Veteranos españoles de la guerra de Siria, derrotados por la paz

Un centenar de ex combatientes de Rojava luchan contra las cicatrices de sus días de guerra FERRAN BARBER @ferranbarber Original en Crónica de El Mundo La Guardia Civil ha...

Un centenar de ex combatientes de Rojava luchan contra las cicatrices de sus días de guerra

FERRAN BARBER @ferranbarber

Original en Crónica de El Mundo

La Guardia Civil ha abierto la posibilidad de que los veteranos de Irak y Siria contra el ISIS reciban atención sicológica en el Hospital Gómez Ulla. La inadaptación a la vida de civiles y el estrés postraumático es casi una epidemia entre los voluntarios españoles que combatieron en Rojava. Uno se ha quitado la vida.

Sobrevivieron a la guerra contra el ISIS tras enrolarse como milicianos en la resistencia kurda, pero han sucumbido a la anodina vida cotidiana. Es un síndrome bien conocido entre los veteranos del Vietnam a menudo asociado al estrés postraumático y a las dificultades de lidiar con la rutina de una existencia de civil. “Juro que lo he intentado, pero yo aquí no aguanto más”, dice el gallego Marcos P. G., al que los yazidíes se refieren por su ‘nom de guerre’ ‘Doctor Delil’.

En España es inquietante que te tuerzas el tobillo. Allá lo más normal es que te vuelen la mitad de la cabeza.

Doctor Delil, en su localidad de residencia, Rabanal del Camino, tras su liberación de la cárcel en 2017. Foto por Ferran Barber

“Desde que volví de Sinyar me cuesta conciliar el sueño; me descubro a menudo hurgando en los recuerdos que he perdido. Ya no encuentro mi espacio y es extraño, porque serví como sargento 17 años en la Brigada de Paracaidistas y jamás experimenté algo así. Ni siquiera puedes comparar Kosovo con la intensidad emocional de vivir en Sinyar. En España es inquietante que te tuerzas el tobillo. Allá lo más normal es que te vuelen la mitad de la cabeza. Ahora me siento inútil, un león enjaulado”.

Marcos P. G. -gallego por voluntad y por crianza, aunque oriundo de Sabadell, de 49 años, padre de un hijo- acaparó titulares por primera vez a raíz de su detención en 2017 por las fuerzas de seguridad de la dictadura kurdo-iraquí, junto a otros dos milicianos españoles. No había transcurrido casi un mes desde su liberación de la cárcel y el ‘Doctor Ispani’ había vuelto nuevamente a la región iraquí de Sinyar, un territorio polvoriento de mayoría yazidí, donde estaba al cargo de la logística de todos los centros sanitarios de una milicia kurda llamada YBS.

Delil, vivo de milagro

El pasado mes de julio, volvimos a encontrarlo en una cama de la UCI de un hospital de Suleymania (Kurdistán de Irak). Ni siquiera lo recuerda. Se hallaba aturdido aún por la anestesia tras ser intervenido en la cabeza algunos días después de que le alcanzara el estallido de una mina. Un guerrillero kurdo con el uniforme del PKK le sostenía la mano con un afecto no impostado.

A Delil le habían dado casi por muerto poco antes. Nadie sabía todavía si recuperaría la motricidad o la vista o cuáles habían sido los daños neurológicos. Han transcurridos tres meses desde entonces, y ya ha tomado la determinación de regresar.

Doctor Delil, en noviembre de 2019, tras recuperarse del estallido de una mina que a punto estuvo de terminar con su vida.

“He servido como médico durante casi cinco años”, cuenta desde Almería. “He recogido heridos en línea de combate pegando tiros con una mano mientras arrastraba el cuerpo con la otra. Fui encarcelado por los secuaces de Barzani. Me han intervenido ya tres veces de una herida de metralla. Tengo familia, pareja, casa, fincas donde trabajar con el ganado y la tala de madera, pero no logro acostumbrarme a la vida de antes. Me dicen que estoy loco, pero deja que te diga algo: ‘Esto es como el niño que juega con el mechero. Para saber lo que es el fuego necesitas quemarte’”.

Insoportable levedad de Occidente

El caso de Doctor Delil no es aíslado. Las cicatrices de los días de guerra han hecho mella en buena parte del más de un centenar de voluntarios españoles que, a partir de 2015, se enrolaron en las milicias kurdas. Uno de ellos se ha quitado la vida y otros muchos han sufrido depresión; trastornos del sueño; adicciones y alcoholismo; problemas laborales y de adaptación a las trivialidades de la vida en Occidente.

