La patrulla de los osos polares

Un pequeño ejército de superdepredadores sitia cada año un asentamiento ruso del Extremo Oriente y estos tres voluntarios se interponen entre ellos y los humanos Ferran Barber @ferranbarber VER...

Un pequeño ejército de superdepredadores sitia cada año un asentamiento ruso del Extremo Oriente y estos tres voluntarios se interponen entre ellos y los humanos

Ferran Barber @ferranbarber

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Desde hace algo más de diez años, el remoto asentamiento ruso de Ryrkaypiy es literalmente sitiado durante varios meses por entre veinte y sesenta plantígrados enormes. La llamada ‘Patrulla del oso’ -Tatiana, Valery y Maxim- protege a los humanos de los superdepredadores, y a la inversa. ¿Quién ha invadido a quién?

“Salió a tirar la basura y la mató un gran oso blanco”, nos dice un trabajador de Ryrkaypiy a propósito de lo que le ocurrió a una niña hace unos años en el remoto asentamiento de Vankarem, situado en Chukotka, una de las regiones más gélidas, orientales y despobladas de la República Federal de Rusia. Hay una vieja foto de esa misma aldea en un diario de la época donde se ve a una mamá y sus tres oseznos caminando con andares zambos por la playa a los pies de un edificio mientras los paseantes se aproximan desde la distancia. No es la primera vez que los residentes de Vankarem proponen restaurar la caza hoy prohibida de los osos polares, apelando a los derechos tradicionales de las tribus locales.

Hace sólo un par de décadas las incursiones del gran depredador del Ártico en lugares habitados eran hechos singulares, apenas documentados gráficamente. Pero a medida que suben las temperaturas en la tundra y simultáneamente se acelera el deshielo o se retrasa la congelación del océano en los litorales de la zona del permafrost, los osos han tenido que reinventarse y los desencuentros han devenido más frecuentes. Sólo el año pasado, varios asentamientos rusos fueron literalmente cercados por pequeños ejércitos de plantígrados. Uno de los casos más sonados fue el de Novaya Zemlya, donde el Ejército tuvo que patrullar las calles a partir de febrero tras declarar el estado de emergencia.

Los osos polares dan cuenta de varios cadáveres de morsa en las proximidades del asentamiento ruso. Foto por Maxim Demirov.

La Prensa sensacionalista ha encontrado una veta fabulosa en estas historias y eventualmente describe a los ‘invasores’ como enloquecidas bestias agresivas dando caza a humanos por las calles, sustentando las informaciones en alguna foto, a veces hilarante, de algún oso despistado entrando en el patio de una jrusova o mirando curioso a través de una ventana. En cierta manera, los consejos divulgados en su web por las autoridades municipales de Novaya Zemlya evocaban un ‘Apocalipsis Zombie’, en la versión oso polar: “Regla número 1: mantente alejado de ellos. Regla número 2: mantente alejado de ellos. Pero si te atacan y no hay forma de escapar, tírate al suelo y presiona la cabeza entre las rodillas cubriéndola con las manos para reducir el riesgo de heridas graves. No te muevas. Después, cerciórate de que no te han dañado la columna vertebral, y si te es posible, ve corriendo a un hospital”.

Hay que temerles. De ello no hay duda. Su apariencia amigable no debería enmascarar su cualidad de predador. En la aldea de Ryrkaypiy tuvieron que suspender las pasadas celebraciones de Año Nuevo porque alrededor del pueblo llegaron a concentrarse días atrás más de setenta ejemplares de este mamífero. Resulta impresionante y fascinante ver a un puñado de ellos devorando los cadáveres de morsas a tan solo unos metros de alguno de los edificios del poblado o entre la chatarra y los barriles herrumbrosos que se acumulan en los aledaños, junto a los viejos barcos semihundidos de la costa, conformando una especie de postal distópica de algún infierno gélido.

Maxim Demirov, Valery Kalyarakhtyn y Tatiana Minenko.

Una de sus habilidades naturales es su capacidad de mimetismo. A menudo no se ven hasta que el encontronazo resulta inevitable. Otras veces comen en los basureros y se acercan a descansar bajo los edificios de Ryrkaypie, levantados a más de un metro sobre el suelo con pilones que crean cavidades apetecibles para el oso. Es, definitivamente, un campo de minas de plantígrados.

