Esta nativa de Nuevo México se ha propuesto acabar con todo rastro de los conquistadores españoles

El legado español en Nuevo México ha sido cuestionado y Elena Ortiz es la líder de Red Nation que se ha propuesto eliminar todo vestigio del pasado colonial. Pero...

El legado español en Nuevo México ha sido cuestionado y Elena Ortiz es la líder de Red Nation que se ha propuesto eliminar todo vestigio del pasado colonial. Pero las estatuas no están solas. Otros hispanos defienden su memoria.

ARTÍCULO ORIGINAL en CRÓNICA de EL MUNDO

Por Ferran Barber / El Mundo @ferranbarber

“El conquistador Juan de Oñate era un asesino, un violador, un adúltero y un traficante de esclavos. Fue declarado culpable de estos y muchos otros delitos y desterrado para siempre [por el propio rey de España]. ¿Por qué alguien habría de honrar a un hombre así? Su estatua nunca debió ser erigida en Nuevo México, pero fue hermoso ver cómo la retiraban”, dice la nativa norteamericana Elena Ortiz. Y amparándose en esa y otras convicciones similares, ella y los activistas de una organización de nativos llamada Red Nation (Nación Roja) se han propuesto terminar, no solo con las estatuas de Oñate o Diego de Vargas en Nuevo México, sino con todo rastro del pasado colonial español en los Estados Unidos de América. Ni el resquemor contra las estatuas ni el discurso indigenista sobre el que se sustenta son nuevos. Pero la furia revisionista e iconoclasta que ha desencadenado el asesinato de George Floyd ha proporcionado a los nativos visibilidad adicional y más excusas para poner en entredicho el legado europeo y, ya de paso, si es posible, destruir todos sus símbolos.

No es cierto, sin embargo, que los activistas del Black Lives Matter hayan mostrado más inquina contra las estatuas de conquistadores que contra las de confederados, negreros o colonialistas anglosajones. Los censos de las piedras descabalgadas tras el asesinato de George Floyd desmienten semejante afirmación. Solo en Norteamérica se han eliminado, destruido o vandalizado alrededor de 178 estatuas (no se ha respetado ni a Cervantes ni a Jesucristo). Treinta y dos de ellas eran de Colón y diez más, de conquistadores españoles. Pero en términos absolutos, los que se han llevado la peor parte, con mucha diferencia, han sido los confederados.

A excepción de Colón, vapuleado por todo el país, las estatuas de conquistadores han caído únicamente en aquellas áreas o núcleos de California (Fray Junipero Serra) o Nuevo México (Oñate y Vargas) donde viven comunidades indígenas u organizaciones lo suficientemente ruidosas y bien organizadas como para hacer valer su influencia.

Elena Ortiz es, por así decirlo, la mujer -insiste en no ser llamada ‘líder’- que está detrás de los derribos de estatuas de conquistadores en Nuevo México, además del azote intelectual de ese pasado colonial español y la fuente de inspiración de diversos grupos de nativos que, como ella, le combaten. Las diferencias son más ideológicas que culturales. Hay hispanos y anglosajones tanto entre los defensores como entre los detractores de los conquistadores y de sus estatuas. Pero a juzgar por lo ocurrido, la partida la están ganando estos últimos. Al menos, en lo que a las piedras se refiere.

Ortiz lloró, cantó y bailó el pasado 15 de junio, cuando los responsables del condado de Río Arriba decidieron retirar cautelarmente, para evitar problemas de orden público, una gran figura ecuestre del conquistador Juan de Oñate que las autoridades de la población norteamericana de Alcalde (Nuevo México) habían emplazado 26 años antes en los exteriores de un centro dedicado a promocionar el legado hispánico de la región. Junto al pedestal donde se hallaba, un puñado de indígenas dejaron impresas las huellas de sus manos con pintura roja. Las palmas ensangrentadas son el signo distintivo de Red Nation, cuya sección de Santa Fe preside Ortiz.

La activista se niega a proporcionarnos la fecha precisa de su nacimiento, ni más fotografías personales que las que hemos publicado. “Me suelen dirigir muy a menudo mensajes de odio”, aclara.

Solo un día después de ese suceso, fue retirado también por la alcaldía otra conjunto escultórico de Oñate en Albuquerque (Nuevo México) y dos días más tarde, el pasado18 de junio, corrió idéntica suerte la estatua de Diego de Vargas en Santa Fe (Nuevo México). Ortiz llegó a la ciudad poco después de que se llevaran a Vargas y se dirigió a los congregados alrededor de la estatua “para agradecerles que hubieran retirado esos monumentos racistas y hubieran hecho finalmente lo correcto, incluso si esa decisión había sido guiada por el miedo”.

