Néstor Majnó, vendedor a ‘puerta fría’

Empiezas a leer acerca de alguien y cuánto más sabes de sus borracheras, sus ataques de ira y sus defectos -en los que te reconoces más que en sus...
Vasos de chupito vendidos en Guliai Pole, con la efigie de Néstor Majnó. Foto por Ferran Barber

Empiezas a leer acerca de alguien y cuánto más sabes de sus borracheras, sus ataques de ira y sus defectos -en los que te reconoces más que en sus virtudes- más cómplice te sientes del personaje. Ahora mismo, por ejemplo, me siento como si de alguna forma Néstor Majnó estuviera junto a mi, calentando agua para el te en el samovar o extendiéndome un vaso de uzvar mientras me habla a trompicones con una voz comprometida por su tos de tísico de aquel día en que se reunió con Lenin o de aquella carta que cruzó con Durruti y Ascaso, a quienes dicho sea de paso, conoció en París.

Hace ahora algo más de un año, mientras nos dirigíamos a Guliai Pole -la ciudad natal de Majnó-, nos detuvimos una tarde en Berdiansk y nos abordaron unas chicas de una taberna portuaria, de ese modo en el que algunas chicas abordan a la tripulación de los mercantes que frecuentan las ciudades del Azov. Recuerdo que les preguntamos por Majnó y una de ellas, la más vieja, nos dijo sin dudarlo que era esencialmente un maldito asesino. Los camaradas Trotski y Stalin hicieron su trabajo a conciencia.

En 1959, la URSS produjo una película -Jmuroe utro- donde lo describían como una especie de tarado nihilista. El Majnó de Vitaly Matveev era una especie de proscrito ignorante de pulsiones viscerales. Cuando Jrusev se hizo con las riendas del Kremlin a finales de los 50, los bolcheviques ya habían exterminado toda traza del pasado anarquista de Ucrania, proporcionando una visión de la epopeya de los ‘negros’ que les equiparaba a una partida de criminales.

Tras el Euromaidán, el sesgo en la percepción que tienen los ucranianos de su pasado sólo podía ir a peor. Y Majnó sería lo mejor que algunos hallaron en su búsqueda incansable de héroes nacionalistas. Hubiera sido perfecto de no ser porque Majnó era un internacionalista convencido. Claro que eso no parece inquietar mucho a los mentores nuevos que le han salido a Néstor en Kiev entre la casta ultracorrupta de políticos locales.

Pero lo peor es que en su ciudad lo han convertido en un vendedor de imanes de nevera y tazas. Nos trajimos unas cuantas. No pudimos resistirnos a levantarle un altar. Todo el mundo necesita zambullirse de cuando en cuando en alguna absurda incongruencia.

Antes de ir a Donetsk, nos reunimos en Kiev con unos refugiados anarquistas rusos. Todo muy James Bond, como si sintieran el aliento en la nuca de la Stasi. Tenían motivos para ello. Antes de irse nos dieron una pegatina negra en ucraniano: “Muerte a los bastardos del sistema”. Aquellos rusos tenían una historia; una historia de torturas y descargas eléctricas en una comisaría de los Servicios Federales de Seguridad de Putin, el antiguo KGB para el que trabajo Vladimir, a quien sus secuaces se dirigían como “Platov”. Después de meterles una mano de hostias, les daban una mandarina. La mandarina era la guinda que hacía más profunda e inefable su perplejidad anarquista.

Algunos días y mil quinientos kilómetros después llegamos a la ciudad natal de Néstor, bien entrada la noche, y encontramos un hotelucho en algún lugar del centro. No conseguía dormir por culpa de un maldito cardenal que la patrona mantenía dentro de una jaula enorme, en el patio de aquel antro. Tiene un canto demencial ese ave, un silbido penetrante que te trepana los oídos. Al final, decidimos salir por ahí a caminar.

Fue bastante especial pasear bajo los castaños en flor por aquellas calles tenebrosas donde cien años atrás estaba el cuartel general de la Armada Negra. Sin buscarla, nos dimos de bruces con la única escultura del planeta levantada a un anarquista, un artefacto metálico delirante donde Majnó aparece con la pose de un viquingo, la clase de lugar donde irían los paramilitares del Sector Derecho a jurar lealtad a Odín sobre algún texto escrito en runas. Por si no fuera suficiente con eso, además, lo galvanizaron de dorado. Fue una gran idea pegar en su rostro metálico los adhesivos de los anarquistas rusos. A Néstor le hubiera gustado mucho más que todas esas tiendas de merchandising donde la gente de su pueblo vende ahora su memoria, una memoria raquítica y traicionada, desprovista de verdad. Me lleve veinte de ellos, todos los modelos, todas las tazas posibles, con la jolly roger, con el traje de miliciano, aupado en una tachanka, uno de esos carruajes donde los anarquistas acoplaban una ametralladora.

Hay dos réplicas de una ‘tachanka’ en el museo local de Guliei Pole, pero ni una sola referencia al anarquismo. La música de su canción ha sido censurada. “Era un actor local, que terminó convertido en asesino tras volverse anarquista”, nos dice una estudiante de un centro educativo. Y su profesora le corrige, “era un monárquico anarquista”. ¿Cómo?

Dos días después, uno de los prebostes del ayuntamiento me regaló un grabado de Néstor mientras charlábamos en su café. Stanislav quería traerse las cenizas de Majnó de vuelta del cementerio de Pere Lachaise con la esperanza de que atrajeran más turistas. Poco sabía ese político local de la melodía de la canción que seguro que Néstor entonó muchas veces: “Ni Dios, ni patria, ni patrón. Ni imperialistas europeos, ni bolcheviques rusos, ni nacionalistas ucranianos. Ni el hetmanato de Skoropatski, ni los burgueses de Petliura, ni la dictadura del proletariado”.

COPYRIGHT by Ferran Barber 2020

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Allere flammam veritatis.
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