Indio sobrio, indio peligroso: los lakota de Pine Ridge, en pie de guerra por la ley seca

Los descendientes de Toro Sentado decidirán el próximo 10 de marzo en un referendo si ponen fin a más de un siglo de ley seca en Pine Ridge, la...

Los descendientes de Toro Sentado decidirán el próximo 10 de marzo en un referendo si ponen fin a más de un siglo de ley seca en Pine Ridge, la reserva más icónica de Estados Unidos. El grito de guerra de los ex alcohólicos que se niegan a abrir el grifo: “Indio sobrio, indio peligroso”. Frente a ellos, el consejo tribal está empeñado en permitir el trago.

Artículo original aparecido en Crónica de EL MUNDO

Por Ferran Barber @ferranbarber

“Esos idiotas codiciosos del consejo tribal de la reserva de Pine Ridge son los que alientan esta idea de autorizar la venta de alcohol en el casino de Prairie Wind”, dice el artista oglala Patrick Joel Pulliam. “Son incapaces de pensar fuera de la caja registradora, además de unos bribones notoriamente corruptos”.

No es la primera vez que los nativos de Pine Ridge votan acerca de ello. Lo hicieron ya en 2013 y en aquella ocasión ganó por un estrecho margen la opción anti prohibicionista. Como la decisión no era vinculante, se mantuvo la ley seca y la reserva continuó siendo el único territorio de Dakota del Sur donde la venta y posesión de alcohol era punible.

Así ha sido hasta el día de hoy, prácticamente desde que un acta suscrita el 2 de marzo de 1889 concediera 8.984 kilómetros cuadrados de tierras situadas junto a la frontera de Nebraska a estos indios lakota de la rama oglala a los que los europeos se referían como ‘sioux’. Solo quince años antes de la creación de la reserva -una de las más vastas del país-, un grupo de guerreros de esta tribu comandados por Caballo Loco y Toro Sentado habían hecho morder el polvo al General Custer y sus tropas.

Claro que lo que no logró el Séptimo de Caballería en la batalla de Little Big Horn, lo consiguió más tarde el güisqui. “Cada vez que uno entra en el centro de Pine Ridge se da de bruces con 50 oglala severamente alcoholizados pidiendo para un trago”, se lamenta Pulliam, de 51 años, ex veterano del Ejército de los Estados Unidos, y uno de los líderes que acaudillan la facción que aboga por la ley seca. “Sabemos que mantener la prohibición no impedirá que los lakota sigan bebiendo. De hecho, el cierre de Whiteclay en 2017 aún empeoró el problema. Pero al menos ahora ya no se desmayan por las calles”.

El lugar que Joel menciona -Whiteclay, literalmente ‘arcilla blanca- era una especie de agujero polvoriento del Far West con catorce almas censadas donde existían cuatro tiendas a las que los nativos acudían a proveerse de licores y cervezas. Los almacenes funcionaban legalmente porque se encontraban en los márgenes exteriores de Pine Ridge, y por tanto, fuera de la jurisdicción tribal y no sujetos a la prohibición todavía vigente.

Whiteclay fue creado prácticamente al mismo tiempo que la reserva como una especie de cinturón de seguridad de 8o kilómetros donde se impedía la venta de alcohol a los nativos

Whiteclay fue creado prácticamente al mismo tiempo que la reserva como una especie de cinturón de seguridad de 8o kilómetros donde se impedía la venta de alcohol a los nativos. En 1904, el propio Theodore Roosevelt redujo la franja a poco más de un kilómetro y medio y los mercaderes se aprovecharon de las nuevas circunstancias para establecer los cuatro negocios a los que acudían a beber los indios de Pine Ridge. Se les llamaba ‘ranchos de güisqui’.

Hasta que en abril de hace tres años la Comisión de Licores de Nebraska les retiró finalmente la licencia, Whiteclay era un imán para centenares de nativos alcohólicos, muchos de los cuales convirtieron en su hogar los aledaños de las tiendas. Tan solo en 2010, los cuatro almacenes de esa pequeña comunidad de bodegueros del condado de Sheridan vendieron 4.900.000 latas de cerveza a los oglala.

Patrick Joel Pulliam.

De acuerdo al censo de 2017, en la reserva hay una población total de 19.779 personas, incluidos niños y ancianos, lo que significa que los indios consumían una media de 248 unidades de cervezas anuales. Semejante índice explica, entre otras cosas, que tengan la esperanza de vida más baja de Norteamérica o que la prevalencia de enfermedades hepáticas entre estos sioux haga arder los libros de estadísticas. Su renta per cápita está más cerca de la de Haití que de la media nacional.

