Estas son las drogas que han ayudado a los milicianos a combatir contra los yonquis del ISIS

Los yihadistas del Estado Islámico no han sido los únicos que se han servido de drogas para hacer frente al miedo y la fatiga en Irak y Siria. También...
Milicianos kurdos de las SDF hablan en Raqqa de las incautaciones de drogas al DAESH. Foto por Ferran Barber & Freedom & Worms

Los yihadistas del Estado Islámico no han sido los únicos que se han servido de drogas para hacer frente al miedo y la fatiga en Irak y Siria. También muchos milicianos que han combatido contra el Daesh se han servido de ellas con frecuencia. La más común es un opiáceo conocido como Tramadol, pero existen otras muy populares como la ketamina o una variante de benzodiazepina llamada coloquialmente Zulam.

BARCELONA10/03/2019 12:15 Actualizado: 10/03/2019 12:15

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FERRAN BARBER@ferranbarber

Son usualmente conocidas como “las drogas de los yihadistas”, haciendo especial referencia a una variante de la metanfetamina comercializada como “Captagón” porque los líderes del Estado Islámico se sirven masivamente de ellas para infundir moral a sus combatientes o, llegado el caso, ayudarles a embarcarse en alguna de las acciones suicidas por las que son proverbialmente conocidos.

Lo que se ha ocultado hasta la fecha es que el uso de tranquilizantes y sicofármacos se ha extendido a todos los bandos que intervienen en los conflictos que hoy se libran tanto en Oriente Medio como en buena parte del planeta. Es un secreto a voces que también las fuerzas kurdas o árabes que combatieron en Irak y Siria se han servido y se sirven de opiáceos, estimulantes o benzodiazepinas sin fines terapéuticos para hacer frente a la peor de las dolencias que afectan al soldado: el temor a la muerte y el dolor. Los nazis tenían el Pervitin.

La más popular de las drogas a las que han recurrido, entre otros, el Ejército Libre de Siria (FSA), las diferentes unidades de las Fuerzas Democráticas de Siria (SDF, según sus siglas inglesas), algunas milicias chiítas de Al Hashd Al Sha-Abi (Fuerzas de movilización Popular) o los peshmerga de Barzani es una variante en píldora del Tramadol procesada en la India, claro que existen más.

“Benzos” del Tercer Mundo

El uso del Tramadol -popularmente conocido como Trama- u otros opiáceos entre quienes combatían al Estado Islámico o el Ejército Árabe Sirio de Bashar Al Assad no es completamente generalizado, pero sí muy común; demasiado común, de hecho, como para pasar por alto que son muchos los soldados que han regresado del frente enganchados a alguna variedad de opiáceos o de tranquilizantes.Alguien se ha hecho de oro traficando con las llamadas “pastillas amarillas”

A falta de otras herramientas terapéuticas y en ausencia de verdaderos médicos, en los hospitales de sangre y las enfermerías de los frentes se dispensan a menudo descontroladamente estas drogas farmacéuticas. Y el consumo ocasional ha devenido con frecuencia en adicción. Como consecuencia de ello, los conflictos sirios e iraquíes han enfrentando a menudo a toxicómanos contra toxicómanos; milicianos exaltados por estimulantes o serenados por benzodiazepinas y derivados farmacológicos del opio fabricados en el Tercer Mundo con vistas, esencialmente, a su venta ilegal. Alguien se ha hecho de oro traficando con las llamadas “pastillas amarillas”, pese a que su precio en el mercado negro de Oriente suele ser irrisorio, de acuerdo a los criterios europeos (menos de un euro por una tableta de hasta diez píldoras).

El asunto se ha ocultado con frecuencia para no ensuciar la imagen de las milicias que combaten al DAESH. En su descargo hay que decir que el alcance y la extensión de la adicción y las prescripciones no terapéuticas es variable y en ningún caso comparable al de los yonquis del Estado Islámico, junto a cuyos cadáveres se halla con frecuencia, además del cinturón explosivo, un reguero de pastillas de Captagón o Tramadol. De hecho, no pocas de las drogas de origen farmacológico utilizadas en los frentes donde se ha luchado contra los “yihadis” del ISIS u otras milicias islamistas como los mercenarios turcos de Afrin procedían de los alijos incautados al enemigo. A todos los efectos, estos sí pueden ser descritos commo una horda de drogadictos.

En todos los bandos

Ni uno sólo de los bandos en el conflicto de Oriente Medio ha impedido su uso. “¿Que si sigo tomando Tramadol?”, nos dice esbozando una sonrisa un ex miliciano de las FSA (Ejército Libre de Siria, de acuerdo a sus siglas inglesas), Mohammad A.M., a quien hallamos caminando por el barrio barcelonés del Raval, en compañía de otras dos sintecho catalanas. “Me recetaron las pastillas cuando caí herido en Daraa por una ráfaga de ametralladora, pero después no conseguí dejarlo completamente. Hace que te sientas bien y te da fuerza”.