No hay un cazador mayor entre los vertebrados superiores. Algunos machos han llegado a superar los mil kilos, que es el peso aproximado de dos toros de lidia. “Son tan hermosos como imponentes. El año pasado me encontré con uno a treinta metros de la escuela”, nos dice en un español más que decente la profesora de música local, Galina Vyacheslavovna. “A los niños les encantan y lo saben todo acerca de ellos. A mí me dan mucho miedo”.

Galina, de 50 años, es de Belgorod, donde todavía vive su familia, y aceptó un puesto de funcionaria en esa aldea porque los salarios son más altos. Al lugar sólo se accede en helicóptero, cuando las condiciones atmosféricas lo permiten. La ciudad más próxima se halla a 450 kilómetros. Hay pocos espacios poblados de este mundo más extremos. Este ha sido un año excepcionalmente caluroso para desgracia de la fauna que caza sobre el hielo. A mediados de esta semana, los termómetros de nuevo bajaron nuevamente hasta los 30 bajo cero, lo que ha empujado a los últimos osos rezagados a ir abandonando.el núcleo. En esta época del año, hay solo cuatro horas de una luz débil y crepuscular.

Galina no es la única que teme a los osos en Ryrkaypiy. Claro que ella, al igual que los niños de la escuela, siente una profunda simpatía por ellos. “Este lugar les pertenece”. Hay también quienes les odian y quienes son partidarios de cazarlos; y algunos, como el ruso Maxim Demirov, han creado un vínculo profundo con estas criaturas a las que él mismo se refiere como “leales y bellísimas”. La mayor parte de los osos que se aventuran por su poblado son ejemplares jóvenes, no habituados a interactuar con los humanos. Les empuja la curiosidad, antes que el hambre.

Galina Vyacheslavovna, profesora de música.

Demirov -empleado de una central eléctrica diésel- es uno de los tres agentes de la llamada Patrulla del Oso. Desde hace más de diez años, se ocupa junto a Tatiana Minenko y Valery Kalyarakhtyn de asegurarse de que reina la concordia entre las dos especies de plantígrados que eventualmente conviven en los aledaños del asentamiento. Son voluntarios. Y no sólo protegen a los unos de los otros, sino que, con el apoyo de WWF Rusia, el concejo municipal y el Gobierno de Chukotka- ayudan a estudiarlos, localizar las cavidades donde las hembras se refugian o, cuando les es posible, recolectar su lana. Las autoridades coinciden en que crear estas patrullas ha sido una medida inteligente que ha involucrado a los locales en la protección del animal, y ha ayudado a estrechar los vínculos entre especies o, al menos, entre algunos miembros de las dos especies. Durante tres meses al año, la patrulla también se ocupa de las morsas.

“Que yo recuerde, en nuestro asentamiento se han producido dos agresiones aísladas contra humanos, pero eso fue mucho antes de que comenzaran a reunirse grupos numerosos de osos polares en los aledaños de la aldea”, dice Maxim Demirov. En el primero de ellos murió una chica y en el segundo, un hombre. Es otro recordatorio luctuoso de que no hay que tomarse en broma la presencia de los plantígrados. Lo que, a juicio de Maxim, no significa que haya que culparles de intentar sobrevivir. “Personalmente, amo a esos animales y me siento muy feliz cuando encuentro la oportunidad y el modo de comunicarme con ellos”.

Por otro lado, los ataques a humanos son rarezas. Entre 1870 y 2014, se registraron y confirmaron 73 en todo el mundo: veinte personas murieron y 63 resultaron heridas. Una quinta parte de esas agresiones se produjeron entre 2000 y 2014. Las cifras son más que elocuentes: no son los asesinos despiadados a los que algunos se refieren ni los peluches achuchables que insinúa su apariencia.

¿Qué les ha empujado a concentrarse la mitad del año en varios asentamientos rusos de Chukovka y la Yakutia? Ryrkaypiy significa en el idioma de los nativos ‘cabo’ o ‘colonia de las morsas’. Se halla a orillas del mar de chukchi, al norte del Círculo Polar Ártico, y a solo unas decenas de millas marinas al sur de la isla de Wrangel, su despensa tradicional, este año vacía. Se encuentra más cerca de Alaska que de Moscú.

Un intruso hambriento en la ventana de un vecino.

Es un lugar insólito y único, habitado por una heterogénea población de nativos chukchis -los creadores del asentamiento-, evenkis, rusos, ucranianos y bielorusos. Sus quinientos residentes viven del pastoreo de los renos y las minas; el oro, la pesca, una granja colectiva y de los empleos que el Gobierno crea. Todavía hay nativos asiáticos que habitan en sus tradicionales tiendas, las yarangas, y se desplazan en trineos de madera.

