Ni tres, ni reyes, aunque probablemente sí eran magos

la teoría más consistente acerca de su origen sitúa su procedencia en Persia y sugiere que estos hombres, cuyo número preciso se desconoce, pudieron ser, en realidad, sacerdotes mazdeístas

Fuera de los círculos más recalcitrantemente adictos a la superstición, hoy en día acostumbra a convenirse que los famosos monarcas de Oriente ni eran reyes ni eran tres, pero, curiosamente, la teoría más consistente acerca de su origen sitúa su procedencia en Persia y sugiere que estos hombres, cuyo número preciso se desconoce, pudieron ser, en realidad, sacerdotes mazdeístas. Es decir, seguidores de la doctrina de Zoroastro o Zaratustra, cuyo lugar de nacimiento suele situarse en… la ciudad persa de Urmia.

Por FERRAN BARBER 2006. Mateo se refiere a ellos en el Evangelio como «unos magos que venían de Oriente». Tal y como afirman Roberto Beretta y Elisabetta Broli, «las distintas tradiciones populares los han ido contando en distintas cantidades: dos, cuatro e incluso sesenta, o mejor doce, como los meses del año y como las noches mágicas que separan la Navidad y la Epifanía».

Parece ser que el tres se impuso porque, de acuerdo al evangelista Mateo, fueron tres los presentes que portaban al niño Dios: oro, incienso y mirra. Sin problemas aceptaron ese número algunos padres de la iglesia como Orígenes o Máximo de Turín y en escritos apócrifos ulteriores, se termina por precisar sus nombres: los conocidos Melchor, Gaspar y Baltasar.

Tampoco el Evangelio decía nada acerca de su realeza. La tradición, en este caso, parece sustentarse sobre un par de pasajes bíblicos que, según Beretta y Broli, terminaron por aplicarse como profecía a esta hermosa historia de los Magos. El primero es un salmo donde se sostenía: «Los reyes de Tarsis y las islas traerán consigo tributo […]. Ante él se postrarán todos los reyes». El segundo es un pasaje del profeta Isaías: «Un sinfín de camellos te cubrirá, jóvenes dromedarios de Madián y Efá. Todos ellos de Sabá vienen, llevando oro e incienso».

Una vez convertidos en tres reyes los magos de los que hablaba Mateo, quedaba todavía por aclarar su origen. Y en esto, como en tantas otras cuestiones bíblicas, no faltaron pueblos dispuestos a disputárselo. Se dijo, por ejemplo, que venían de Arabia. Se sostuvo, igualmente, que eran en realidad caldeos, dado que entre estos últimos existía la clase de los magusei o magos. Incluso los modernos caldeos siguen defendiendo hoy esta teoría acerca de su origen según he podido atestiguar yo mismo en reiteradas ocasiones. A mediados de 1999, por ejemplo, visité una iglesia de nueva construcción en Kamisli (Siria) cuyos arquitectos habían decorado el frontispicio con la clásica escena de la Adoración. «Vinieron de nuestra tierra», me aclaró el párroco, el padre Abu Nidal, incurriendo, cuando menos, en un equívoco: a los modernos caldeos les impuso el nombre de manera arbitraria el Vaticano hace unos pocos siglos. Tal vez los magos fueran netamente caldeos, pero lo de sus fieles es dudoso, por no decir imposible.

El Evangelio de la infancia armenio, apócrifo también, refiere que los magos eran hermanos, pero uno reinaba en Persia, el otro en India y el tercero, en Arabia, mientras que Marco Polo no duda en situar el origen de los tres en Saba, nombre con el que el veneciano designaba a la actual Saveh, un importante centro religioso situado a un centenar de kilómetros al suroeste de Teherán. «Persia es una grandísima provincia que antiguamente fue muy noble y de gran importancia, pero en la actualidad los tártaros la han destruido y devastado en su mayor parte y es más pequeña que antes. En Persia está la ciudad que se llama Sava, de donde partieron los tres Magos cuando fueron a adorar a Jesucristo», escribió el viajero en el capítulo XXXI de su libro. La crónica prosigue: «En esta ciudad se dice que están sepultados los tres Magos en tres sepulturas muy grandes y hermosas, encima de cada sepultura hay una casa cuadrada, redonda por la cima, muy bien trabajada, y están unas al lado de otras. Los cuerpos todavía están enteros, y tienen cabellos y barba como cuando estaban vivos. Uno tenía por nombre Baltasar, el segundo Gaspar, el tercer Melchor. Mícer Marco fue a esta ciudad y preguntó a varias personas sobre la vida de estos Magos, pero ninguno supo decirle nada, salvo que se decía que allí había tres reyes, amigos los tres, que fueron sepultados antiguamente. Pero por otras gentes de la provincia supo lo que os he de contar. Y no hay que despreciarlo como cosa falsa».

En el libro Enigmas de la Biblia, Beretta y Broli cuentan que la reina Elena, madre de Constantino, halló sus restos durante una expedición a Palestina, en el siglo VI, y se los llevó consigo a Constantinopla y a Milán, donde le fueron entregados como regalo al obispo Eustorgio. De esta última ciudad fueron robados por el emperador Federico Barbarroja en 1164, «quien organizó un espectacular traslado hasta Colonia, en cuya catedral se encuentran todavía».

Para complicar más el asunto ni siquiera en el propio Irán terminan de ponerse de acuerdo los caldeos acerca del lugar donde yacen enterrados. Hay quien sostiene que se hallan en Santa María de Urmia y quien por el contrario, venera sus restos en la llamada Iglesia Negra o Kara Kelisa, otro templo cristiano situado no muy lejos de Urmia, en el Azerbaiyán occidental.

COPYRIGHT. FERRAN BARBER. 2006. Este ensayo forma parte de la obra “En busca de los últimos cristianos de Irán e Irak”.

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Allere flammam veritatis.
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