“Me llamo Moses, tengo 16 años, soy ucraniano y te odio: evítame”

Guerra, violencia y metadona entre una nueva legión de adolescentes y niños de la calle del Donbass...
Moses, de 16 años, es un adolescente ucraniano con problemas de drogas, que presentaba una conducta violenta. Fotografiado en Mariúpol, por Ferran Barber

Cientos de chicas y muchachos traumatizados por un conflicto bélico silenciado han venido a sumarse a las decenas de miles de ‘meninos da rua’ que ya poblaban las calles de ciudades portuarias como Mariúpolu Odesa

BARCELONA01/03/2020 08:58

Ferran Barber * | Ronak Press @ferranbarber

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“Evítame [avoid me]”, se tatuó en inglés sobre los pómulos antes de entrar en el centro de rehabilitación infantil de una iglesia protestante donde le encontramos y le entrevistamos. Es obvio que Alexei, su tutor, le ha conminado de algún modo a que hable con el periodista y Moses -de 16 años, en el momento del encuentro- adopta la actitud esquiva y recelosa de un interrogado ante un agente de policía.

No piensa darnos más de lo que ya sabemos y lo que no puede ocultar. En su antebrazo izquierdo se tatuó un ‘hate you’ (te odio), y en el derecho, una gran calavera, un cuchillo sangrante y una especie de caja con algo en su interior cuyo significado nos aclara: “Debería contener un anillo de boda, pero en su lugar hay drogas. ‘Cásate conmigo’, dice”.

Con su tutor sentado frente a él y al lado de la traductora, todo es tan impostado en nuestro encuentro que resulta imposible llegar hasta el corazón de Moses para extraer alguna traza de verdad que explique el odio que sentía el muchacho. Sus respuestas se hallan soterradas bajo sus silencios y sus encogimientos de hombros. Ha decidido hablar, pero nos deja claro que sus emociones más profundas solo le pertenecen a él. Hace bien en actuar de esa manera. Ha conservado un gran aplomo, o algo que podría confundirse fácilmente con una madurez anticipada, la sabiduría práctica que las calles y el dolor otorgan.

Odiaba a la gente

“Era violento, sí. Odiaba a toda la gente que había a mi alrededor, pero no voy a hablar de ello”, dice. Sobre una de sus cejas alguien tatuó una palabra en cirílico: “Franqueza”. Después, el chico nos explicará que era justamente la sinceridad lo que más echaba en falta en su anterior vida de drogodependiente. Hay muy poco de eso por las calles de Melitópol, donde solía vagar con sus camaradas en busca de algún modo con el que conseguir la metadona a la que se hizo adicto.

Moses vino del oeste, de la ciudad de Melitópol, en el oblast de Zaporiyia. Su padre era pastor de una de esas iglesias protestantes originarias de Norteamérica que han aprovechado la pobreza y la guerra para extender sus redes proselitistas entre el pueblo ucraniano. Antes de despedirse, nos dice que está listo para abandonar el centro pronto y promete ser ‘humilde’ y ‘buen cristiano’. Hay decenas de miles de niños y adolescentes como él en Kiev, la capital, o en las ciudades portuarias de Mariúpol y Odesa, donde acuden por millares en verano a la caza de turistas incluso desde Rusia y Moldavia.

Son, a todos los efectos, invisibles para las paupérrimas instituciones ucranianas y sus casi inexistentes mecanismos de protección social. El país está despedazado por la guerra, la pobreza, la corrupción y la codicia de los oligarcas que lo gobiernan desde las penumbras. Son justamente esas lagunas del Estado las que intentan cubrir organizaciones vinculadas a las sectas protestantes norteamericanas, financiadas desde el extranjero.

El fenómeno de los ‘meninos eslavos da rua’ era desconocido hasta la caída de la Unión Soviética. Hoy los chiquillos sin hogar forman parte del paisaje urbano, exactamente igual que las viejas jrushchovkas, los decrépitos edificios de paneles prefabricados construidos entre 1953 y 1968 que confieren a todos los países de la antigua URSS un aspecto estereotipadamente ceniciento.