“El cambio climático ha empujado hacia la costa a millares de morsas”, nos explica Deminov. “La capa de hielo se funde antes y se consolida más tarde, así que deben ir a tierra firme. Desde 2007, suelen concentrarse por millares a partir del otoño en un cabo conectado con nuestro asentamiento por un estrecho puente de guijarros”. Entre el acantilado de Kozhevnikova y los primeros edificios de Ryrkaypiy hay apenas unos cientos de metros, donde la patrulla del oso y sus perros árticos se interponen, para asustar a los plantígrados con bengalas y otras armas disuasorias. Ya no les asustan ni los disparos porque el sonido de los tiros se asemeja en cierto modo al de los hielos rompiéndose en medio del océano. Cuando el número de osos que se concentra es significativo, los agentes voluntarios patrullan los aledaños las 24 horas del día.

En colonias tan pobladas como la de Koxhevnikova, son frecuentes las estampidas provocadas por la irrupción de predadores. Las morsas se van, pero dejan tras de sí muchos cadáveres de madres y cachorros aplastados en la huida. Son un imán para los osos que a menudo llegan exhaustos, y abandonan el lugar bien alimentados. Existen otros asentamientos de Yakutia y Chukotka donde se han hecho adictos a la basura. El fenómeno de las agrupaciones de osos es reciente y los científicos lo vinculan a la necesidad que tienen de adaptarse a las nuevas circunstancias climáticas y a la posibilidad de hallar ‘comida rápida’.

Desde que comenzaron a concentrarse en grupos numerosos, hace siete años, en Ryrkaypiy puede observárseles desde agosto hasta enero. Durante estos mismos días, estaban a punto de irse los últimos ejemplares, aprovechando que el océano ya se ha helado, y pueden regresar a sus territorios de caza tradicionales.

Una morsa despistada saluda a un vecino de Ryrkaypiy.

“Es cierto -nos dice Maxim- que no temen a las personas. Pero en circunstancias normales, son muy neutrales y previsibles. Cuando se concentran en cabos como el nuestro y tienen abundante comida no son particularmente peligrosos. A mi me gusta ver a esos gigantes, pero la mayor parte de la gente del asentamiento no les quiere en el vecindario. No hay nada que hacer a ese respecto. A veces, intentan acercarse por la aldea y nosotros los espantamos”.

El oso polar es una de las especies incluidas en el llamado Libro Rojo de Rusia, el inventario de animales que no pueden ser abatidos bajo ninguna circunstancia. Claro que las comunidades locales de nativos solicitan desde hace años al Gobierno que se les autorice a cazar un pequeño cupo de animales. Moscú está presionando, mientras tanto, a otros países como Canadá -donde los aborígenes sí pueden matar algunos ejemplares- para que reduzca el cupo en sus territorios y se reparta el número total de osos polares que pueden ser cazados con las tribus tradicionales del Extremo Oriente ruso. “Lamentablemente -dice Maxim- parece que finalmente lo conseguirán y que los osos podrían ser también abatidos en Chukotka en un futuro próximo”. Paradójicamente, la caza de oso polares no era tradicional entre los nativos de la región hasta el Siglo XIX.

La presión a la que estos animales se encuentran sometidos es ya tan notoria que se estima que dos tercios de su población mundial podría desaparecer antes de 2050 si la capa de hielo ártica sigue los patrones actuales de consolidación y deshielo, o si retrocede en las regiones más norteñas. Nada más elocuente que la foto que se hizo viral hace un par de años de una osa exhausta y casi ciega dando tumbos confusa por la ciudad industrial rusa de Norilsk. “Los chukchi solo mataban algunos ejemplares de oso cuando se morían de hambre”, dice Tatiana Minenko, jefa de la patrulla. “Ahora nadie muere de hambre, de modo que no hay razón alguna para hacerlo. Además, antes era un duelo en toda regla entre un oso y unos hombres con lanza. Hoy serían ejecuciones”.

Quienes deseen contribuir a ayudar a financiar a la Patrulla del Oso y otros proyectos de protección de la especie pueden hacerlo a través de las oficinas de WWF, en Moscú (Rusia).

COPYRIGHT por Ferran Barber & Crónica de El Mundo

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