Por decenas podía verse a muchos de estos sintecho alcohólicos en Whiteclay, literalmente derrumbados sobre las aceras; mendigando; peleando o eventualmente, matándose entre ellos a disparos. El alcance del problema era y es espeluznante. Uno de cuatro niños nacen con el síndrome fetal alcohólico y cerca de dos tercios de los nativos viven aferrados a una botella.

Patrick Joel Pulliam era uno de ellos. “No solo fui alcohólico. Incluso llegué a movilizarme contra los grupos que defendían el cierre de Whiteclay”, nos dice. Pulliam nació en Pine Ridge, aunque vivió en Saint Paul (Minnesota) hasta los diez años (1979), cuando su padre lo llevó de vuelta a la reserva. Se enroló en el Ejército en 1987. En 2003 se unió a un grupo cristiano llamado Lakota Hope Ministries y organizó mercados de arte hasta 2005. Todavía hoy vive de sus dibujos y grabados. Según su propia confesión, durante todo ese tiempo de su vida fue un borracho en el peor de los sentidos.

“Creía que Dios me había concedido el derecho divino de consumir cuanto quisiera”, nos cuenta. “Pero en septiembre de 2016, visité la reserva lakota de Standing Rock y eso lo cambió todo. Me enfrenté a mis demonios y comprendí cuánto había hecho sufrir a mi familia y mis amigos y hasta qué punto yo era un peón de los intereses corporativos de los Estados Unidos. Desde entonces, soy un servidor de nuestras abuelas, portadoras de la sabiduría de nuestro pueblo”. Esa fecha marcó también la vuelta de Joel Pulliam a la espiritualidad nativa. Regresó a Pine Ridge en abril de 2017, y todavía está sobrio desde aquel 30 de abril en que se prohibió el alcohol en los márgenes del territorio indio.

A diferencia de otras casas de juego, las mesas del Prairie Wind casi siempre están vacías y el grueso de sus clientes son los propios lakota, que añaden a un problema de alcoholismo, otro de ludopatía.

Pulliam es una de las voces más influyentes de ese grupo disidente que, en contra del criterio del consejo tribal, se opone a que se venda alcohol en Prairie Wind. Con tal nombre se conoce un casino situado en el territorio bajo soberanía lakota y apenas frecuentado por los blancos. A diferencia de otras casas de juego como las que gestionan sus primos de la tribu Shakopee Mdewakanton -los nativos más opulentos de Estados Unidos-, las mesas del Prairie Wind casi siempre están vacías y el grueso de sus clientes son los propios lakota, que añaden, de este modo, a un problema de alcoholismo, otro de ludopatía.

“Queremos que se autorice la venta de bebidas en el casino porque está demostrado que eso le ayudará a ganar clientes”, nos dice una oglala partidaria de que se levante la prohibición. La pequeña comunidad de Pine Ridge se encuentra despedazada por las rivalidades de un puñado de familias. Sus diferencias personales condicionan a menudo las adhesiones y las fobias de los nativos y, en este caso, explican que nuestra entrevistada no desee señalarse públicamente como contraria a la ley seca. “Si tal y como se encuentra demostrado, viene más gente y se queda más tiempo, también aumentarán los ingresos obtenidos mediante los impuestos y, como consecuencia, los recursos sociales de los que se disponen para ayudar a nuestra gente”, nos aclara.

Abundando en esa idea, los líderes del consejo tribal sostienen que si se incrementa la clientela del casino será también posible organizar más espectáculos y, en última instancia, generar puestos de trabajo y combatir el desempleo, que es probablemente la segunda lacra que devasta la reserva. En ese mismo referendo, los oglala deberán decidir en otras dos preguntas separadas si desean legalizar el consumo de cannabis medicinal y el de marihuana recreativa. De las cerca de 20.000 personas censadas en Pine Ridge, algo más de la mitad poseen la edad legal para ejercer el voto, pero a juzgar por las consultas precedentes, nunca suele votar más del diez por ciento de ese censo, de modo que poco más de mil personas podrían determinar qué destino corre esa ley seca centenaria.