La activista -casada con un navajo- se niega a proporcionarnos la fecha precisa de su nacimiento, ni más fotografías personales que las que hemos publicado. “Es por razones de seguridad”, añade. “Me suelen dirigir muy a menudo mensajes de odio”. Nos aclara, sin embargo, que aunque creció y ha vivido en Santa Fe durante cincuenta años, “es de Ohkay Owingeh”, una pequeña localidad de 1.243 habitantes, anteriormente conocida como San Juan Pueblo. Forma parte también del condado de Río Arriba, en el estado estadounidense de Nuevo México. El 83 por ciento de su población son nativos y uno de cada cinco, hispanos de diferentes razas y orígenes.

Activistas de la Nación Roja imprimen las huellas de sus palmas sobre el muro junto al que descansaba la estatua de Oñate, en Alcalde (Nuevo México).

No es casual que varios de los grupos indigenistas que han tumbado las estatuas de conquistadores procedan, como Elena Ortiz, de Nuevo México. La mayor parte de los 40.000 indios pueblo de Estados Unidos habitan en ese estado, situado en el suroeste del país. Los pueblo son los modernos descendientes de los anasazi, la antigua civilización nativa con la que Oñate tuvo sus encontronazos. No fue él, sino Francisco Vázquez de Coronado el primer español que se aventuró por esas tierras. Oñate regresó en 1598 con el fin de afianzar el poder de España, lo que desencadenó una insurrección que el conquistador reprimió con proverbial dureza. La expedición militar de castigo que lideró se saldó con la muerte de ochocientos indígenas. Muchos de los supervivientes fueron esclavizados y mutilados. El propio rey le reprobó por su conducta y le obligó a volver a España. Había contravenido todos los códigos militares de la Conquista y se le deshonró por ello.

Casi un siglo después, en 1693, Diego de Vargas intentó sofocar una sublevación mediante un asalto militar que se cobró también la vida de cientos de nativos. Las muchedumbres que han logrado la retirada momentánea de las estatuas de los conquistadores en Nuevo México son, esencialmente, los descendientes de esos indios pueblo, acompañados, aquí y allá, por otros activistas del movimiento Black Lives Matter a los que conecta el estandarte del anticolonialismo.

“Recuerdo cruzar la plaza con mi padre y ver todavía la palabra “salvaje” visible sobre el obelisco [de Kit Carson]”, explica Elena Ortiz. “Fue entonces cuando me enteré de quién había sido realmente Carson [un trampero legendario]. Por supuesto, me sentí muy furiosa cuando en 2007 se colocó una estatua de Vargas en el parque de la catedral de Santa Fe. Sabía quiénes eran esas personas y qué representaban. Había oído hablar de la revuelta de los pueblo. Pero en aquel entonces, nunca pensé que vería cómo se llevaban la Entrada [la figura ecuestre de Oñate]. Tampoco pensé que retirarían la estatua de Oñate de Alcalde, y ahora se ha ido. Jamás imaginé que vería a Vargas desterrado y se lo han llevado ya. Y este trabajo no lo han hecho políticos o líderes tribales, sino la gente común”.

Elena Ortiz no habla bien español. No lo suficientemente bien, al menos, para sentirse cómoda en la conversación que mantenemos. Su abuela y su padre sí lo hablaban. El apellido, sin embargo, insinúa una procedencia que prefiere no aclararnos. “Los españoles se los daban a todos los nativos para crear un censo con fines impositivos”, dice, como si quisiera descartar de esa manera cualquier remoto vínculo con lo “hispano”. Admite, sin embargo, que se siente muy cercana a los maya de Guatemala.

Inmediatamente después del tiroteo, las redes sociales se incendiaron con los comentarios de los defensores y los detractores de unos y otros, y con fotogramas para acreditar que el malherido Williams portaba o no portaba un arma blanca

Quien sí tiene un apellido -y un celebrado origen- español es Steven Ray Baca, un miembro de una milicia local de Albuquerque que se zafó a balazos de un antifa, Scott Williams, tras protagonizar un altercado en las inmediaciones de la estatua de Oñate. Baca -hijo de un sheriff local- se introdujo el pasado 16 de junio entre la muchedumbre que clamaba por la retirada de la figura del español y tras empujar a unas mujeres, por causas no aclaradas, intentó salir corriendo de la zona. Williams intentó darle caza corriendo e hizo ademán de golpearle con un monopatín, tal y como ha quedado registrado en varios vídeos. Lo que los tribunales deberán decidir ahora es si el agresor le disparó en legítima defensa o no.