El sirio -oriundo de una población cercana a Kamisli- vive ahora en un squat de Barcelona, mientras busca a algún médico que le extraiga la última bala que todavía alberga entre el corazón y los pulmones. Con el fin de ayudarle a aliviar el dolor intenso que le provocan sus secuelas, ha conseguido que los médicos españoles le sigan prescribiendo Tramadol.

Variedad inyectable del Tramadol utilizada en los hospitales de Siria y Sinyar. Foto por Ferran Barber

“Me suelo tomar tres o cuatro diarias de 50 milígramos”, dice mientras hace ademán de abrir la mochila para mostrarnos las pastillas. Pero luego se detiene en seco, como si de pronto sospechara que quizá no sea tan buena idea dejarse fotografiar sosteniendo una tableta. “Las de Siria son mejores, de 200 milígramos. Y me tomaba a veces tres o cuatro al día. Las de aquí, como mucho, son de cien”, añade. Cierto.

Matando moscas a cañonazos

La legislación europea prohíbe la comercialización de pastillas de Tramadol con un contenido superior a 100 milígramos. Normalmente, se prescriben como analgésicos para casos de dolor agudo como el de Mohamed que no responden a otros antiinflamatorios. Se sabe que en España se están incrementando de manera muy notable los casos de adicción al Tramadol, pero el problema no reviste la magnitud de una pandemia, tal y como sí está a punto de ocurrir, por ejemplo, en las sociedades de Egipto, Ghana, Afganistán o la propia Siria, donde el consumo se ha extendido a la población civil, y ello incluye a mujeres y niños. En este caso, la gente se prescribe y automedica para sanar del dolor de la indigencia y de la estela de los traumas que suelen dejar atrás las guerras. También en Yugoslavia u otros países devastados por conflictos se dispararon en su día las tasas de adicciones.Se sabe que en España se están incrementando de manera muy notable los casos de adicción al Tramadol

A esas razones, más antropológicas y profundas, se suman las grandes campañas de descriminalización de los opiáceos que hace más de una década apadrinaron grandes compañías farmacéuticas como Big Pharma. Si llegara a extenderse el uso de fármacos como el Fentanilo -el asesino de Tom Petty y Prince-, los muertos se contarían por millares.

“Con mis propios ojos vi varias veces como los suboficiales perhmerga repartían entre la tropa Tramadol antes de llevar a cabo alguna acción durante la ofensiva de Mosul”, nos confirma otro de los militares españoles que combatieron en la reconquista de esa ciudad. Se da la circunstancia de que tanto en la zona controlada por el Gobierno de Bagdad como en el Kurdistán iraquí se penaliza duramente no sólo la venta, sino el consumo de drogas. Es decir, de una parte los gobiernos castigan el uso y el tráfico de sustancias por parte de la población civil y de otra, se proporciona extraoficialmente drogas a los soldados para incrementar su rendimiento en el combate, algo que, por otra parte, nadie está dispuesto a reconocer.

Basora es el gran centro neurálgico del tráfico de drogas iraquí y la metanfetamina y el Tramadol, por ese mismo orden, las dos sustancias más populares consumidas por la población árabe con fines lúdico-recreativos. En la ciudad kurda de Suleimania, la Asayish (policía kurda) incautó el pasado año varios miles de pastillas de metanfetamina y Tramadol.

No existen datos oficiales del alcance del consumo de drogas en la Federación Democrática del Norte de Siria -conocida popularmente como Rojava-, pero tal y como afirma uno de los voluntarios españoles que se encuentran combatiendo en ese área, “algo debe estar pasando cuando han organizado una campaña en contra del consumo de sustancias y han llenado la zona de carteles”. Se sabe igualmente con certeza que en las prisiones de Derik (Rojava) y Erbil (Kurdistán iraquí) hay un número significativo de traficantes de drogas entre los presos políticos y comunes. Recientemente, los kurdos de Siria despenalizaron el consumo.Entre los árabes, y cuando están en marcha operaciones militares, suele distribuirse un fármaco estimulante conocido como ‘Corticol’

Al igual que otros guerrilleros españoles, el mencionado voluntario de las YPG está dispuesto a hablar de su experiencia personal en las milicias kurdas y yazidíes de las Fuerzas Democráticas de Siria a condición de no revelar su identidad. “Creo que entenderás por qué. Admitir que el consumo de drogas es más que significativo y habitual ensucia la imagen de mi unidad, de modo que mantén mi nombre al margen”, nos pide, al tiempo que nos aclara: “No es, digamos, masivo si por tal se entiende su distribución sistemática entre la totalidad de la tropa, pero de acuerdo a mi experiencia, lo normal es que en un tabur o unidad de veinte milicianos, al menos cuatro o cinco estén enganchados al Tramadol. Entre los árabes, y cuando están en marcha operaciones militares, suele distribuirse un fármaco estimulante conocido como ‘Corticol’. Esto sí se hace de un modo generalizado, y el reparto incluye a los voluntarios extranjeros. Yo nunca lo he tomado, pero tengo entendido que mejora el ánimo y sobre todo, la resistencia de una forma muy significativa”.