La moral de la tropa se ha desmoronado a su regreso, especialmente, a tenor de los acontecimientos más recientes. Y eso, hasta el punto de que muchos han decidido volver a tomar las armas tras la invasión turca de Rojava. Nadie sabe todavía en qué situación legal les dejaría el pelear contra uno de los aliados españoles de la OTAN.

“Tres voluntarios internacionales se han suicidado en lo que va de año. Hay que entender la dureza que entraña para algunos voluntarios como el norteamericano Jamie Janson el tránsito desde un entorno de camaradería a otro en el que la gente se siente socialmente aíslada”

El fenómeno ha afectado también a parte de los combatientes extranjeros y, por supuesto, a los nativos kurdos. “Tres voluntarios internacionales se han suicidado en lo que va de año. Hay que entender la dureza que entraña para algunos voluntarios como el norteamericano Jamie Janson el tránsito desde un entorno de camaradería a otro en el que la gente se siente socialmente aíslada”, aseguran desde el Rojava Information Center.

Arges Artiaga, a su regreso de Raqqa, en 2017. Foto por Ferran Barber

El caso ‘Artiaga’

“Nunca me he acostumbrado a mi regreso, y nunca he dejado de soñar con retornar”, nos confiesa Arges Artiaga -gallego, de 45 años. “Nadie que haya estado allá ha vuelto a ser el mismo”. También Artiaga resultó herido en el frente. Uno de sus camaradas de armas más cercanos -Jac Holmes- perdió la vida junto a él en Raqqa.

Al igual que Delil, Artiaga acreditaba una larga trayectoria como militar profesional, en España y en Europa, cuando dejó su trabajo en una lonja de pescado para partir a pelear contra el Daesh bajo el emblema de las YPG kurdas. “Tenía una vida, la mía, y como el resto de la gente, lo dejas todo para ir a un lugar del que vuelves con algunos traumas. Has de comenzar de nuevo y lidiar con el desinterés de quienes te rodean. Los españoles no quieren conocer lo que ha pasado allá porque están ocupados odiándose por algo que ocurrió hace ochenta años. Yo no hablo de lo que viví ni con mi novia. Todo es la mitad de intenso ahora. Ni la comida sabe igual”.

Arges se prohibió a sí mismo aliviar las penas acodado en la barra de algún bar -dice-, pero no son pocos los casos conocidos de veteranos atrapados a la vuelta en adicciones. Artiaga ha vuelto trabajar en algún lugar que, como casi todos, prefiere no mencionar para no comprometer su empleo.

Doctor Delil y Arges Artiaga, tras su retorno de los frentes sirios.

Problemas laborales

“Se me han acercado ya varios periodistas”, nos dice un madrileño de adopción conocido en Rojava con el sobrenombre de Merxas, “pero prefiero ocultar mi identidad”. Hemos charlado antes con la madre de este veterano -26 años, nacido en Norteamérica, doble nacionalidad hispano-estadounidense- y ella no ha olvidado cómo su hijo se cerró completamente en banda hace tres años. También él pasó por la cárcel de la Asayish Gisthi de Erbil. “Sé que lo pasó bastante mal. Algunos de sus compañeros sufrieron graves depresiones. Él partió para Rojava tras abandonar un trabajo estupendo en Berlín. Había estudiado Finanzas; conocía cinco idiomas. Nos sorprendió saber que había ido a combatir a Tabqa”.

“La vuelta fue abrumadora, especialmente, al principio, en Madrid”, nos confirma Merxas. “Te vienes con el estrés de la experiencia. Y lo duro es no poder hablar con nadie. Mis amigos creían que me lo había buscado y traté de refugiarme en el silencio. Ahora, prefiero no mostrar mi cara porque tengo un curro nuevo y puede crearme problemas”.

“Al Gómez Ulla, como hospital militar, le podría ser útil evaluar los efectos de las guerras en la psique del que viene de una zona de combate, pero también a la Brigada de Información le interesa saber si llega algún tarado”.

María Eugenia vidal, madre del sanitario ‘Taziko’ sostiene una foto de la encina desde la que saltó Daniel para quitarse la vida.

‘Elementos inestables’

Tan notorio es lo ocurrido con los retornados españoles que la propia Guardia Civil trasladó hace unas semanas una petición a los servicios de sicología del Hospital Militar Gómez Ulla de Madrid para que atendiera a estos veteranos de Rojava. “Los beneficiarios del programa oficial son los militares del Ejército español”, nos explica un agente de las Fuerzas de Seguridad del Estado. “Pero en el hospital han hallado la propuesta ‘interesante’ y la están evaluando”.