Inmediatamente después del tiroteo, las redes sociales se incendiaron con los comentarios de los defensores y los detractores de unos y otros, y con los fotogramas de quienes pretendían acreditar que el malherido Williams portaba o no portaba un arma blanca y si, por tanto, Baca se limitó a salvar su vida.

Este debate ha demostrado también una vez más que muchos de los defensores de Juan de Oñate y los conquistadores son latinos de Nuevo México, absolutamente identificados con la memoria, no solo de lo hispano, sino de lo netamente español. Hay latinoamericanos a uno y otro lado de las estatuas y a uno y otro lado de la Guardia Civil que trataba de salvar a Oñate y a los suyos.

Una organización privada de la población de Española, en Nuevo México, sigue rindiendo tributo a Oñate y al pasado español, durante sus fiestas locales.

Una parte importante del apoyo que Baca está recibiendo procede de grupos tradicionalmente anglosajones cercanos a la órbita del Tea Party. “No voy a hablar de la Guardia Civil de Nuevo México a la que Baca pertenecía. Pero sí es verdad que estos grupos de odio han sido alentados y envalentonados por la administración racista de Washington DC”, dice la líder de Red Nation.

“Baca es un hispano que cree en la supremacía blanca”, sostiene Elena Ortiz. “Probablemente, piensa que los orígenes españoles que reclama le otorgan el privilegio de ser blanco. Hay mucha de esa creencia aquí en Nuevo México. Y todo eso conecta con el sistema de castas que se estableció en el área, basado en el privilegio de tener sangre española y poder menospreciar al indígena. Es el legado del colonialismo.

La controversia sobre Oñate no solo no es nueva, sino que hace años que divide a la propia comunidad hispana. En 2018, el concejo local de la Española (Nuevo México) decidió dejar de patrocinar una festividad en la que se conmemoraba la llegada del español con una cabalgata en la que desfilaba el militar junto a una camarilla de soldados, frailes y un explorador indio. Pero en su lugar, cogió el testigo una fundación privada. Solo el coronavirus ha impedido este año que se siga celebrando, de acuerdo a la costumbre, aunque a lo largo de los años se han introducido algunos cambios para hacerlo más políticamente correcto y más ampliamente digerible. Quienes defienden esta tradición no se sienten víctimas del colonialismo, sino la consecuencia de su herencia mestiza.

Por lo demás, el fenómeno de las estatuas es universal y los argumentos en defensa de esos símbolos de piedra, españoles o no, han reverberado en todo el mundo con similares ecos.”¿Deberíamos pedir perdón por nuestro origen y nuestra identidad? ¿Deberían derribar los franceses las estatuas de Julio César?”, se ha repetido a menudo desde este lado del Atlántico. “¿Sabes? Eso es bastante divertido — nos responde Elena Ortiz— . Me hablas de colonizadores luchando contra colonizadores a propósito de estatuas de colonizadores. Los nativos americanos nunca navegaron a Europa para tratar de robar las tierras españolas. Por lo que a mí respecta, todas las estatuas de hombres deberían apearse de sus pedestales. Especialmente los que glorifican la conquista, la violencia y la guerra que los europeos extienden por todo el mundo como una enfermedad”.

—No hemos visto, sin embargo, caer las estatuas de Custer, pese a haber asesinado a sangre fría a cientos de niños, mujeres y viejos lakotas —le espetamos.

—Custer necesita ser apeado del pedestal, y otras tribus están trabajando en ello. Si se ha hablado mucho más de las estatuas de Nuevo México es debido a la Nación Roja. Somos muy visibles y la Prensa desea saber acerca de nosotros. Además, las comunidades tribales del oeste y el suroeste de los Estados Unidos han quedado más intactas culturalmente y tienen más capacidad de movilización. En el este, se hallan mucho más fracturadas.

—Se diría que los medios norteamericanos son bastante más tolerantes con la memoria de sus negreros. Véase a George Washington. El mito de John Wayne aún sigue vivo.

—El icono de John Wayne también está cayendo. Y Andrew Jackson. Estadounidenses, británicos, franceses… todos fueron igualmente malos. Dentro de una habitación, quizá podrías conseguir que todos reconozcan que este país fue construido con tierra robada. Pero lograr que se reescriban los libros de historia es un asunto diferente porque los estadounidenses están aún muy apegados a esa noción de los “padres fundadores”. Estarían mucho menos interesados en unos libros de historia que se refirieran a ellos como los “ladrones fundadores y asesinos”. Pero estamos trabajando en todo ello… Iremos a por Washington, Lincoln, Jefferson y luego, el monte Rushmore.

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