Corticol y Zulam

El fármaco al que se refiere este miliciano -nos precisa otro de los voluntarios españoles que trabaja en labores civiles, dentro de una unidad militar- es la “corticoliberina”, una hormona esteroidea cuya secreción se incrementa de forma natural con el estrés. Ingerido como droga, combate la fatiga y permite resistir al combatiente incluso durante largas marchas nocturnas, aun cuando portan consigo grandes pesos. “Que no salga de mi boca, pero el uso del Trama es muy habitual aquí, desde los mandos a soldados. Todo el mundo te lo pide cuando saben que has de visitar la enfermería”, apostilla este miliciano, integrante de una de las unidades afiliadas a las SDF. No cabe ni la menor duda de que, en contra de lo que se venía sosteniendo, las drogas han sido consumidas descontroladamente en todos los bandos que intervienen en los conflictos de Mesopotamia.

Variedad inyectable del Zulam, fotografiada en un centro sanitario de Sinyar. Foto por Ferran Barber

¿Se utilizó también masivamente el Tramadol u otras sustancias entre las fuerzas aliadas kurdo-árabes que combatieron al DAESH en frentes como Raqqa, Serekaniye, Deir ez Zorr o Afrin?Definitivamente, sí. “El uso de fármacos potentes está en Siria a la orden del día. Los médicos son lo que son; los facultativos buenos se van a Europa y los que quedan hacen lo que pueden. De hecho, a menudo, ni siquiera son médicos”, nos aclara otro de los voluntarios españoles que lucharon en Raqqa y la ribera del Jabur.

Una semana antes de la caída de la ciudad, visitamos la enfermería de Raqqa -otrora capital del califato-, y el personal sanitario -un par de voluntarios árabes pertrechados de buenas intenciones y algunos conocimientos médicos- nos confesaron que el Tramadol es, a menudo, todo cuanto tienen, si no para sanar a los soldados, sí para aliviar su dolor o aplacar sus temores. En los estantes del hospital de sangre ocupaba un lugar especial una variante india de ese fármaco que, en los peores casos, y cuando en verdad se precisa de manera legítima con fines analgésicos, acostumbra a administrarse en su forma inyectable.

“Yo soy el responsable de los servicios sanitarios de esta zona de Irak -nos cuenta otro militar español- y tengo el Trama bajo llave. Sólo puedo autorizar el consumo de los inyectables en casos extremos, aunque es verdad que mucha gente se ha hecho adicta a las pastillas amarillas”, la variedad en píldora del derivado opiáceo. “Están tan enganchados a ellas como al tabaco, y piensa que la posesión de una sola pastilla está penada en el Kurdistán con seis meses de cárcel. Que estén dispuestos a correr el riesgo te dará la medida de su dependencia. Además -nos aclara-, suelen echar mano de otras sustancias como la ketamina o una benzodiazapina llamada Midazulam. Los kurdos y los árabes suelen referirse a ella por su abreviatura: Zulam.

Ketamina y Diazepan

La ketamina es un anestésico bien conocido en Europa, donde es ampliamente consumido con fines recreativos. Es comercializado con nombres como ketolar y distribuido por varias firmas farmacéuticas menores. En dosis muy inferiores a las que producen anestesia, proporciona experiencias sicodélicas de gran intensidad. Tanto la ketamina como el Midazulam y las distintas variantes comerciales con las que se distribuye el Tramadol suelen ser introducidos en los frentes a través de países como Libia, a donde a su vez han sido enviados desde la India vía Europa. En junio de 2016, se descubrió un alijo de Tramadol en Barcelona con la ayuda de la DEA, la agencia norteamericana de lucha contra los estupefacientes. Tenía como destino el puerto libio de Tobruk.

El Midazulam viene a ser el equivalente de lo que en España es mencionado con la denominación comercial de Diazepam. Asimismo, es infaustamente conocido porque es uno de los tres fármacos utilizados en el cóctel con el que se quitó la vida al reo estadounidense Clayton D. Lockett. Hace unos pocos años, las farmacéuticas se negaron con diversos subterfugios a proporcionar el Pentotal a los estados norteamericanos que aún mantienen la pena máxima en su legislación, y este fue reemplazado por Zulam, lo que dio lugar a patéticos episodios como la mencionada ejecución del estado de Oklahoma. Treinta minutos después de que se le administrara la inyección letal a Lockett, el condenado aún se convulsionaba y murmuraba. Tal fue el desastre de esta ejecución que reavivó el debate sobre la pena de muerte en Norteamérica, y proporcionó poderosos argumentos a quienes se oponen a ella.

En los frentes de Siria e Irak, el Midazulam suele prescribirse como tranquilizante para hacer frente al estrés que provocan las acciones bélicas, lo que también ha franqueado el paso que conduce de una ingesta justificada a miles de casos de adicciones. Ni siquiera el propio personal sanitario de Oriente Medio ha logrado mantenerse al margen de las drogodependencias. Cuanto más sencillo es el acceso, más tentador el consumo de sustancias estimulantes, sicotrópicas o tranquilizantes. Las drogas y los conflictos bélicos han caminado de la mano desde el principio de los tiempos gracias al monopolio que ejercen los estados sobre la definición de “legítimo”, “oportuno”, “legal” o “moral”.

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