“El cierre de Whiteclay trajo mucha esperanza a quienes como Patrick están tratando de recuperarse pero hay también quien lo ve como un inconveniente porque ahora tienen que conducir muchos kilómetros para conseguir su licor o comprarlo de contrabando en la reserva”, nos dice otra nativa llamada Pavandeep Khalsa Swiftbird. No es su nombre legal sino elegido y significa, literalmente, ‘Mujer de fuerte corazón’. Pavandeep es lakota oglala de adopción aunque descendiente de cheroquis, por parte paterna, y perteneciente, por la vía materna, a una tribu de las Grandes Llanuras conocida como Osage.

Patrick Joel Pulliam no es ajeno a este problema que menciona Vandeep. “Sí, es cierto, que a alguna gente le molesta que hoy sea más difícil emborracharse, como también lo es que tras el cierre de Whiteclay se ha incrementado el contrabando en la reserva. Los traficantes venden vodka barato mezclado con alcohol, licores malteados e incluso desinfectante para manos a cualquiera que tenga dinero, y eso incluye a niños de 10 años y a sus propias familias. Pero la cuestión aquí es hacer lo correcto. Nuestros antepasados conocían la importancia de mantenerse sobrio porque vieron los efectos devastadores del licor en nuestro pueblo. Así que muchos tradicionalistas y gente como yo, que ha vivido una existencia de alcohólico y que ahora se mantiene sobria, entendemos que lo importante es preservar a los oglala de cuanto contamina sus vidas y su cultura”, dice.

Con todo, Joel cree que los abolicionistas ganarán. “Esos granujas del consejo tribal han hecho suyas las tácticas genocidas que han condenado a los lakota a la pobreza. Gastan millones en viajes y en beneficio de sus camarillas elitistas pero no mueven un dedo para detener a los traficantes de droga y a los contrabandistas de licor. Además, solo a ellos se les ocurre incluir en la consulta electoral dos preguntas sobre el cannabis, cuyo consumo no es comparable al del alcohol. La mayoría de los estadounidenses blancos ya perciben a los lakota de la reserva como un puñado de borrachos, drogadictos, vagos y maleantes. El reunir la marihuana y el alcohol en un mismo referendo aún refuerza más ese estereotipo”. Es sabido que la metanfetamina también está haciendo estragos en Pine Ridge.

La nativa osage Pavandeep Khalsa Swiftbird, también ex alcohólica y ex toxicómana.

Existe, por otro lado, otra cuestión colateral relacionada con los debates que ha reabierto la consulta. “Cada reserva de América se considera una nación soberana o semisoberana bajo el departamento de Interior del Gobierno Federal de Estados Unidos, así que cada cual posee una regulación diferente del consumo de alcohol”, aclara Pavandeep Khalsa Swiftbird, también ex alcohólica y ex toxicómana. “Muchas tribus dependen de los ingresos provenientes de los casinos. Sin embargo, lamentablemente, algunas casas de juego no han conseguido ser las trampas para turistas que estaban destinadas a ser y solo obtienen ingresos de los propios nativos. Y eso, a costa de destruir las economías tribales. Los abuelos que antes contribuían a ayudar a las comunidades durante las vacaciones ahora gastan su dinero en los casinos y a menudo pierden sus hogares por la ejecución de la hipoteca”, añade.

No es un asunto insignificante porque muchos oglala dependen de estos mayores para criar a los hijos y los nietos, dado que los padres enganchados al alcohol o la metanfetamina, no están en condiciones de hacerlo.

De momento, las espadas siguen en alto y la comunidad oglala de Pine Ridge, se halla más enfrentada que nunca.

“Cuando el gobierno de los Estados Unidos comenzó a instalar a nuestros pueblos en campos de prisioneros de guerra, obligaba a los hombres que acudían a buscar las raciones de comida a beberse en su presencia una botella de güisqui. El alcohol siempre fue usado contra nosotros como un arma de guerra y la mezcla de licor con todas esas generaciones de trauma es una receta perfecta para el desastre. Fueron abusos que envenenaron a nuestras familias y que han causado nuestra destrucción”, dice Pavandeep.

De momento, las espadas siguen en alto y la comunidad oglala de Pine Ridge, se halla más enfrentada que nunca. Bien es verdad que lo de su división no es nuevo. “Siempre tenemos que recordar que fue nuestra propia gente la que mató y despedazó los cuerpos de Caballo Loco y Toro Sentado a cambio de la seguridad que les ofrecieron los colonizadores. La historia se repite en bucle y hace poco una compañía consiguió que un tramo clave del oleoducto de Dakota atravesara una reserva sobornando a una sola familia con 50.000 dólares. Divide y vencerás”, concluye ‘Mujer de fuerte corazón’.

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