la primera y la segunda línea. Estamos a unos setenta kilómetros de Mariupol y los intercambios de fuego son constantes. Nunca han dejado de atacar sus posiciones, con armas ligeras y con artillería. El trabajo de Damien y sus camaradas de armas consiste cada día en exponer su vida explorando las líneas enemigas. Aunque se halle ahora en el Donetsk realizando labores de inteligencia, su destino oficial está en Odesa.

Los soldados tienen prohibido el hablar con los locales. Nadie en esa zona está seguro de a quiénes apoyan unos u otros. A menudo, muchas familias quedaron divididas por la línea que separa a los dos bandos. “Ésta sí es una atmósfera de guerra, aunque se parezca poco o nada a lo que viví en Rojava. Mucha gente se ha quedado aquí porque no tiene un lugar mejor a donde ir. Pero tenemos que ser cautos. Conservan todavía esa vieja mentalidad soviética y es difícil penetrar en sus pensamientos y sus filias”.

“Yó sólo buscaba un lugar donde ayudar a mi manera, y lo he encontrado aquí. Quizá tenga algún problema a mi retorno, aunque nunca hasta el punto de quitarme la vida. O quizá busque otra guerra”.

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