A petición de la Fiscalía de la Audiencia Nacional, y no en todos los casos, la Guardia Civil practica un protocolo oficioso que consiste en entrevistar a su retorno a algunos de esos veteranos. “Tampoco se trata sólo de recabar información”, aclara un agente. “Intentamos detectar una posible inestabilidad. No olvidemos que han estado con armas y explosivos”.

“A mí, sin ir más lejos, la Guardia Civil me transmitió que en el Gómez Ulla estaban abiertos a prestar ayuda sicológica gratuita a cualquiera de los retornados”, dice otro de los veteranos españoles, Bahuz Sores alias ‘Simón’ -49 años, valenciano,padre de dos hijos ya adultos y ex empresario. “Yo asumo -añade- que el interés es doble. Al Gómez Ulla, como hospital militar, le podría ser útil evaluar los efectos de las guerras en la psique del que viene de una zona de combate, pero también a la Brigada de Información le interesa saber si llega algún tarado”.

“Si se habla a menudo del síndrome postvacacional, imagínese cómo puede uno sentirse tras pasar hasta dos años, como es mi caso, combatiendo en un entorno de conflicto”, afirma Simón. “Todos sabemos de camaradas que se han quitado la vida. He tenido compañeros de armas que se suicidaron en Estados Unidos y otros lugares. Sé también de un barcelonés a quien no conocía personalmente”. También Bahuz Sores ha regresado a Sinyar tras dos estancias en los frentes sirios e iraquíes. “Si hemos de morir allá, lo haremos con más gloria”, se despide.

He aquí la última foto que se le tomó a Daniel, dos semanas antes de su muerte. Posan junto a él sus padres y sus hermanos. Foto cedida por la familia.

La muerte de Taziko

El catalán al que Soria se refiere es Daniel Pascual Vidal, alias Taziko, un joven que se quitó la vida el 12 de julio de 2016, cuando tenía 23 años, colgándose de la horquilla de una encina del Montseny próxima a la comunidad donde vívía, tras su regreso de Rojava. “Este es el lugar”, nos dice María Eugenia Vidal, en su casa barcelonesa del barrio de Sant Andreu, mientras apunta a una fotografía del árbol del que su hijo se ahorcó. “Está catalogado”, añade.

Taziko viajó dos veces a Rojava. Pasó un tiempo en la Academia militar, pero no sirvió al final como miliciano, sino realizando labores de paramédico en el frente. Rescataba a los heridos y los estabilizaba de camino al hospital de sangre. Había estudiado permacultura y, como la mayoría de los voluntarios jóvenes que han partido hacia Rojava, poseía inquietudes sociales. “Algo vio allí que le provocó una tristeza muy profunda”, asegura su padre, Juan José Pascual. Está plenamente convencido de que le quebró su estancia allá.

Daniel Pascual Vidal entra con su inseparable guitarra en el hospital de Tel Tamer donde sirvió como sanitario, durante su estancia en Rojava. Foto cedida por la familia.

Entre las fotos del album que han creado, existe una -la última que le tomaron-, donde se lee su desconsuelo y ensimismamiento. “Cuando regresó se hallaba muy tocado”, asegura Juan José. “Vino con lo que llaman el síndrome del cooperante retornado. Había conocido el sufrimiento y las luchas y se encontró con que los problemas que hay aquí son ver si tienes wifi”.

En ninguno de los vídeos que grabó durante su estancia entre los kurdos -donde aparece acompañado de una guitarra inseparable- se aprecia ni un atisbo de aflicción. Sus padres creen que, por algún motivo, no supo gestionar esa experiencia. “Sabemos que vio muchos cadáveres y que tuvo que lidiar con situaciones muy extremas, pero no sabemos cómo terminó anidando en él la depresión” coinciden ambos en señalar.

Entre los objetos que Daniel ‘Taziko’ dejó antes de su suicidio, hay una cara manuscrita de dos caras que su padre lee a trompicones: “Ya no podía seguir en este mundo. Todo me suponía un esfuerzo que me consumía por dentro, y no quise asumirlo más. Así fue; una decisión consciente; era el momento. Hemos hecho el máximo dentro de nuestras posibilidades. Ahora por fin descansaré en paz para siempre y seré libre. Que nadie se sienta culpable. Que mi existencia os sirva de algo a vosotros, que creéis en la vida. Gracias por todo. Nos vemos en el cosmos. Salud”. Daniel legó sus ahorros a su comunidad y al Kurdistán.

COPYRIGHT Ferran Barber & Crónica El Mundo

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