Lo habitual es que esas niñas y niños sean huérfanos, o que se echen a la calle huyendo de la violencia doméstica, patrocinada casi siempre por unos progenitores adictos a las drogas o severamente alcoholizados. Muchos de ellos portan sin saberlo el HIV como consecuencia del intercambio de jeringas.

Grafiti sobre un edificio de Mariúpol Foto por Ferran Barber

No hay un solo edificio en ese pueblo que no haya sido mordido por el mortero. Desde las posiciones de los prorusos, disparan casi a diario a bocajarro contra los civiles

Desde 2014, la guerra del Donbass ha añadido a las cifras anteriores un nuevo enjambre de niños desposeídos y, ahora también, traumatizados por el conflicto. Muchos viven bajo las bombas con sus padres o abuelos en el frente al que los ucranianos y los prorusos se refieren como ‘línea de contacto’. Según las cifras de Unicef, tan solo durante el pasado año, se produjeron 36 ataques contra escuelas. Una de ellas fue alcanzada por las balas en quince ocasiones. Más de 750 instalaciones educativas han sido dañadas o destruidas desde que comenzó el conflicto.

En una de esas pequeñas escuelas rurales situadas a menos de cien metros del río que separa Ucrania de la República Popular del Donetsk -en la aldea de Pavlopil, veinticinco kilómetros al noroeste de Mariúpol- hallamos una escuela abierta con un puñado de pequeñas y pequeños penosamente habituados a recibir sus clases entre el rumor de disparos cercanos. No hay un solo edificio en ese pueblo que no haya sido mordido por el mortero. Desde las posiciones de los prorusos, disparan casi a diario a bocajarro contra los civiles, un patrón que se repite a lo largo de toda la línea de contacto. Nadie conoce los motivos por los que convierten a los niños en objetivo, si es que en verdad los hay.

Que la guerra haya dejado de acaparar titulares informativos no significa que haya concluido. Y estos niños del frente sufren exactamente igual que sus familias las violaciones diarias de los ceses del fuego. Desde 2014 hasta finales del pasado año, más de 3.500 civiles habían sido asesinados y 7.000 fueron heridos. Entre ellos, 172 niños. De acuerdo a la Unicef, medio millón de ellos siguen expuestos a los efectos del conflicto en el sureste del país.

Crecer entre disparos

“Escuché muchas veces el sonido de los tiroteos pero no me escondí nunca porque no sentía miedo”, nos dice Andrei, un niño de 12 años procedente de Mirna, una aldea hoy ocupada por las milicias afiliadas al Kremlin. “Ni siquiera era consciente del peligro que corría”, aclara Natasha Miroshnichenko, la traductora del centro de rehabilitación Peregrino de Mariúpol. “Salía a jugar entre los cascotes por el día y dormía por la noche en los sótanos con su familia”. Hoy se pasa el día patinando o jugando a la pelota en el patio de la institución.

Otra de las muchachas que ha crecido en el centro, Tania Ivanova, de 17 años, fue evacuada con su madre en 2014 de la también ocupada población de Gorodka. Pasó cerca de dos meses escondida en la bodega de su casa. “Al principio, las luchas se producían únicamente en los barrios de las afueras, pero un día, mientras veíamos la televisión con mi abuela, se oyó un estruendo fuerte y temblaron las ventanas. Cuando salimos fuera encontramos la casa llena de agujeros. Fue aterrador”. Ese es el entorno en el que habitaron estas niñas y esos son los recuerdos con los que han tenido que lidiar a lo largo de su infancia.

La madre de Ivanova vive hoy en un albergue de Mariúpol, pero sus abuelos siguen todavía al otro lado de la línea. Tania sueña con reunirse con ellos. Muchos de quienes han quedado del lado ucraniano del frente simpatizan en secreto con los rusos y otros, como los abuelos de la adolescente, se niegan a abandonar la hoy llamada República Popular del Donetsk. Nadie habla abiertamente de sus fobias o sus adhesiones, ni siquiera en el interior de las familias. “Buenos” y “malos” son a ambos lados de la línea dos conceptos negociables.

* Ferran Barber es uno de los miembros fundadores de Ronak Press, una asociación de reporteros de conflictos creada para divulgar los desastres y las tragedias que rodean a las guerras.

COPYRIGHT por Ferran Barber & Diario Público

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